El rap de la libertad (segunda parte) - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 22 de Diciembre, 2017
El rap de la libertad (segunda parte) | La Crónica de Hoy

El rap de la libertad (segunda parte)

Edgardo Bermejo Mora

Crecer

Sonita conoció la adolescencia como refugiada en Irán, o mejor dicho, algo parecido a la adolescencia, porque tampoco en su nueva vida de migrante logró inscribirse en una escuela pública, o hacer  cualquier otra de las cosas que forman y conforman una adolescencia. Sin papeles, sin estudios previos, por supuesto sin dinero,  no había manera de tener una vida normal.

Pero había cosas que sí podía descubrir: la música por ejemplo, y ya en la radio local o en el televisor maltrecho que tenían en la casa donde se hacinaba la familia, descubrió el ritmo atronador y la lírica florida de Yas, el más famoso rapero de Irán, ídolo de todas las chicas de su edad.

Y conoció a otras figuras extranjeras: a Eminem, a Michael Jackson, a la cantante Rihanna; descubrió, a través de fotos y videos, los conciertos masivos, los artículos de lujo en Occidente, la otra vida que se vivía fuera de su refugio iraní. Sonita viajó con la imaginación; reinventó su propio mundo y sus gustos y sus aficiones y sus vocaciones con la imaginación.

Ocurrió que al tercer año de exilio el padre enfermó y no tuvo más remedio que regresar con sus tres hijos mayores y con su esposa a Herat. Sonita y su hermana se quedaron solas en Teherán.

El padre al poco tiempo murió, pero no pudieron acudir a sus funerales: la hermana había logrado emplearse como trabajadora doméstica y se hacía cargo de la menor de la familia, que por entonces —con 13 años de edad— obtenía algunos centavos lavando los baños en un centro para refugiados afganos en el centro de la ciudad.

Fue ahí, en aquel lugar, donde se forjó su futuro. Ahí aprendió a leer y escribir como alumna de la escuela para niñas refugiadas; ahí conoció la vida de muchas otras niñas afganas cuyas historias se parecían a la suya. Ella no lo sabía entonces, pero aun ahora cada año se consuman más de 15 millones de matrimonios infantiles en todo el mundo.

Una vez que pudo leer, también descubrió la poesía en persa, especialmente la de Nadia Anjuman, una escritora oriunda de Herat como ella, y que tuvo un trágico final cuando en 2005 fue asesinada a golpes  a manos de su esposo y de su familia política, por haber osado publicar su obra cuando era algo expresamente prohibido por el Talibán. Nadia tenía apenas 25 años y un hijo de seis  meses cuando la mataron.

En secreto, en la soledad de su habitación, o  en sus pocos ratos libres durante el día, Sonita comenzó a escribir. Y lo que le salió no fue poesía a secas, sino poesía cantada, es decir, rap, ese encuentro juvenil entra la palabra, los sentimientos y el ritmo.

Sonita descubrió a sus 14 años que quería ser rapera, y quería ser famosa como Riahna, y quería hablar  sobre las cosas que le importaban y le preocupaban. Entonces empezó a compartir sus primeras composiciones con las compañeras del centro de refugiados. No tenía formación musical, no tenía formación literaria, pero tenía algo mejor, tenía —otra vez— imaginación.

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Pero no sólo se requiere imaginación para escribir rap siendo una refugiada afgana de 14 años en Teherán, se requiere también mucha valentía, porque está prohibido que las mujeres canten profesionalmente en Irán; y se requiere tesón, para buscar que alguien se atreva a grabar tus composiciones sin temor al castigo. Y fue así como, buscando quien le prestara un estudio para grabar sus raps, la historia llegó a oídos de una documentalista iraní.

Roksareh Ghaemmagahmi ya era reconocida internacionalmente como directora de documentales cuando oyó hablar por primera vez de Sonita. Nacida en Irán, y egresada de la Carrera de Cine en la Universidad de las Artes de Teherán, había obtenido premios en festivales europeos por un documental anterior sobre la vida de una pintora analfabeta en Irán, casada a los 11 años de edad.

Al principio la historia de Sonita le interesó para hablar sobre el tema de la venta de niñas para matrimonio en Afganistán, y fue así como empezó a documentar el caso y a grabar las primeras entrevistas con Sonita. Su documental estaba por dar un giro impresionante, y ella ni siquiera lo sospechaba.

Ocurrió por un lado que coincidieron los primeros encuentros para la filmación del documental con una gran  noticia  para lo joven Sonita: había resultado ganadora de un concurso de video y composición organizado por las autoridades electorales de Afganistán, por el cual se premiaría al mejor trabajo que sirviera como invitación musical para que los ciudadanos acudieran a las urnas, en uno de los primeros ejercicios democráticos de un país asolado por décadas de violencia y autoritarismos de diverso signo.

Tan pronto recibió el premio, poco más de mil dólares, Sonita le mandó el dinero a su madre en Herat. Pero ocurrió también que por esos días, aprovechando el dinero que le había enviado su hija, la madre de Sonita tomó un autobús a Teherán para informarle que pronto debía de regresar a su ciudad: ya estaba pactado su matrimonio con un hombre mucho mayor que ella. 

Uno de sus hermanos, desesperado por casarse, necesitaba 7 mil dólares para obtener a su futura novia, y la madre pensó que podría obtener 9 mil dólares por el matrimonio de Sonita. “Hay un hombre, y te está esperando” le dijo su madre a los pocos días de su estadía en Teherán.

No había desamor ni crueldad en su dicho, era simplemente la tradición y la costumbre quienes dictaban la sentencia, ella misma había sido vendida a la familia del padre de Sonita, y la abuela también, y la bisabuela… en una cadena tan larga como ciega.

Tan pronto se enteró de esta situación, Roksareh intentó persuadir a la madre. Habló con ella, como también lo hicieron las directoras del refugio. Pero no había poder humano que la hiciera cambiar de parecer: necesitaban el dinero en la familia, su hijo lo necesitaba, así de simple, y entonces la directora del documental reunió el equivalente a dos mil dólares para que la mujer no regresara a Herat con las manos vacías y para comprar tiempo en busca de otra solución.

 


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