Nacional

La masacre de Tlatelolco

Gilberto Guevara Niebla, líder del movimiento estudiantil del 68, vivió la cárcel y el exilio luego del dramático desenlace en la Plaza de las Tres Culturas. Crónica continúa la presentación del ejercicio intelectual con el que desea explicar a los jóvenes el 68 mexicano. La presente entrega habla del desenlace violento de aquella época que transformó al país.

La estrategia del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz frente a la protesta estudiantil fue una estrategia militar, un plan de guerra; los dos objetivos de esta estrategia fueron aislar políticamente al movimiento y después destruirlo. La autoridad no tuvo un solo gesto sincero de diálogo ni mostró comprensión alguna hacia los jóvenes, en cambio, se comportó contra ellos con odio y con saña. Los estudiantes fueron vistos, no como ciudadanos mexicanos portadores de reclamos legítimos, sino como el enemigo a vencer. No se negocia con el enemigo; al enemigo se le derrota. Luego, no hubo contemplaciones, la agresión fue implacable. Al gobierno le interesaba destruir al movimiento estudiantil antes que se diera la inauguración de los Juegos Olímpicos que tendría lugar el 12 de octubre. Pero con antelación al golpe decisivo, lanzó una cadena de acciones dirigidas a echar abajo la imagen democrática del movimiento; esta escalada de violencia se desarrolló, paso a paso, desde el día 28 de agosto en adelante. Dentro de esta estrategia se explican los siguientes acontecimientos promovidos o encabezados por los agentes que el gobierno tenía infiltrados en el CNH para demoler la imagen pacífica y legal del movimiento. Como se recuerda, la lucha estudiantil había nacido como protesta contra la violencia policiaca, no obstante, en los eventos que expondré a continuación se puede ver que, aparentemente, son los estudiantes los que utilizan la violencia para atacar a la policía. El agredido se convirtió en agresor. El primero de estos acontecimientos tuvo lugar en Zacatenco el 20 de septiembre. Guiados por agentes policiacos infiltrados en las filas estudiantiles, un grupo de 300 estudiantes incendió un camión de granaderos e inició un zafarrancho que duró varias horas en las cuales los estudiantes organizaron emboscadas desde los edificios vecinos para atacar a los policías. Hubo decenas de heridos y, al final, los granaderos tomaron Zacatenco. Otro hecho se produjo frente a la preparatoria 9 donde los estudiantes, bajo la dirección de agentes provocadores, asaltaron e incendiaron a un vehículo de la policía con lo cual se suscitó una batalla callejera que duró horas. En ese punto aparecieron francotiradores que dispararon desde las azoteas. Hubo al menos un muerto. El día 21, en la vocacional 7, los agentes provocadores del CNH Sócrates Amado Campos Lemus, José Nazar y Sóstenes Torrecillas comenzaron a secuestrar autobuses e incendiar vehículos oficiales, dando lugar a una prolongada batalla. En un momento dado, bajo la dirección de Amado Campos y Torrecillas, los estudiantes atacaron con bombas molotov el vecino edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores causando numerosos destrozos. El acontecimiento más violento tuvo lugar en el Casco, donde un grupo de estudiantes bajo la dirección del mismo Sócrates, secuestró 20 autobuses, levantaron una barricada, incendiaron algunos de ellos y provocaron un corto circuito que hundió al Casco en la oscuridad. Cuando llegó la policía desde la azotea de las escuelas individuos desconocidos (supuestos estudiantes) dispararon contra ella. Llegó enseguida el ejército, pero la balacera continuó. Hubo al menos un estudiante muerto. Sin embargo, un incidente fortuito puso al descubierto la provocación: agentes de policía capturaron un jeep con dos jóvenes vestidos de civil y descubrieron que estos sujetos eran, en realidad, militares que transportaban armas con la intención de introducirlas al Casco donde se hallaban los estudiantes que combatían a la policía. Esta sucesión de acontecimientos violentos armados por provocadores y donde hubo balaceras oscureció la atmósfera que envolvía al movimiento estudiantil. El terreno estaba preparado para el golpe definitivo. En ese siniestro contexto, el CNH convocó a la realización de un mitin en la Plaza de Tlatelolco el día 2 de octubre. 

La plaza es una explanada al lado de la Secretaría de Relaciones Exteriores y rodeada de edificios. En el tercer piso de uno de los edificios (el Chihuahua, al oriente), los estudiantes instalaron un aparto de sonido y lo usaron como tribuna. Yo estaba en el tercer piso. El mitin comenzó a las 5 de la tarde, reunió a una multitud de cerca de 10 mil personas. El grueso eran jóvenes estudiantes, pero asistieron también familias completas, se veían niños, mujeres, ancianos A la reunión también llegaron grupos de empleados y obreros. El acto transcurrió sin problemas: uno a uno los oradores estudiantiles se turnaron el micrófono para pronunciar sus discursos que en general revelaban la inseguridad y el temor que privaba en el movimiento. Fue a las 18.30 horas cuando, desde la azotea del edificio de la SRE, agentes de la Dirección Federal de Seguridad dispararon dos luces de bengala. Fue la señal de ataque. Una exclamación se levantó desde la multitud cuando la gente observó que columnas de soldados, a paso veloz y, fusil en mano, avanzaban desde distintos puntos contra el mitin. Estalló un estruendo infernal: era el ruido de muchas armas accionadas al unísono, ráfagas de ametralladoras y disparos de pistolas, que se hacían, a un lado de nosotros, es decir, desde los departamentos del edificio Chihuahua, por arriba y los lados del lugar desde donde hablaban los estudiantes del CNH. Cuando yo me asomé descubrí que decenas de brazos asomaban por las ventanas y disparaban armas de fuego y, ojo, lo hacían evidentemente contra la multitud y contra las tropas que avanzaban de frente. Por encima del lugar comenzaron a sobrevolar dos helicópteros armados que también hicieron disparos contra los edificios. Fue una emboscada que proyecto la imagen de un escenario de guerra. Los gritos y aullidos eran indescriptibles; en unos segundos, la plaza quedó cubierta de cuerpos abatidos. La balacera continuó por media hora aproximadamente y, en medio de ella, un tanque del ejército se colocó sobre la plaza y disparó su cañón contra el edificio Chihuahua (a unos metros de donde yo me encontraba) provocando un incendio. Vino un periodo de silencio sólo roto por el aullido de las ambulancias, pero tiempo después se suscitó una nueva balacera. Un buen número de miembros del CNH –entre los que me encontraba yo-- se refugiaron en un departamento del quinto piso perteneciente a amigos del líder Félix Lucio Hernández Gamundi. A cierta hora, se desencadenó una lluvia torrencial. Serían las diez de la noche cuando soldados con un guante blanco en la mano izquierda y que se identificaban como Batallón Olimpia entraron al departamento para detenernos y conducirnos al primer piso del edificio en donde los militares improvisaron una sala de interrogatorios. En una esquina de esa habitación estaba Sócrates Amado Campos Lemus conversando, como si nada hubiera pasado, con total desvergüenza, con un militar al mismo tiempo que observaba, con el rabillo del ojo, a cada uno de los detenidos que entraban al lugar. Los estudiantes detenidos fueron tratados por los soldados como enemigos, con odio y desprecio: a los jóvenes se les despojó de sus pertenencias, se les golpeó, se les humilló y se les hizo objeto de burlas. Serían las 10 de la noche cuando a un grupo de estudiantes se nos trasladó, no ante el Ministerio Público sino al Campo Militar Número 1. Importa decir que esa noche a ningún estudiante le encontraron una sola arma de fuego y que no hubo un solo testimonio de que un estudiante haya disparado.

Fue una emboscada criminal, una masacre, llevada a cabo con el propósito de acabar con el movimiento estudiantil. Se intentó, inútilmente, ocultar los hechos simulando un enfrentamiento armado entre estudiantes y militares, pero pronto surgieron evidencias abrumadoras que revelaron que numerosos departamentos del edificio Chihuahua habían sido previamente ocupados por agentes de la dirección Federal de Seguridad y por militares pertenecientes al Batallón Olimpia y que fueron ellos los que iniciaron la balacera. que fueron trasladadas a prisiones que, anticipadamente, habían sido desocupadas para el efecto. Entre esos detenidos había unos 30 miembros del Consejo Nacional de Huelga, entre ellos me encontraba yo. 

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