El método Meade

Raúl Trejo Delarbre

José Antonio Meade tarda 63 minutos en recorrer la distancia entre el estacionamiento y el presídium que ha sido instalado en la explanada del PRI. Estrecha manos, se deja abrazar, sonríe tanto que el gesto parece congelársele, los priistas se toman con él centenares de selfies.

Si algo se ha renovado en la liturgia, como ahora le dicen a las costumbres patriarcales en ese partido, es la difuminación de los destacamentos corporativos en beneficio de los militantes. Ya no se es priista únicamente por la adhesión al líder sindical o al cacique del barrio sino ahora, además, porque la foto con el precandidato circulará de inmediato en las redes digitales. La imbricación del espacio público político y la arena virtual no significa, al menos en este caso, nada más que ese reforzamiento de la identidad en el militante que se precia de la foto junto con el elegido. Retórica y escenografía, por lo demás, son las mismas de siempre.

Los chillones locutores que acaparan el micrófono durante el largo baño de pueblo priista al que se somete Meade intentan entusiasmar con gritos desafinados, mencionan a los priistas ilustres que han acudido al registro del precandidato, entonan estribillos y exigen porras con escaso éxito. La respuesta de los varios miles de priistas es tibia. Tampoco se conmoverán cuando Meade les pide aplausos para el líder Enrique Ochoa Reza y ni siquiera cuando elogia “el talento  y la sensibilidad de un gran mexicano, de un arquitecto del cambio, un mexicano con temple, valentía y gran amor a México: ¡Enrique Peña Nieto!”. La ovación es tan tímida que Meade tiene que encabezar el coro “¡Peña, Peña, Peña, Peña!”. Pero quienes le siguen son pocos y aquellos que acompañan el grito con el puño en alto resultan todavía menos.

Descafeinada en comparación con la intensidad retórica y la simulación enardecida de otros tiempos, la liturgia priista se cumple de manera rutinaria, para cubrir un expediente que no sacude a los militantes de estos tiempos.

El precandidato que no forma parte de partido alguno dedicó toda la semana a congraciarse con el PRI. Su discurso ayer domingo, al registrar su postulación, comenzó con una retahíla de reconocimientos a los patriarcas sectoriales, a los gobernadores miembros de ese partido, al gabinete presidencial del que formó parte, y en cada frase durante esa extensa salutación se expresaba una búsqueda de empatía con los priistas de quienes, hasta ahora, había decidido ser formalmente ajeno.

“¡Con la CTM fortaleceremos la prosperidad familiar!”,  “¡Con la CNC en favor de las familias campesinas!”, “¡De la mano de la CNOP las familias sentirán en sus bolsillos el crecimiento de México!”. Cada apelación a dirigentes, segmentos, camarillas y clubes del PRI, recuerda la distancia que hasta ahora ha mantenido respecto de ellos. Hay quienes consideran que una de las fortalezas de Meade radica en ese alejamiento. La idea de que el desprestigio de los partidos puede resolverse acudiendo a personajes que no han formado filas dentro de ellos se ha convertido en una leyenda que el PRI, igual que otros partidos, asume acríticamente. Por lo pronto, antes que nada, el precandidato tiene que convencer a los priistas de que aun cuando no es como ellos y no forma parte de ellos, le pueden tener confianza para abanderarlos.

El mensaje de José Antonio Meade es tan hueco como la vehemencia de esos militantes. La misma retórica, los mismos lugares comunes, el mismo afán por frases que hoy ocuparán primeras planas aunque digan poco o nada. Quienes le escribieron su discurso determinaron que Meade ofreciera mucho pero sin comprometerse a nada. Muchos qués y ningún cómo.

   Ya habrá tiempo, dirán, para el programa y los detalles. Pero este inicio de campaña (bueno, anticipación de la precampaña según los plazos formales) mostró a un aspirante presidencial con enormes dificultades para convencer porque no manifiesta vocación de compromisos específicos. Su lastre principal son las ataduras con los gobiernos de los que ha formado parte y de los cuales no puede diferenciarse porque él mismo fue corresponsable de los yerros y limitaciones de esas administraciones.

Sólo delante de un auditorio adocenado, o indiferente, se puede decir sin suscitar reclamos que hay que contagiar “de optimismo a los mexicanos de que sí podemos hacer realidad nuestros sueños… México está por arriba de visiones pequeñas y perdedoras. Para México no hay obstáculos”. La política, reducida a exhortaciones reconfortantes, es la negación de la política. Meade aseguró que propondrá “una vía clara, realista y sensata de lo que México puede llegar a ser”. Habrá que conocer esa hoja de ruta, si es que resulta diferente a la que hasta ahora él mismo ha compartido. Por ahora la ausencia de precisiones, convertida en eje de su discurso inicial, es mal augurio ante la posibilidad de una campaña electoral escasa en ideas y abundante en descalificaciones.

Frases en busca de contenido: “Las fuerzas armadas nos han dado certeza. Es tiempo de que les correspondamos”. “Piso parejo… Las mujeres serán protagonistas centrales de nuestro crecimiento”. “Educación para aprender, para emprender, para fortalecer”. “No hay que demolerlo todo, no hay que cambiarlo todo”.  “Apostamos por la experiencia y no por la ocurrencia”. “Creemos en el hambre de servicio, no en el hambre de poder”. Esas y otras fórmulas dicen nada mientras no sean acompañadas por definiciones concretas.

A mujeres y jóvenes, los reivindica ofreciendo posiciones electorales. La mitad de las candidaturas en el PRI será para mujeres, se ufana Meade, aunque esa es una obligación que establece la ley electoral. Una de cada tres candidaturas será para jóvenes, anuncia también.

Todos los candidatos del partido en el gobierno son candidatos de continuidad y esa circunstancia les impone limitaciones porque no pueden descalificar a una gestión en la que han participado. Ahora Meade tiene una dificultad adicional porque el gobierno del que era integrante hasta hace unos días padece una inédita impopularidad.

Meade tiene que diferenciarse de los rasgos execrables del PRI y del gobierno sin confrontarse con ellos. Nunca como hoy tantos funcionarios priistas, entre ellos destacados y avorazados gobernadores, han sido exhibidos como delincuentes. Eludir el tema es una forma de convalidar trapacerías. En su discurso de presentación se limitó a decir: “Habrá un combate frontal y definitivo a la corrupción. Ni un solo peso al margen de la ley”.

Qué tan de frente y sobre todo de qué manera puede decir que ese combate será definitivo, son dos omisiones en ese aparente compromiso. Ayer mismo circulaba la edición de El País que traía como nota principal una entrevista de Javier Lafuente con el precandidato del PRI. A dos preguntas acerca de la corrupción en los gobiernos de los cuales ha formado parte, Meade respondió de manera evasiva. Por eso en una tercera ocasión el periodista español insistió:

“- Pero, para que quede claro: ¿Usted está dispuesto a investigar casos de corrupción de esta Administración, involucre a quien involucre?

- Es que me parece que caemos de nuevo en el planteamiento personal. Tenemos que movernos en un esquema en el que la pregunta no sea válida. Un esquema que funcione para todos, en donde el acceso a la justicia y a la rendición de cuentas sea igual para cualquier funcionario. Vamos a funcionar bien cuando la pregunta deje de tener mérito. Cuando alguien piensa: ‘El problema depende de’ es que no entiende el problema de fondo”.

El método Meade ya no para resolver problemas sino antes que nada para entenderlos, resulta bastante descriptivo de su reticencia para encarar dificultades. El hasta hace una semana secretario de Hacienda no concibe a la política como solución de dificultades sino como creación de parámetros para que los problemas se diluyan, o parezca que no existen. Cuando le preguntan si combatirá la corrupción aunque en ella estén involucrados antiguos conocidos suyos, responde que hay que cambiar de esquema. Pero ese cuestionamiento seguirá siendo impertinentemente esencial. No se trata de cambiar de “esquema” sino de cumplir la ley.

En su respuesta, Meade soslaya que el “esquema” por el que aboga ya existe. La justicia se aplica, o debe aplicarse, a todos los funcionarios públicos. La ley les impone rendición de cuentas a todos ellos. La preocupación por mudar de “esquema” no es mas que un inaceptable recurso retórico para esquivar una pregunta enfadosa. El problema esencial no es esa decisión para responder cantinflescamente, sino el hecho de que una pregunta tan elemental le resulte incómoda al precandidato Meade.

¿Cuál es, para Meade, el “problema de fondo” en el combate a la corrupción? ¿Comparte el diagnóstico del presidente Peña que la ha considerado un asunto cultural, propio de la idiosincracia de los mexicanos? No hay que enredarnos en un juego de fantasiosos esquemas. La causa principal de la corrupción es la impunidad. El método Meade para cambiar los parámetros de los problemas en vez de enfrentarlos y arreglarlos, es tan débil como las porras de los priistas que fueron a verlo.

trejoraul@gmail.com

@ciberfan

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