La casa de Casa Taller de Alfredo Zalce - David Gutiérrez Fuentes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Miércoles 20 de Diciembre, 2017
La casa de  Casa Taller de Alfredo Zalce | La Crónica de Hoy

La casa de Casa Taller de Alfredo Zalce

David Gutiérrez Fuentes

Me gustan las casualidades cuando van de la mano con buenas noticias, cuando tienen poder de conjurar encuentros en las calles, en los parques, en los aeropuertos o en los puentes como le gustaban a Cortázar, pero no cuando son el resultado de la descomposición, en este caso de nuestras instituciones.

La semana pasada, después de enviar mi artículo en el que lamento con tristeza el fin de El Búho, me llegó un artículo de mi querida amiga Beatriz Zalce: “El caso de la Casa Taller Alfredo Zalce” en el que explica con razonable indignación, el nulo interés que tiene el Estado por la preservación de la cultura y la memoria de sus artistas plásticos y escritores. La Casa Taller se remodeló para albergar oficinas burocráticas y Beatriz Zalce, después de hacer un recuento pormenorizado de todas las vicisitudes por las que atravesó el espacio tras la muerte de su padre, lo confirma: “Como hija de Alfredo Zalce, como integrante de la comunidad cultural, como mexicana expreso mi más profunda indignación, mi más visceral encabronamiento ante lo que es un atropello a la razón pero que retrata muy bien el lugar que tiene la cultura y el arte en México. Se convierte la casa de un artista no en un museo de sitio, no en un recinto cultural sino primero en unas bodegas y después en oficinas para burócratas gubernamentales.”

Discípulo de Diego Rivera con quien trabajó en el mural del Palacio de Cortés, fundador de la Escuela de Escultura de Taxco, colega de Jean Charlot, fundador de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), integrante de las misiones culturales vasconcelistas y autor de numerosísimas exposiciones individuales y colectivas, Alfredo Zalce decide retirarse en ese entonces a Uruapan y unos meses después a la periferia de Morelia para trabajar de tiempo completo en su obra en la Casa Taller. Este rebelde cambio que se gestaba en él lo anticipa en su grabado: “México se convierte en una gran ciudad”, que resulta de una impresionante actualidad social a pesar de tener casi setenta años de antigüedad. Un recomendable análisis de la vigencia del cuadro puede leerse en la revista Arquine en las “notas a partir de un grabado”, escritas por Pablo Martínez Zárate.

En una carta escrita a su padre y publicada hace cuatro años en la revista ranAzul, Beatriz Zalce describe amorosamente ese cambio y nos da unas pistas de los motivos que movieron al artista plástico a abandonar la ciudad:

“No fue de buenas a primeras, no fue la crisis de los cuarenta, que recién habías cumplido, lo que te llevó a romper con todo para irte a vivir a Michoacán. Querías dedicarte únicamente a lo tuyo: pintar, grabar, esculpir, hacer murales, compartir tus conocimientos. Por eso te instalaste en la entonces tranquila y apacible Morelia.

“Desde que recuerdo siempre te vi como un dios creador, trabaje y trabaje. Incluso los domingos. Cuando alguien te preguntaba cómo estabas, tu respuesta era: ‘Como siempre: trabajando. Bueno, no, porque el trabajo es algo tan feo que hasta pagan por hacerlo. Me dedico a lo que me gusta’. Seguro por eso fuiste tan longevo, más allá de tus hábitos: caminar mucho, comer frugalmente, dormir lo necesario, ni más, ni menos y disfrutar la vida y la vida son las amistades y los amores. No era miel sobre hojuelas, pero pintor al fin, sabías mirar el lado bueno de las cosas y al mal tiempo ponerle buena cara, nunca la otra mejilla.”

Alfredo Zalce murió después de los noventa y cinco años en su Casa Taller y Beatriz Zalce lo recuerda así:

“Recuerdo como si todo hubiera ocurrido hoy mismo. Estabas recostado y ni siquiera tus 95 años, cumplidos una semana antes, te parecían razón suficiente para estar en cama, como tampoco lo era el absoluto dolor en que vivías después de la muerte de tus dos hijos mayores.

“Han pasado diez años desde esa mañana de enero en la que nos despedimos porque te mudabas a la eternidad. Fue en tu cuarto; esa habitación casi monacal en uno de los extremos de la casona que construiste en función de la luz y de tus prioridades: grandísimo el estudio para albergar tórculos y mesas de trabajo para ti y tus alumnos y, por supuesto, para tus caballetes, tus cuadros y los moldes de las esculturas. Digamos que era apenas suficiente para tu torrente creativo. Quisiste amplios espacios para reunirnos alrededor de la mesa de la cocina y para charlar frente a la chimenea. Pero optaste por recámaras pequeñas donde sólo hubiera lo necesario: una cama, una silla, una mesa y libros y más libros.”

Es necesario que la vocación con la que se construyó la Casa Taller se mantenga. Ya basta que los recursos del Estado sean dilapidados en gastos suntuarios o incluso desviados a campañas políticas.


dgfuentes@gmail.com

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