Cuando moverse no es voluntario ni deseado - Conacyt - | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 08 de Diciembre, 2017
Cuando moverse no es voluntario ni deseado | La Crónica de Hoy

Cuando moverse no es voluntario ni deseado

Conacyt -

(…)

Nadie se va de su casa a menos que la casa sea una voz sofocante

que en el oído te murmura

vete

escapa de mí ahora

no sé en qué me convertí

sólo sé que cualquier otro lugar

es más seguro que aquí.

Warsan Shire, “Casa”

 

Escribir sobre esta realidad desde México es particularmente sensible, porque las movilidades forzadas son una constante en su historia, ya sea provocadas al interior de su territorio como en su calidad de receptor de exilios y migraciones forzadas, pero a la vez, también productor de las mismas hasta hoy día. O hacerlo desde Chiapas, con los recientes acontecimientos en los municipios de Chalchihuitán y Chenalhó, donde la situación es preocupante con el desplazamiento forzado de más de 1000 personas por la violencia. O aún con mayor precisión territorial, desde esta frontera sur, desde el Soconusco, este espacio transfronterizo entre México y Guatemala que es protagonista diario de movilidades que abarcan desde los contactos de larga data que unen territorios, personas, familias, hasta la migración laboral o los dramáticos casos de movilidades forzadas.

Esta región recibió, y continúa recibiendo, desplazados forzados, migrantes forzados que huyeron de la violencia de los conflictos armados en las últimas dos décadas del siglo XX, y que se perpetúan hoy por las violencias ciudadanas y sociales de Guatemala, Honduras y El Salvador, pero también existen otras formas de movimiento en forma de deportaciones que constituyen retornos forzados donde México, lamentablemente, ha incrementado su papel de expulsor, incluso contraviniendo el principio internacional de no devolución frente a personas que huyen de la violencia.

Por tanto, hablar de ello no es hacer una referencia a algo abstracto y lejano, sino es señalar lo cotidiano, lo constante, el drama de miles de hombres, mujeres, niñas, niños, pueblos originarios, integrantes del colectivo LGBTTI, luchadores sociales y religiosos, es retratar el horror que las violencias provocan sobre las personas y sus vidas.

Las movilidades constituyen una de las estrategias para sobrevivir, un recurso que las personas adoptan para escapar de una situación de amenaza, aunque también debemos reconocer que no todas las personas que sufren violencia pueden tomar la opción de irse, de escapar, de huir, de moverse. Para muchas, podríamos decir para la mayoría, esto no es posible.

Así, cuando estamos frente a un movimiento de personas que huyen por amenazas, en realidad estamos asistiendo a la manifestación de un problema mayor que se está desarrollando en otro escenario, como guerras, inseguridad, violencia, por citar algunas.

Se mueven los que tienen las posibilidades materiales y redes personales. Quienes no, forman el gran número de muertos, presos políticos o de conciencia, desaparecidos, represaliados, secuestrados o personas que han sufrido alguna afectación a su integridad física y psíquica.

LA VIOLENCIA EN AMÉRICA LATINA.

Las causas de las violencias han sido, y siguen siendo múltiples, a veces se dan en forma de delitos por parte de actores privados y, en otros, desde la esfera de lo público, constituyéndose en formas de violación de los derechos humanos.

Las violencias, además, revisten diferentes formas que pueden ir desde las estructurales, que se han perpetuado con el tiempo y que son las evidencias de las inequidades históricas en nuestro continente; las simbólicas, que forman parte de comportamientos atávicos o que hoy son reprobados y reprobables —más allá de constituir diferentes formas de delito—; y las reales, que atentan directamente contra la integridad física de las personas.

Las evidencias de estas violencias se manifiestan en la constitución de víctimas de diferente índole, por persecución, por discriminación, por exclusión, por represión; en una variedad de consecuencias sobre las personas, que van desde el trauma, las marcas físicas, la prisión, la tortura.

Todas y cada una de las modalidades de movilidad forzada son estrategias que las personas elaboran frente a una situación de peligro, para protegerse, salvarse o enfrentar sus circunstancias, las de su familia o los seres de su entorno de pertenencia más inmediato.

LAS MOVILIDADES COMO ESTRATEGIA DE SOBREVIVENCIA EN AMÉRICA LATINA. Durante el siglo XX, especialmente en la segunda mitad, en el contexto de la Guerra Fría y a partir de las denominadas Dictaduras de Seguridad Nacional —que proliferaron fundamentalmente en Sudamérica—, se dio otro importante movimiento forzado de personas.

En esta etapa, la característica más importante fue que representaron, por su número, dispersión, visibilidad e impacto a escala internacional, los casos de movilidad forzada más relevantes de la historia de muchos países, especialmente los del Cono Sur; la mayoría en forma de exilios. Un ejemplo es el caso de Colombia, el país que ha sufrido el conflicto armado más largo de toda la historia de Latinoamérica, con miles de exiliados y desplazados forzados internos. 

A fines del siglo pasado, las guerras civiles en Centroamérica revelaron una combinación de movilidades que mezclaban elementos de desigualdades y vulnerabilidades estructurales con víctimas de las acciones armadas, y donde los fenómenos de migraciones, desplazamientos forzados internos y exilios se producían simultáneamente.

Si bien es cierto que en el siglo XX se desarrollaron formas de persecución trasnacional, como por ejemplo el Plan Cóndor, en el siglo XXI muchos de los actores productores de violencias, como el crimen organizado o las denominadas “maras”, son realmente trasnacionales. La huida de estas formas delincuenciales se mantiene en el tránsito y, muchas veces, hasta en el destino, modificando la profundidad temporal de los momentos de movilidad/asentamiento.

Otra característica diferencial respecto al siglo XX es que aquellas movilidades las protagonizaban personas que eran parte de redes de solidaridad o de diferentes formas de agrupamiento y colaboración, que se intentaban reconstituir en el destino. Ahora, en cambio, los que huyen provienen de sociedades donde imperan el individualismo, la desconfianza, la inexistencia de redes de solidaridad o la desestructuración social y familiar y, por tanto, hay mucho que reconstruir en el país receptor. Son más bien actores secundarios, como asociaciones civiles u organizaciones con o sin fines de lucro, quienes intentan regenerar esos lazos.

Para ir cerrando, el panorama que tenemos actualmente, desde el norte al sur, no es muy prometedor en cuanto a terminar con esta necesidad de moverse para salvar la vida personal o la de los seres queridos. Al contrario, parece que se recrudecen cada día más las políticas públicas que amparan y legitiman la exclusión, la marginación, la estigmatización, la criminalización y que, en definitiva, no abonan en la solidaridad sino en la desconfianza y el rechazo.

 

*
Investigador del Grupo de Estudios de Migración y Procesos Transfronterizos               
Departamento Sociedad y Cultura
El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR) – Unidad Tapachula

ecoraza@ecosur.mx)

 

 

 

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