Espectáculos

Godard, el Mal genio y la generación francesa de la redención

Tercera parte. El cineasta francés cumplió ayer 87 años y aún se mantiene activo en tiempos en que hay un puñado de cineastas que buscan tener su propia voz, más allá del peso histórico de la Nouvelle Vague

“El Festival de Cannes ya no existe. Los festivales no se deberían hacer como se hacen, habría que cambiar. Se podría hacer que las deliberaciones del jurado no sean secretas. Y que las películas no se proyecten sólo en una sala. Es evidente la relación entre eso, el espectáculo y la forma de gobernar. Esa idea del salvador supremo”, dijo Jean-Luc Godard en el 2014, cuando presentó en el festival que tantas glorias le dio su filme Adiós al lenguaje (que además ganó el Premio del Jurado). Entonces tenía 84 años y seguía demostrando que su espíritu rebelde era más vital que su cansada apariencia.

La percepción francesa del cine que tenía Godard es tan pesimista como su realidad. Desde que la Nouvelle Vague desapareció, no ha existido un movimiento cinematográfico de impacto en su país. De hecho, su cinematografía ha preferido negar su trascendencia y mantenerla en un pedestal para entrar en la época de la globalización a la lucha banal contra Hollywood que existe en casi todos los países, y ha aceptado las condiciones que el mercado estadunidense ha impuesto.

Desde ese movimiento, el cine francés, en general, se estancó en películas sin mayor intento de aporte, adaptaciones literarias sin apenas interés y una adopción de elementos comerciales de otros cines. La mayor muestra de la condena que cargaba la historia del cine francés era su festival más importante: Cannes sólo había tenido una ganadora de la Palma de Oro desde 1970, cuando Maurice Pialat la ganó en 1987, con Bajo el sol de Satán.

Lo más interesante que ocurría dentro del cine francés eran aquellas películas producidas en Francia a directores extranjeros y que sirvieron para lanzar o consolidar la carrera de muchos: La Pianista y Código Desconocido a Michael Haneke, El Pianista a Roman Polaski o la trilogía de los Tres Colores a Krzysztof Kieslowski.

La influencia del Cine de Estilo que empezó en los años 80, con filmes que favorecían el estilo y espectáculo sobre el contenido y la narración, dio paso a algunos cineastas que empezaron a tener su propia voz en el cine; algunos como Luc Besson, buscan el espectáculo a la americana (Subway); otros como Jean- Pierre Jeaunet y su Delicatessen encuentran un camino más artístico e imaginativo; algunos se sumergen en el autismo como Leos Carax y sus Amantes del Pont-Neuf (1988) y otros se apegan al cine social como Robert Guédiguian.

El más destacado de ellos fue Jeunet, quien con otros filmes como La ciudad de los niños perdidos y, más tarde, Amélie, creó un estilo bajo la influencia de fotografía innovadora parecida a las imágenes de los cómics, y mezcló con perfección la comedia y el drama. A mediados de los 90 la película El odio (1995), de Mathieu Kassovitz, convirtió a Vincent Cassel en una estrella. Por su parte, El quinto elemento de Luc Besson se convirtió en una película de culto.

En esos años, Godard continuó fiel a su estilo rebelde, ya no tan político salvo Alemania año 90 nueve cero, de 1991, que es un collage que ideó mientras las proclamas en alemán, francés o latín se van sucediendo sobre una pantalla por la que irán desfilando referencias de tipo filosófico, literario, histórico y cinematográfico; ni tan social; más bien ideológico y narcisista con filmes como Peor para mí (1992), en la que el actor principal, Gerard Depardieu, es poseído por Dios durante un día, en el que toda la creación será puesta en duda y, de algún modo, vuelta a recrear.

Fue a partir del nuevo milenio que apenas comenzaron a sobresalir con más firmeza la oleada de cineastas que dejaron de cargar con el peso de la Nouvelle Vague, para tener una exploración de sus propios discursos, aunque no sean tan potentes.

Se dieron algunos éxitos como el de Marion Cotillard a ganar el Óscar y el BAFTA como mejor actriz por su interpretación de ­Edith­ Piaf en La Vida en Rosa. También en 2008 el filme La Clase, se convirtió en la primer película en ganar una Palma de Oro en Cannes después de 21 años. En 2005, Phillippe Garrel nos regaló una obra maestra en modo de homenaje a la Francia del mayo del 68 con Los Amantes Habituales y en 2011 Valérie Donzelli presentó Declaración de Guerra.

Paradójicamente, el cine francés más interesante que viene haciéndose estos últimos años es el que menos responde a los arquetipos clásicos y comunes de este tipo de cine. Podemos distinguir dos vertientes claramente significativas; una mucho más poética, tanto en el terreno visual como en el narrativo (Carax, Gondry), y otra mucho más contenida y realista (Audiard, Cante) que puede llegar a recordar a autores como Haneke o Costa-Gavras.

Hoy en día sólo algunos cineastas como del movimiento de cine de estilo en los 80, se mantienen firmes a su capacidad de autor, pero la mayoría, se dejó seducir por hacer cine en Norteamérica. Muy pocos, quizás sólo un puñado como Laurent Cantet, Michel Gondry, François Ozon y Abdellatif Kechiche podrían mostrar en sus filmes un desprendimiento de la Nouvelle Vague, aunque no tan directos como Michel Hazanavicius, quien se ha atrevido a hablar de esos tiempos sagrados con tanta capacidad crítica. Presentó este año en Cannes su filme Mal genio, que aborda a un Jean-Luc Godard estancado en la crisis de los 40 y viviendo en un país en revolución.

Godard ha sido testigo ocular y cómplice del desarrollo del cine francés desde hace más de medio siglo. Lo que no puede negarse es su condición de cronista y testigo lúcido de la civilización occidental, cuya crisis, con o sin películas revulsivas, no se detiene pese a las distintas máscaras, denominaciones y justificaciones filosóficas que tratan de ocultarla. El cine de Godard perdura.

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