Seguridad Interna, hacer lo que disgusta - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 16 de Diciembre, 2017
Seguridad Interna, hacer lo que disgusta | La Crónica de Hoy

Seguridad Interna, hacer lo que disgusta

Aurelio Ramos Méndez

Está a punto de hervor –resta sólo su promulgación-- la Ley de Seguridad Interna, que da carta de naturalización a la intervención de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública. Una labor con la cual los militares y marinos “no están a gusto” y tampoco capacitados, entre otras cosas porque “no estudiaron para perseguir delincuentes”.

Este diagnóstico sobre el estado de ánimo que priva entre los militares, así como  su confesión de incompetencia laboral en razón de sus estudios, distintos de los que se requieren para perseguir maleantes, en modo alguno es nequicia ni mera suposición o calumnia.

Menos aun se trata de una descalificación proveniente de alguna de las numerosas instituciones y organizaciones –CNDH, ONU, diversas ONG, legisladores, partidos, gobiernos estatales-- que habían pedido al Congreso rechazar esa ley.

Los entrecomillados del inicio de esta columna constituyen una valoración ni más ni menos que del funcionario que sabe lo que dice porque tiene en sus manos el pulso de la institución castrense, el general Salvador Cienfuegos.

Hace justo un año, en este espacio se dijo que el secretario de la Defensa se hallaba entonces entre la dimisión y el cese, aunque, en todo caso, cerca de la genuina gloria militar y el auténtico servicio a la patria.

¿Por qué? Por la sencilla razón de que dos días antes, el 8 de diciembre, en conferencia de prensa a propósito del décimo aniversario de la guerra contra el narcotráfico, había formulado una dura crítica a la estrategia del gobierno contra este delito.

Cienfuegos había dicho que el narco “no se resuelve a balazos”, lo cual constituía, más que una simple crítica, un ¡hasta aquí!, una declaración de absoluta incompatibilidad de criterios con el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, el Presidente Enrique Peña Nieto.

El general secretario, sin embargo, había dicho mucho, mucho más.

Había dicho –según el apretado resumen de entonces—“que los soldados no están a gusto con la tarea de combate a la criminalidad que tienen asignada; que no estudiaron para perseguir delincuentes ni fueron ellos quienes pidieron salir a la calle a una labor que desnaturaliza su misión constitucional; que la lucha ha dejado muchos muertos y que los militares son los más interesados en regresar a sus cuarteles”.

Tan enfático fue en sus señalamientos el titular de la Sedena que –se insistió— “quedó colocado en una situación de obligado divorcio, de separación irremisible de su encargo, ya sea de modo voluntario o por disposición disciplinaria de su jefe inmediato y único.

“Puesto de otro modo: Si el camión en que va montado el alto militar no lleva el rumbo que él precisa, lo procedente es apearse cuanto antes. Y si el jefe del divisionario tiene en sus filas un elemento tan patentemente disconforme con su tarea, lo más recomendable para el éxito de la misión es separarlo de su puesto”.

Nada de eso ocurrió, aunque la eventualidad de tal desenlace fue asimismo prevista.

“Cabe también la posibilidad de que las cosas sigan como si nada, aunque en ese caso el desdoro sería doble. Porque ante una honrada pero profunda divergencia de apreciaciones en torno de un asunto capital, uno y otro elementos en confrontación están obligados a demostrar que también para ellos La Patria es Primero”, se dijo entonces.

Hoy que la Ley de Seguridad Interior, aprobada contra viento y marea, ha formalizado la intervención de las fuerzas armadas en tareas de seguridad y orden público, en especial el combate a la delincuencia organizada, cabe hacer varias preguntas.

¿Le han tomado gusto las fuerzas armadas a la función policiaca que desempeñan? ¿Ya están capacitadas para perseguir delincuentes? ¿Quién y cómo obró el milagro de la capacitación institucional en tan sólo un año? ¿Cuánto importó esta preparación? ¿Cuáles materias fueron incorporadas al pensum del Colegio Militar?

Y, además, ¿a qué se atribuye y quiénes son los directos responsables de que en dos sexenios estamos en las mismas en cuanto a formación de cuerpos policiacos? ¿No estamos ante el plan con maña de no avanzar en la formación de corporaciones civiles para hacer indispensable la sustitución de éstas por  militares?

Cobran validez estos interrogantes ante la nula posibilidad de que la polémica ley sea vetada, a despecho de la denegada petición del Jefe del Estado de abrir un periodo de diálogo y consulta a fondo sobre el tema. Ni que pueda ser vetada siquiera como engañifa de independencia Legislativo-Ejecutivo.

Y cobran también validez ahora que Miguel Osorio Chong, Luis Videgaray y Alberto Elías Beltrán ya comprometieron ante Rex Tillerson, Kirstjen Nielsen y Jef Sessions la continuación –de ser factible transexenal-- de la guerra contra el narcotráfico.

Tal compromiso se concretó este jueves en Washington, en la Segunda Ronda de Diálogo Estratégico sobre lucha contra el crimen organizado, en el Departamento de Estado, cuando entre ya imposibles variaciones retóricas sobre el mismo tema, esgrimidas durante lustros, las partes refrendaron su determinación de seguir por el mismo sendero.

¿Cuál camino? El camino culebrero que nos tiene donde estamos. El de superar la dinámica de mutua asignación de culpas y trabajar de manera conjunta, porque el narco es un problema transnacional común que no reconoce fronteras ni jurisdicciones, y cuyo modelo de negocio requiere estrategias económicas, financieras y logísticas más eficaces.

Un fenómeno que debe ser combatido desde la proveeduría y la producción en el campo, hasta las redes financieras y de distribución. Y porque sólo atacando todos los eslabones de la cadena de negocios se logrará éxito en derrotarlo. Bla, bla, bla.

Grandilocuencia aparte, en el aquelarre de Washington se acordó que nuestro gobierno –y con un poco de suerte el que le suceda-- seguirá haciendo todo lo que ha hecho por lo menos desde el 11 de diciembre de 2006, cuando Felipe Calderón, desgarbado en su traje de campaña, declaró la guerra al narco, desplegó decenas de millares de soldados y marinos, e inició el largo camino que nos tiene donde estamos.

Una guerra que seguiremos librando con unas fuerzas armadas que no estudiaron para detener delincuentes, pero ahora tendrán que hacerlo quien sabe si a su pesar.

 

aureramos@cronica.com.mx

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