El espejo hondureño

Manuel Gómez Granados

Hace justo una semana, los hondureños fueron convocados a votar en una elección que, desde su origen, estuvo marcada por dudas acerca de la candidatura de Juan Orlando Hernández. Conviene recordar que, en 2009, cuando Manuel Zelaya intentó reelegirse y para ello convocó a un referéndum, distintos sectores de la sociedad hondureña les calentaron la cabeza a los militares que, prestos, desterraron a Zelaya en lo que fue visto en su momento como un golpe de Estado.

Ocho años después, Juan Orlando, presidente en funciones, se designó a sí mismo candidato a la reelección sin que nadie entre los militares se sintiera obligado a repetir la dosis que en 2009 le dieron a Zelaya. Ello, a pesar de que don Orlando fue el principal protagonista de un escándalo que haría que, en un mundo imaginario, Javier Duarte le exigiera el pago de derechos de autor al mandatario catracho. En Honduras, el segundo país más pobre de América Latina, sólo superado por Haití, a don Orlando se le ocurrió que era buena idea financiar sus actividades electorales robándole 200 millones de dólares al de por sí vulnerable Instituto Hondureño del Seguro Social. Y como lo único peor que la pobreza en Honduras es la impunidad, el presidente Hernández pudo admitir que efectivamente su partido se había beneficiado por ese esquema de financiamiento ilícito sin que, en estricto sentido, nada ocurriera.

No es de sorprender que, en ese contexto, a pesar de las ventajas con las que Hernández pudo operar como Presidente en funciones y candidato a la Presidencia, la campaña encabezada por Salvador Nasralla encontrara eco en una sociedad cansada de tantos abusos por parte de una clase política profundamente corrompida e insensible. Es cierto, Nasralla está lejos de ser un estadista. Su paso por la televisión como comentarista deportivo está plagado de insultos sin sentido contra México, pero es claro que logró capturar la esperanza de un sector importante de la sociedad hondureña que confió en él, y salió a votar a pesar del miedo a que ocurrieran hechos de violencia en un país en el que verdaderamente la vida no vale nada.

Hasta ahí, todo podría ser muy parecido a otras elecciones en América Central y, sobre todo, en Honduras. Lo que ha ocurrido en Tegucigalpa en los últimos días es objeto de cualquier cantidad de especulaciones. La ventaja inicial de Nasralla, de hasta cinco puntos porcentuales en la madrugada del lunes, se ha convertido en una ligera ventaja de 0.11 por ciento a favor de Hernández. Ello ha provocado dudas acerca de la elección. La autoridad electoral hondureña ha hablado de problemas con el sistema de cómputo que recuerda aquella frase célebre del ahora senador Manuel Bartlett durante la elección de 1988. Como resultado, grupos de hondureños hartos con la situación han tomado calles y enfrentado a policías que tratan de controlarlos. La situación es tan difícil, que tanto la Organización de Estados Americanos como los obispos de Honduras han llamado a que prevalezca la calma y se eviten mayores confrontaciones en un país en el que la violencia abunda.

Al ver lo que ocurre en Honduras, es inevitable desear que en México no volvamos a vivir condiciones así. Ojalá que en México en 2018 se respete la voluntad popular y nadie quiera falsificar una elección que, ya sabemos, será difícil. Ojalá existan garantías para que los sistemas de conteo rápido del Instituto Nacional Electoral, sean lo suficientemente robustos para saber quién ganó en las primeras horas de la noche de la elección. Es lo menos que la costosa burocracia electoral nos debe.

manuelggranados@gmail.com

 

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