La hospitalidad del café - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 07 de Diciembre, 2017
La hospitalidad del café | La Crónica de Hoy

La hospitalidad del café

José Carlos Castañeda

Me gusta el café. Al principio fue mezclado con leche y pan dulce. Desde que era niño, el día comienza con una taza. Una mañana sin café, no es lo mismo. Uno siente que no ha despertado, que el día nunca comenzó. Hubo épocas en que me atrevía a beber de noche, como si sus efectos nocturnos no tuvieran ninguna consecuencia. Era una persona noctámbula. Quizá ahora algunos padres consideran que no es el mejor alimento para la infancia, pero mi abuela siempre lo preparó para acompañar el desayuno. Mi neurólogo tuvo que restringirme el consumo de café. En realidad, me prohibieron la cafeína, con la opción de practicar una simulación: beber descafeinado, como consecuencia de la epilepsia y la posmodernidad. Pero el café significa algo más que nervios alterados y noches de insomnio.

Durante mi vida, el café ha sido más que nada un lugar. El lugar donde se reunían mis padres con sus amigos, donde iban a trabajar o simplemente a platicar. El café era una atmósfera de encuentros y conversaciones. Un espacio común donde encontrar a aquellos que coincidían con tus preguntas, pero disentían en las soluciones. En el café encontrabas los libros que había que leer, las historias que se estaban discutiendo o los periódicos que se comentaban. La amistad no era lo mismo sin un café. Pero este brebaje estimulante es  más que un vicio personal o una tradición familiar.

En nuestros días, el café ya perdió sus poderes como la capital central de la esfera pública. Sin embargo, la hospitalidad del café tiene una genealogía. Su origen se remonta al Oriente exótico y enigmático. No falta quien busca leer entre los posos de café símbolos o presagios de un futuro. Más que un oráculo esotérico, el hábito de ir al café se convirtió en un ritual de la civilización moderna. La vida en el café como una encrucijada entre lo público y lo privado. Sin exagerar podría afirmarse que la modernidad se gestó en un café o en varios. George Steiner lo dice “mientras haya cafés, ‘la idea de Europa’ tendrá contenido”. El mapa de esos lugares de conversación y soledad dibuja el mapa del pensamiento crítico, donde se forjó la confrontación de ideas y la imaginación artística. Alfred Polgar describe el Café Central de Viena como “un auténtico asilo para hombres que buscan matar el tiempo para no ser matados por él”. Convivían en un mismo espacio: revolucionarios militantes, dadaístas, escritores solitarios, creadores de un método de introspección psicológico y algún filósofo en los límites del lenguaje. Así era en los albores del siglo XX. París tampoco fue diferente: “Era un gran Café”, como dice Jules Michelet. En alguna época en el Café de la Flore o en Les DeuxMagots, se cruzaron en sus pasillos Picasso, Jacques Lacan, Jean-Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, Simone de Beauvoir, Albert Camus, Georges Bataille.

La historia del café está íntimamente unida a la del pensamiento moderno. En los grandes salones de mediados del siglo XVII y hasta bien entrado el XVIII, esta bebida acompaña el ánimo de conspiración y revuelta. La idea de una esfera pública no tiene sentido sin un lugar intermedio donde se proyectan, se entretejen y se detonan las inquietudes de lo comunitario y las aventuras privadas.  Ramón Gómez de la Serna define a esa tertulia como “la única asociación verdaderamente libre, igualitaria y limpia de dogmatismo y de oligarquía; la institución más independiente… donde se sienta la ciudad dejándose tratar más directamente y donde además dan café”.  Aunque siempre cabe la tentación de ir al café para estar en el café, nada más. Para no hacer nada. Antesala de la imaginación, la vanguardia, la rebelión o el pensamiento.


@ccastanedaf4

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