El virrey marqués de Branciforte o el paso a la historia por un Caballito - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Domingo 03 de Diciembre, 2017
El virrey marqués de Branciforte o el paso a la historia por un Caballito | La Crónica de Hoy

El virrey marqués de Branciforte o el paso a la historia por un Caballito

Bertha Hernández

Lo primero que hizo don Miguel de la Grúa Talamanca y Branciforte, marqués de Branciforte, no bien asumió su cargo de virrey de la Nueva España, fue quitar, del cuartel de alabarderos del Real Palacio, el buzón de quejas y mensajes que había sido colocado por órdenes de su antecesor, el virrey Revillagigedo.

Los chismes también cruzaban el mar, y De la Grúa llegaba precedido por sus antecedentes y por las habladurías. Casado con una hermana del ministro Godoy, —la ruta que había traído a este noble italiano, nacido en Palermo hacia 1755— no bien se asentó en la Ciudad de México, Branciforte comenzó a labrarse una fama local que lo pintaría como un personaje decidido a hacer fortuna propia, al tiempo en que lograba beneficios para su ilustre cuñado.

Si bien es cierto que en el pasado reciente nuevas investigaciones han ofrecido una revaloración seria de la figura de Manuel Godoy, en el caso de Branciforte, su fama histórica se concentra en su principal legado: una estatua ecuestre que ni siquiera alcanzó a inaugurar y de la cual, no obstante, vio la manera de sacar provecho.

ESCÁNDALOS GRANDES Y PEQUEÑOS. El marqués de Branciforte se instaló en la capital de la Nueva España a mediados de julio de 1794. Dos días después, tembló y el virrey conoció una de las principales calamidades de las tierras americanas. Pero el 9 de agosto, la virreina dio a luz a una niña a la que se le impuso un nombre larguísimo, entre los modos de la época y la gana de los progenitores de quedar bien con todo mundo. La bebé se llamó Carlota, Luisa, María de Guadalupe —nótese el toque novohispano—, María del Carmen, Ramona, Francisca de Paula, Lorenza, Micaela, Josefa, Romana, Antonia, Manuela, Lucrecia, Patricia, Augusta, Ángeles. Desde luego, los novohispanos, que contaban entre sus aficiones favoritas hablar mal de los virreyes, opinaron que poco les faltó a los orgullosos padres para colgarle a la recién nacida “todo el santoral del almanaque”.

¡Vaya que tuvo un inicio movido aquel virrey! Tres meses tenía su hija cuando presidió, en el templo de Jesús Nazareno, nada menos que las exequias de Hernán Cortés, al que por fin se le hacía realidad su última voluntad: esperar el Juicio Final sepultado en la Nueva España. Aquel día de noviembre la iglesia estaba abarrotada: asistía no sólo el virrey, sino la Audiencia entera, los jueces de los tribunales, prelados, el Cabildo catedralicio, que, generoso, se llevó consigo a todo el coro. Daban solemnidad al asunto los alabarderos del Real Palacio, una compañía de Dragones de España y otra de Dragones de Milicias. Eso y no menos se merecía Cortés por todas las molestias que se había tomado para ganar el reino. La cereza del pastel la constituía la oración fúnebre, a cargo de un fraile dominico famoso en el reino por su sapiencia e ingenio. El doctor fray Servando Teresa de Mier se lució en grande.

Todo, todo pasó en aquellos seis meses. Incluso, el último día de noviembre, llegó un correo extraordinario desde Acapulco: había llegado al puerto la famosa nao de China que tenía, ¡nada más! Tres años de no atracar en la Nueva España.

Once días más tarde, el ingenioso Servando Teresa de Mier le regalaba al virrey una auténtica bomba: encargado del sermón en la misa solemne de la fiesta de la Virgen de Guadalupe, y otra vez, delante de lo mejor de la sociedad novohispana, Fray Servando inició su larga carrera de polemista y amigo de los escándalos: uno de los testimonios que se conservan es claro y contundente: “Estando presente el virrey, los tribunales y el Arzobispo de México, que fue quien celebró la misa, predicó un padre de Santo Domingo, criollo, llamado fray Servando Teresa de Mier, y dijo en su sermón que la Virgen de Guadalupe no se había aparecido, ni hubo rosas como se decía y otros disparates, por lo que lo han privado para celebrar la misa y de volver a predicar y confesar hasta nueva orden”. El dominico ya no tenía camino de regreso: fue desterrado y solo volvería a Nueva España muchos años después, convertido en un conspirador de primerísimo orden.

LOS NEGOCIOS DE BRANCIFORTE. No bien se fue acomodando a la vida en la Nueva España, el marqués de Branciforte desplegó una gran habilidad para obtener beneficios de muchas de sus acciones de gobierno. Muy pronto corrieron los rumores de sus negocios: como hasta América llegaban los ecos del conflicto entre España y la Francia revolucionaria, el marqués no halló mejor manera de poner su granito de arena en el conflicto que mandar a perseguir y encarcelar a todo francés que se encontrara en el reino, acusándolo de propalar ideas antiespañolas y promover el ateísmo. De paso, confiscó los bienes de las víctimas y se quedó con un porcentaje de todo aquel patrimonio, desde el territorio de la Luisiana hasta el último confín de la Nueva España. El marqués cobró afición a tal mecanismo y apropiarse de bienes ajenos se le hizo costumbre, más allá de la coyuntura.

La persecución de los franceses dio mucho de qué hablar, porque algunos de ellos eran personajes honestos y conocidos en sus comunidades. Pero en aquel asunto se cocinaba algo más. Desde que Branciforte llegó a la Nueva España, las cosas dieron un giro importante: de Francia venían también las ideas de la igualdad entre los hombres y, peor aún, de la independencia de las colonias y virreinatos. En esos días, la Inquisición dejó de perseguir delitos contra la fe y centró sus actividades en vigilar y prohibir todo aquello que tuviera aroma de revolución.

Así, fueron llevados a la perdición y a la muerte algunos extranjeros que a los ojos de la Inquisición eran seres peligrosísimos, como el francés Esteban Morel, médico establecido en Oaxaca, profesor de ciencias y de medicina y colaborador de la famosa Gaceta de México. Acusado de materialismo y de ateísmo, fue encerrado en las cárceles del Santo Oficio, donde, según se anunció, se suicidó.

A nadie le quedaba duda, en la Nueva España, que el señor marqués de Branciforte era un completo pillo.

UN CABALLITO PARA EL REY. Desde los tiempos del virrey Revillagigedo existía el propósito de erigir una estatua ecuestre del rey Carlos III y otra de su hijo, Carlos IV. Pero se fue Revillagigedo y entre las muchas cosas que hizo, no estaban las estatuas. A mediados de 1796, al marqués de Branciforte le pareció que resucitar el proyecto mejoraría sus referencias en España, pues hasta allá habían llegado las historias de sus negocios y de su costumbre de quedarse con un “pellizco” de cada beneficio que la Corona recibía.

Así, hizo un anuncio público: de su propio bolsillo, él costearía una estatua ecuestre de Carlos IV. Se colocaría en la Plaza Mayor, anunció, y, para que las lenguas sueltas se apresuraran a escribirlo para Madrid, “sin el menor gravamen de la Real Hacienda”. Y, al menos, en eso sí cumplió, pero no porque él pagara la estatua, sino porque creó comisiones para involucrar a todo aquel que en la Nueva España podía donar un peso: se organizaron suscripciones, corridas de toros y se consiguieron donaciones voluntarias y no voluntarias. El resultado, al cabo de unos pocos meses, es que el presupuesto de la estatua estaba más que cubierto, sin que el virrey hubiera tenido que poner de su bolsa ni una moneda partida por la mitad. Así nació lo que hoy es nuestro Caballito.

Branciforte llegó al extremo de presidir la bendición del sitio donde se colocaría la estatua, y depositó en el cimiento del pedestal monedas, periódicos y la certificación de aquel solemne acto. Pero El Caballito no estuvo a tiempo. El maestro Manuel Tolsá no pudo acopiar, en los plazos esperados, el mineral para fundir la pieza. Como no era cosa de que el banquete se echase a perder, al virrey se le ocurrió que se inaugurara una réplica de la estatua… hecha de madera cubierta por una fina hoja de oro. La sensibilidad barroca de los novohispanos aceptó encantada la “solución” y festejaron por todo lo alto.

No bien se acostumbraba el marqués a la estatua provisional, cuando, en marzo de 1797, llegaba la orden de Madrid: sería sustituido por don Miguel de Azanza para gobernar el reino. Se fue, dejando por fundamental legado, el sueño de una espléndida estatua que aún tardaría siete años en volverse realidad.

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