Racismo y religiosidad en López Obrador - José Fernández Santillán | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 14 de Diciembre, 2017
Racismo y religiosidad en López Obrador | La Crónica de Hoy

Racismo y religiosidad en López Obrador

José Fernández Santillán

Sabemos de los excesos retóricos de Andrés Manuel López Obrador. Los demagogos son as í, no paran de hablar. Sufren incontinencia verbal, sobre todo cuando están frente a las multitudes que les aplauden sus ocurrencias. No obstante, esta vez se excedió cuando dijo: “Anaya y Meade son ‘muy pirruris’ son candidatos de la ‘mafia del poder’ que no conocen el país, no les da el sol, están blancos ‘puxhos’.” (en Tabasco a las personas que son pálidas se les dice así, ‘puxhos’). Esto lo expresó el domingo pasado (El Universal, 10-XII-2017).

Ciertamente, el discurso populista está orientado a fomentar el conflicto y la división en la sociedad. Generalmente, se plantea con base en la dicotomía entre la élite (“la mafia del poder) y el pueblo. Aquellos que no estén de acuerdo con la posición adoptada por el líder son considerados como lacayos del poder, sean éstos personas, grupos, medios de comunicación o partidos políticos.

Sin embargo, que yo recuerde, López Obrador a lo largo de su ya longeva carrera, jamás había utilizado el expediente racial como instrumento de lucha política. Y eso es, en verdad, peligroso no solamente para su causa, sino para el país en su conjunto. No es necesario ahondar mucho en la historia para entender que cuando se echa mano del racismo se despiertan energías irracionales, fanáticas y destructivas en las sociedades.

El referente más inmediato es Donald Trump y la aversión que ha despertado en Estados Unidos contra los inmigrantes, sobre todo de origen hispano (particularmente contra los mexicanos). El magnate neoyorkino reivindica el “nativismo”; pero no el de los pueblos originarios de esas tierras, sino el de los “verdaderos americanos”, es decir, los de raza blanca. A lo que ha dado lugar el discurso de odio es a episodios de violencia racial y al fortalecimiento de los grupos neonazis.

Para ilustrar el embrollo en el que se metió AMLO, diremos que el racismo es una corriente de pensamiento que ahonda sus raíces en autores como Joseph Arthur Gobineau quien escribió un libro titulado Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853); Ludwig Gumplowicz cuya obra se llama La lucha de razas (1883) y Arthur Rosenberg cuya obra es El mito del siglo XX (1930). El racismo se convirtió en el sostén ideológico del nazismo, precisamente, con la ayuda de este último autor. En efecto, Rosenberg fue el ideólogo de Hitler. Su trabajo fue proporcionar argumentos para destruir a la democracia y fundamentar el antisemitismo; disolver la libertad y la tolerancia para establecer el “Tercer Reich”, régimen que provocó la Segunda Guerra Mundial y la muerte de, por lo menos seis millones de judíos, en el holocausto. (Yvonne Sherratt, Hitler’s Philosophers, New Haven and London, Yale University, 2013, p. 63).

Atizar el conflicto político—con el propósito de procurar más votos—mediante el expediente racial es una jugarreta de baja estofa y, sobre todo, un movimiento cargado de potenciales amenazas. Eso, por supuesto, nada tiene que ver con la democracia. No por casualidad Norberto Bobbio enumera como primera regla de la democracia: “El que todos los ciudadanos que hayan alcanzado la mayoría de edad sin distinción de raza, religión, condición económica y sexo deben gozar de los derechos políticos; es decir, del derecho de manifestar por medio del voto su propia opinión y/o de elegir a quién la exprese por ellos.” (Quale Socialismo?, Torino, Einaudi, 1976, pp. 42-43). Y aquí vale la pena subrayar que, en consonancia con esas reglas, uno de los principios inamovibles de la democracia es la igualdad que, también hace a un lado distinciones de raza, religión, condición económica y sexo para poder ejercerla.

Otra de las acciones que Andrés Manuel López Obrador ha llevado a cabo—y que de verdad desconciertan—es su decisión de registrarse como precandidato a la Presidencia de la República por el partido Morena, el 12 de diciembre. Considero que este hecho es una afrenta al Estado laico. El Peje mezcla, consciente, un acto cívico con el día más significativo en términos religiosos para el pueblo mexicano. Hasta de la Virgen de Guadalupe quiere sacar raja política. ¡Qué desfachatez!

 López Obrador despreció el esfuerzo realizado por don Benito Juárez y los liberales por distinguir la esfera civil de la esfera eclesiástica. Por su manera de proceder se deduce que poco le importa la manera en que se construyó de este país; es decir, a partir de la victoria del laicismo que implantó la supremacía de las leyes civiles y la autonomización de la autoridad política frente al dominio eclesiástico. Esa autonomía del poder civil es la base del mundo moderno y uno de los rasgos emblemáticos de las corrientes progresistas de la nación.

Al actuar de esa manera lo que hizo AMLO fue mostrar su verdadero talento; es decir, juarista de fachada y conservador de cepa; antidemocrático y antiliberal. Dicho de otro modo: autoritario y clerical.

Extraña que habiendo intelectuales y militantes en Morena que se dicen de izquierda no se hayan pronunciado en contra de estas expresiones (racismo y clericalismo) auténticamente retardatarias.

 

jfsantillan@itesm.mx
@jfsantillan

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