Precandidatos, expediente clínico - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 22 de Diciembre, 2017
Precandidatos, expediente clínico | La Crónica de Hoy

Precandidatos, expediente clínico

Aurelio Ramos Méndez

¿Quién de los ahora precandidatos a la Presidencia podría ser nuestro loco; es decir, el émulo por estos lares del ecuatoriano Abdalá El Loco Bucaram, aquel mandatario que en febrero de 1997 fue separado del mando por “incapacidad mental para gobernar”, antes aun de cumplir seis meses en el cargo?

O, ¿quién de ellos podría seguir el camino de Pedro Pablo Kuczynski, el peruano que este jueves estuvo a un tris de ser depuesto, declarado con incapacidad no mental sino moral para conducir los destinos de su nación?

O, peor aún, ¿quién de entre José Antonio Meade, Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya podría ser expulsado del gobierno no por incapacidad mental ni moral, sino por incapacidad a secas para gobernar, tal como en 2003 el Estado Mayor del Pueblo de Bolivia —liderado por Evo Morales— intentó hacer con Gonzalo Sánchez de Lozada?

No es ocioso, impertinente ni asunto menor el planteamiento de tales escenarios. Tiene justificación en las propuestas de Meade, Anaya, López Obrador y otros políticos razonablemente interesados en la salud física y mental de quien podrían llegar a ser inquilino de Los Pinos durante el período 2018-2024.

Es honda la inquietud en torno a este tema. Las recomendaciones han ido desde la práctica de exámenes antidrogas para prever eventuales estados de conciencia alterados y pruebas de polígrafo para detectar propensiones a la mentira, hasta la realización de pruebas de resistencia física, sesiones en el diván, exámenes de la vista para prevenir que el bueno sea capaz de ver la corrupción que todos vemos, todos los días y en todos lados, y exámenes hasta de conciencia para hurgar el pasado personal y partidista de cada uno de los prospectos.

Desde el punto de vista de los ciudadanos, es obvio, todos esos exámenes deberían ser realizados cuanto antes. Se requiere, en efecto, no sólo conocer el estado de los órganos vitales sino también los más oscuros recovecos mentales de quienes aspiran a gobernarnos.

Con información detallada acerca de todas esas aristas de la personalidad de nuestros potenciales ejecutivos, los electores sabrían a qué tirarle y los mexicanos en general podríamos ahorrarnos muchas decepciones.

Reparemos, a modo de ejemplo, en la necesidad de determinar qué pueden hacer los ciudadanos con gobernantes que literalmente se vuelven locos —no únicamente los aquejados del síndrome del ladrillo— en el ejercicio de su encargo, o con quienes aun antes, desde sus campañas, presentan imperceptibles problemas de salud mental.

¿Cómo prevenir que a los más altos puestos del gobierno nacional puedan acceder personajes que sufren daños físicos causantes de gran dolor, y que, al interactuar esta condición con la mente, obrarían como inductores de decisiones equivocadas en perjuicio de todos?

Vale preguntarnos si, digamos, en circunstancias de orden militar —aplicar en una situación de conflicto poselectoral, pongamos por hipótesis, la ya promulgada Ley de Seguridad Nacional— procedería con la misma serenidad de ánimo un mandatario que goce de cabal salud, comparado con uno doblado por un agudo, insoportable dolor de riñones o de próstata.

Para no hablar del amplio cuadro de enfermedades psicosomáticas ni de francos desequilibrios psíquicos que inciden en el razonamiento, las percepciones y sensaciones de las personas, y causan alteraciones de la personalidad, alucinaciones, paranoia y pérdida del contacto con la realidad.

Es obvio que algunos de estos males, ya sean leves o severos, patentes u ocultos, pueden presentarse en cualquier momento. En tal riesgo han reparado los propios candidatos y varios dirigentes políticos.

Tal prevención quizá está enraizada en recuerdos de medidas adoptadas por Vicente Fox tras su caída de un caballo o por Felipe Calderón después de un ranazo en bicicleta. Para no hablar de presunciones en el abuso de substancias como Prozac o de tendencia a empinar el codo.

Las dudas en torno al estado mental y físico de quienes, casi con toda seguridad, contenderán por la Presidencia, fueron puestas de relieve por Miguel Ángel Mancera. El 21 de noviembre propuso que los candidatos del entonces Frente Ciudadano por México fuesen sometidos al método del control de confianza, consistente en la presentación de declaración patrimonial, prueba del polígrafo y exámenes de salud.

La inquietud fue recogida por Meade, quien retó a sus contrincantes a realizarse exámenes toxicológicos para constatar el buen estado físico y mental, tal vez pensando, honradamente, no sólo en su propia circunstancia sino también en las de sus adversarios.

¿Qué riesgos entrañaría para la vida del país sentar en la silla a un político achacoso de hipertensión e irascible, con antecedente de infarto al miocardio y, por añadidura, permanentemente dopado por un coctel multicolor de cápsulas, grageas, píldoras, chochos y tabletas?

¿Sería un acierto cívico atornillar en la silla a un paciente de leucodermia, si a decir de las ciencias de la salud este padecimiento de nula letalidad causa, sin embargo, problemas psicológicos tales como vergüenza, depresión, falta de autoestima y timidez?

Cualquiera que sea la respuesta a estos interrogantes, Anaya le dio a la discusión un interesante giro hacia el campo de la espiritualidad. Recomendó a Meade la realización no de pruebas antidoping, sino de “un examen de conciencia” para —dijo—percatarse del daño enorme que el PRI le ha causado al país.

Es cierto. Se antoja de sentido común que una mente con plena y cabal salud induce a reparar en otros intangibles, con autocrítica, sin restricciones ni conveniencias.

Categoría en la cual, paradójicamente, no califican los duros aunque atinados y merecidos señalamientos del Joven Maravilla al desempeño presidencial de sus copartidarios Fox y Calderón, a quienes ha reprochado que dejaron viva la tepocata de la corrupción priista. Críticas justas, sí, pero inimaginables si no mediara entre ellos una serpentígera inquina.

Del toldo azul surgió otra propuesta susceptible también de ser atendida no sólo por aspirantes a la grande, sino por toda la clase política.

El nuevo líder panista, Damián Zepeda Vidales, le pidió a Meade “hacerse un examen de la vista” para ver la estela de corrupción del tricolor en el país, a lo largo de casi nueve décadas. Ingeniosa recomendación que, sin embargo, debería empezar por casa, donde pululan políticos —vale en refrán— cara de beato y uñas de gato.

Bienvenidos, en todo caso, los exámenes que sean necesarios para prevenir una eventual, obligada resignación ciudadana ante conductas patológicas desde el poder, por cuenta de políticos que, en lugar de candidatos al más alto puesto de mando del país, deberían serlo a un puntapié en el tafanario.


aureramos@cronica.com.mx

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