Nochebuena - Manuel Gómez Granados | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 23 de Diciembre, 2017

Hoy, en América Latina y algunas partes de Europa, se celebra la Nochebuena, la víspera de la Navidad, la fiesta que celebra que Dios se hizo uno de nosotros para mostrarnos la ruta de viaje en esta vida.  Es una festividad que nos marca ya desde niños y que debería reforzar algunas de las convicciones más profundas de nuestra identidad y creencias.
Sin embargo, sería importante recordar que más que el sentimentalismo de los regalos, las luces y los excesos en que se suele incurrir en estos días, lo importante de la Navidad es si somos o no capaces de hacernos prójimos y darle nosotros, cada uno, posada a la familia de Jesús de Nazaret, de modo que él nazca en nuestros corazones.
Es interesante observar que entre las actividades que el papa Francisco programó para esta penúltima semana del año fue un encuentro virtual con un grupo de jóvenes japoneses de la Universidad Sophia, de la capital nipona. Aunque no habló con ellos directamente de lo que la Navidad implica, hay en su mensaje a los jóvenes una serie de claves que conviene tener muy en cuenta en estas fechas en que celebramos tanto el nacimiento de Jesús, como el Año Nuevo.
Una de las estudiantes le preguntó a Su Santidad qué imagen tiene de sí mismo. El Papa, lejos de regodearse en dar una respuesta que lo presentara a sí mismo como un ejemplo a seguir, advirtió —por una parte— el riesgo de apostarle a “verse en el espejo” pues, dijo, “el espejo engaña siempre”, entre otras razones, porque favorece una “actitud casi totalmente narcisista y de autoreferencialidad”. No es la primera vez que el santo padre advierte acerca de los riesgos implícitos para los cristianos en perdernos en la autoreferencialidad del espejo. En septiembre de 2017, en el marco de otro encuentro con jóvenes, Bergoglio llamó a los jóvenes a evitar la “enfermedad del espejo” que lleva a “contemplarse a uno mismo e ignorar a los demás”, y llamó a romper esa dinámica: “¡Rompan el espejo! ¡No se miren en el espejo, porque el espejo engaña!”.
Casi un año antes, en julio de 2016, Bergoglio aprovechó la homilía de la misa diaria que celebra en la capilla de Santa Marta para hacer un llamado a “vencer la tentación de la espiritualidad del espejo, por la que se preocupan más de iluminarse a sí mismos que llevar a los demás la luz de la fe”.
En esta lógica, la Navidad tendría que ser más una oportunidad para salir al encuentro de otros, al tiempo que hacemos espacio en nuestros corazones para recibir a Jesús, que una oportunidad para preocuparnos por lo que se cene o se beba en esta noche en nuestros hogares. Pensemos por un momento en ello y podremos ver cómo mucha de la energía que los hogares de personas católicas destinan a las decoraciones, a la comida y la bebida que se consumen, puede desconocer el propósito más profundo de la Navidad. Más que la apertura al mensaje de conversión, reconciliación y solidaridad, que trae consigo el Niño Dios, nos preocupamos por cumplir con tradiciones vacías, que sólo reafirman, como el narcisista que se ve en el espejo, la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Al elaborar su respuesta a la estudiante japonesa, Bergoglio agregó: “Yo trato de no mirarme en el espejo. Yo trato de mirarme dentro. Mirar aquello que he sentido durante el día y en ese momento juzgarme a mí mismo”. Quizás en esta Nochebuena podríamos hacer eso, para reencontrar el sentido de esta fiesta, la más bella de todas.
Feliz Navidad.


manuelggranados@gmail.com

Imprimir

Comentarios