El rap de la libertad

Edgardo Bermejo Mora

(Tercera y última parte)

Rapear

Esa tarde, en el departamento de la propia Roksareh, con una cámara profesional y un set muy básico de iluminación por todo equipo, Sonita se preparaba para la grabación. Ella misma eligió su vestuario y maquillaje: un pálido y desgarrado vestido de novia con velo, un ramo de rosas,  y un chador negro, negrísimo en el contexto de lo que estaba a punto de hacer, éste último –diríase en México–  algo muy parecido a la imagen lúgubre  de La Llorona. Y el maquillaje: un código de barras pintado sobre la frente, como si ella misma fuera un producto en venta, y otro tanto para simular golpes en la cara y lágrimas de sangre.

Y así, sin ensayar, sin desmayar, comenzó la grabación. Y así, sin imaginárselo siquiera, frente a la cámara, comenzó la joven de Herat el arduo camino para su liberación.

Sonita rapea. Hay que escuchar aquí –más que leer– su voz áspera, desesperada, entonando estrofas rimadas en persa con el beat trepidante y electrónico propio del género. Sonita no actúa, se desvive ante la cámara. No improvisa, tiene muy estudiada la letra, como si la hubiera escrito con la sangre, no como, estaba escrita con su sangre, con el alma misma. Sus versos ritman y riman con precisión en el idioma del gran Omar Khayyam, pero traducidos al español se entenderían así, descontando las rimas:

 

Susurro mi historia bajito para que nadie oiga

que estoy hablando de la venta de niñas.

Dicen que si alzamos la voz contravenimos la ley.

En esta ciudad, las mujeres deben callar,

pero yo hablo a gritos de un silencio de por vida.

Grito desde un cuerpo traumatizado en rebeldía,

grito desde un cuerpo exhausto en su jaula,

roto por el precio que le ponen al llegar a la juventud.

Aún soy una niña de solo 15 años,

pero tengo a hombres adultos como pretendientes.

Estoy confundida por la tradición de mi pueblo.

Venden a chicas por dinero.

La mujer no tiene elección.

Seré la esposa del mejor postor.

Como otras chicas, estoy enjaulada.

Como un cordero criado para alimentar a otros.

Grito para compensar una vida de silencio.

Grito en nombre de las heridas profundas de mi cuerpo.

Grito por este cuerpo cansado de estar en su jaula.

Un cuerpo quebrado por el precio que le han puesto.

 

Pocos días después subieron el video a Youtube y en poco tiempo había logrado más de ocho mil visitas. Un video arrojado como al mar el mensaje en la botella, y que cruzó los procelosos océanos de la red, llegó a su destino, y muy pronto se volvió viral. A la fecha casi un millón de personas en el mundo lo han visto, un rap que más que rap se volvió un himno, una proclama, el grito libertario de una adolescente en la brega por su libertad.

Migrar

El día que en la fundación filatrópica estadounidense Strongheart Group se enteraron de la existencia de Sonita y de la circulación másiva de su video, de inmediato comprendieron que era un caso urgente para brindar su ayuda.

Le enviaron entonces una carta de invitación a Teherán. Conocían de su historia, y estaban dispuestos a recibirla en Estados Unidos, ayudarle en los trámites de residencia, y costearle la vida y la educación en un bachillerato de Utah. La vida de Sonita empezaba a cambiar.

Pero salir de Irán, regresar a Afganistán por tierra, tramitar un pasaporte y obtener el derecho de salida se veía cuesta arriba. Sonita comenzaba a ser una ciudadana global a esas alturas, pero al mismo tiempo era una persona sin identidad alguna, y no contaba con el permiso de su gobierno ni mucho menos de su familia para cambiar su vida de golpe y migrar a los Estados Unidos.

El viaje que emprendieron Sonita y Roksareh desde Irán hasta los Estados Unidos tomó más de cuatro meses y es por sí mismo una película de suspenso. Debieron, con engaños, obtener los papeles indispensables de la familia; debieron a su vez recurrir a múltiples contactos dentro y fuera del gobierno afgano y de pedir ayuda diplomática a varias embajadas.

El día que finalmente obtuvo su pasaporte en Kabul, y poco después el sello con el visado de los Estados Unidos, Sonita tenía la mirada y la sonrisa de quien acaba de renacer.

En el frío  invierno de 2014 Sonita espera en un hotel de Kabul. Nunca antes había dormido en un sitio así, con cama, alfombra, televisor, tanta comodidad le abruma, le parece de otro mundo. Mira a través de la ventana en las largas jornadas de la espera. No mira a la ciudad, mira al horizonte de su vida, al futuro que le aguarda.  

Sonita, a sus 18 años de edad, con una vida detrás, con todo el peso de su historia en la maleta, llegó finalmente a los Estados Unidos en enero de 2015 y enseguida fue recibida como alumna del Wasatch Academy en Utah. Semanas después le marcó a su madre para contarle la verdad. La madre parecía no entenderlo, solo alcanzó a decirle que no dejara de vestir su chador.

Poco después Roksareh presentó su documental en varios festivales internacionales y obtuvo el premio principal en Sundance, uno de los más importantes del mundo. Al mismo tiempo Sonita mejoraba a pasos agigantados su inglés, y combinaba el tiempo de estudiante con la participación en diversos foros donde ha contado su historia y ha abogado por el fin de los matrimonios infantiles y la venta de menores.

La libertad es hija de la palabra, la poesía y la música son formas radicales del alma en rebeldía. Sonita hizo de su rebeldía un himno, Sonita rapea y al hacerlo nos libera.

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