Meade vs. AMLO - José Fernández Santillán | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 07 de Diciembre, 2017

El mensaje que dio José Antonio Meade ante la Comisión Nacional de Procesos Internos del PRI, luego de recibir la constancia que lo acredita como precandidato oficial de ese instituto político a la Presidencia de la República, tiene varios despuntes que vale la pena analizar aquí. Tales despuntes tienen que ver con el contraste de posiciones entre el exsecretario de Hacienda y quien será su contrincante, Andrés Manuel López Obrador.

En el acto, que se llevó a cabo en la sede del tricolor en Insurgentes Norte, Meade afirmó: “Apostamos por la experiencia, no por la ocurrencia; por el conocimiento y no por el enfrentamiento; por la preparación y no por la improvisación; en los programas, no en los caprichos; en las instituciones y en la ley, no en las profecías, las revelaciones.” (El Universal, 4-XII-2017) Obviamente, su interlocutor, aunque no lo nombró explícitamente es el político tabasqueño que va en pos de su tercera candidatura presidencial.

Y es que, en efecto, los líderes populistas de este y del otro lado del Atlántico parecen cortados con la misma tijera: son demagogos que les gusta improvisar y tener una personalidad caprichosa (pienso, por ejemplo, en lo distante que fueron el venezolano Hugo Chávez y el italiano Silvio Berlusconi; pero, los asemejaba la arrogancia; característica de quien se cree seguro de que sus desplantes subyugan a las masas).

Un elemento propio de los demagogos es despreciar las leyes y las instituciones. Un halo de grandeza y superioridad los pone por encima de la norma y los poderes públicos (cosa evidente en personajes como Vladimir Putin de Rusia, Yaroslav Kaczynski de Polonia o Evo Morales de Bolivia).

Meade señaló cuáles serán los principios y valores que guiarán su proceder: democracia, libertad, justicia social, igualdad de oportunidades, responsabilidad ambiental y transparencia. Conviene poner atención en el concepto “justicia social” porque fue uno de los vocablos más atacados por los tecnócratas que abanderaron la doctrina del libre mercado. Tal expresión fue enlazada al “paternalismo” con el propósito de criticar las políticas asistencialistas aplicadas desde la época del General Lázaro Cárdenas (1934-1940) hasta el sexenio de José López Portillo (1976-1982). En ese período prevaleció el Estado benefactor, que vino a ser sustituido por “el modelo modernizador”, especialmente a partir del ascenso de Carlos Salinas al poder (1988-1994): privatizaciones, libre comercio, contracción del gasto público, desempleo, aumento de las desigualdades sociales, migración masiva hacia el norte, incremento de la delincuencia. Esa estrategia de política económica continuó sin importar la alternancia política; es decir, los gobiernos panistas también la aplicaron.

El populismo es uno de los efectos perversos del neoliberalismo: al dejar a tanta gente fuera de los beneficios del desarrollo, lógicamente, se vuelve carne de cañón para proyectos anti-establishment. El líder populista se proclama como la solución a todos los problemas existentes.

Tiene razón Leopoldo Gómez cuando escribe (“2018 y los retos del ‘establishment’,” Milenio, 5-12-2017): “En la revista National Review (10-XI-2017), Michael Brendan Dougherty identifica los desafíos de quienes abanderan la continuidad en Estados Unidos. Los paralelismos con México son innegables. Según el autor, el problema no es que los mainstreamers carezcan de conciencia pública o sentido social, sino que les cuesta trabajo abandonar el viejo discurso y ver más allá del añejo sistema. Saben que hay problemas, pero sus soluciones se limitan a una mejor gestión tecnocrática.  

“Para ellos siguen vigentes las condiciones de los años 90, cuando ascendían al poder y todo se alimentaba con su doctrina: cada vez más países adoptaban el credo liberal y la economía mundial se expandía. ‘Quien objetara el modelo era un idiota’, dice el autor.

“Los mainstreamers piensan que nada ha cambiado, que solo ellos entienden al mundo y por eso deben seguir gobernándolo. En esa lógica, factores como el brexit o Trump no son más que aberraciones históricas que se corregirán con el tiempo.”

Lo que señala Leopoldo Gómez es que los mainstreamers no se sienten cómodos hablando de problemas sociales, por eso los reducen a estadísticas “les falta conexión social que sí tienen sus oponentes.” Y allí está el reto de quienes defienden la continuidad de las políticas económicas del laizzes faire: “En este proceso electoral, ese sector deberá trascender los dogmas del liberalismo para construir un discurso menos técnico y más humano. Es la única posibilidad de conectar con una sociedad que ya no quiere más de los mismo.” Estoy de acuerdo con lo que escribe Leopoldo Gómez.

 Meade se atrevió a usar una referencia prohibida en el lenguaje de la tecnocracia, “justicia social.” Reconoce que es preciso reducir la brecha que separa a los pocos que tienen muchos, de los muchos que tienen poco. De paso, le quita a López Obrador el monopolio del tema social. Abre una perspectiva diferente tanto del populismo como del neoliberalismo acerca de cómo enfrentar el problema.

La idea es combinar la eficiencia económica con la responsabilidad social (fuera de parternalismos) en el marco de la democracia liberal. El proyecto no es descabellado, lo han echado a andar diversos países con excelentes resultados.

Ojalá y lo entiendan los mainstreamers mexicanos.


jfsantillan@itesm.mx
@jfsantillan

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