Julia Carabias y el ecologismo pensante

Francisco Báez Rodríguez

A veces es sano dejar de hablar de la coyuntura política y centrarse en una buena noticia. La semana pasada, el Senado de la República decidió otorgar la medalla Belisario Domínguez a la bióloga Julia Carabias Lillo, investigadora mexicana comprometida con la ciencia, el desarrollo sustentable y el mejoramiento de las condiciones de vida de los mexicanos. Al hacerlo, honra al premio mismo.

Bióloga por la UNAM, Carabias fue miembro del Consejo Universitario; cofundadora y miembro del Comité Nacional del Movimiento de Acción Popular (MAP); presidente del Instituto Nacional de Ecología; titular de la Secretaría de Medio Ambiente,  Recursos Naturales y Pesca (Semarnap) y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Recibió, entre otros, el Premio Getty, en 2001; el Premio Cosmos, en 2004; el de Campeones de la Tierra (ONU), en 2005; y el Premio Alexander von Humboldt, en 2011. Es vicepresidenta del Centro Interdisciplinario de Biodiversidad y Ambiente; profesora de la Facultad de Ciencias de la UNAM; y participa en el órgano científico técnico del Convenio de Diversidad Biológica de la ONU.

Más allá del currículum, Julia siempre se ha destacado por un compromiso esencial: luchar para que la gente pueda elegir una mejor forma de vida, por un México y un mundo justos e incluyentes, en los que no haya tanta desigualdad y pobreza. En ese sentido, su vida entera ha sido de congruencia.

Actualmente se le conoce por sus esfuerzos por salvaguardar los ecosistemas de la selva lacandona, en especial la Reserva Integral de la Biósfera Montes Azules, adonde vive buena parte del tiempo —siempre le han atraído las selvas—, pero su trayectoria habla de mucho más. Su paso por la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca se distinguió por haber creado un parteaguas en la manera cómo se abordan los problemas relacionados con el ambiente. La clave de ello es su capacidad para tomar decisiones informadas, hechas con base en la ciencia y no en una ocurrencia política. Por ejemplo, fue ella quien subrayó las inconsistencias del primer “Hoy No Circula”, para acercarlo a su diseño actual, y atacó también otros factores contaminantes de las ciudades mexicanas.

Siempre ha sido una mujer interesada y activa en la política, porque entiende su importancia para transformar las cosas, y porque la concibe de manera ética. En ese sentido, nunca fue una funcionaria cómoda: nada más alejado de su concepción que las campañas huecas en el tema ambiental, de la mercadotecnia verde disfrazada que hoy nos inunda y que ayuda a banalizar un tema toral para el futuro del país.

Carabias entiende que todo intento por generar un desarrollo sustentable topa con intereses político-económicos, a veces muy fuertes —de hecho, por eso fue secuestrada en 2014 por un grupo que defendía el cambio de uso de suelo que destruye la Lacandona— y que, a menudo, esos intereses lucran con la pobreza y la ignorancia de la gente. Así fue, claramente, en el caso de quienes quieren deforestar para introducir actividades agrícolas que no durarán, por la rápida erosión. Y lo es también entre quienes pretenden sobreexplotar las pesquerías o los acuíferos, o quienes permiten que la minería deshaga ecosistemas que darían sustento a mucha mayor población.

En otras palabras, Julia Carabias es una luchadora social sin demagogia. Una persona de carácter fuerte que no acomoda su pensamiento a las causas políticas. Es, por ello, alguien difícil de convencer para quien no tiene argumentos basados en los hechos. Y es alguien que tiene muy claro que la lógica de maximización de las ganancias, que domina en nuestras sociedades, no sirve para mejorar nuestra vida, y complica la de las próximas generaciones.

Carabias ha señalado que “México cuenta con el capital natural y social suficiente para lograr una buena calidad de vida para su población, pero si se mantienen las actuales tendencias que degradan la naturaleza, las posibilidades de atender el bienestar social van a disminuir”. Y es que nadie quiere asumir los costos políticos, reales o supuestos, de llevar a cabo acciones de mediano y largo plazo.

La gestión de los recursos hídricos, del suelo, de la biodiversidad no son temas meramente técnicos: están imbricados con problemas sociales, económicos y culturales, que los convierten en temas políticos. El problema, que Carabias ha subrayado una y otra vez a lo largo de su carrera, es que la política cortoplacista y la corrupción evitan una gestión racional y razonable. Es una política que empobrece los recursos naturales y las oportunidades de las próximas generaciones.

Ahora que inician las campañas políticas, temas como la inseguridad, la corrupción y la economía seguramente dominarán el panorama, pero bien harían partidos y candidatos en poner más atención al tema de la sustentabilidad del desarrollo, y dejar atrás los típicos fetiches del crecimiento. Es deseable un debate serio y a fondo sobre estos temas.

Desgraciadamente, es difícil que lo haya. No hay voluntad para entrarle a un tema que obliga a pensar en la distribución geográfica de la población, en el control efectivo de los recursos, en la relación transversal entre instituciones públicas. Es más fácil llenarse la boca de compromisos genéricos y suponer que la ecología es algo así como la defensa de las plantas y los animales, al cabo que hay una ignorancia generalizada sobre el tema.

Ojalá que el reconocimiento a Julia Carabias se traduzca, en correspondencia, en el reconocimiento de que el asunto del crecimiento sustentable es de vital importancia para el futuro del país. Que es un camino para superar la pobreza y la desigualdad. Y que, por lo tanto, es el cuarto gran tema de la agenda nacional.

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Twitter: @franciscobaezr

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