Educación para la construcción de paz - Ulises Lara López | La Crónica de Hoy
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Educación para la construcción de paz

Ulises Lara López

Hace algunos días estuve en la presentación de una experiencia de trabajo de tres años en una comunidad colombiana de pescadores; en ella, se afirmaba que el aula de clases es un escenario para la construcción de paz. En las conclusiones del texto El salón de la Seño Arelis como escenario para la construcción de paz, Zaragoza señala que una de las labores más importantes del Estado es la implementación de una Política Estatal de Educación Emocional para lograr una verdadera Educación para la Paz. Retomo el tema porque el próximo viernes, en el Senado de la República, bajo la coordinación de la Comisión de Defensa Nacional, se realizará el foro sobre Amnistía, donde la Paz juega un papel protagónico.
Hablar de Paz resulta limitado sin la visión de lo que la educación puede aportar a ella como un proceso estable y duradero. En países donde los conflictos han sido prolongados, las heridas de la violencia estructural tardan en sanar, por lo que los ámbitos del Estado deben articularse y generar acciones conjuntas. El caso de la educación formal es relevante, pues en la formación básica el ser humano está más dispuesto al aprendizaje.
En México, la educación como sistema ha vivenciado transformaciones de forma y no de fondo. Muchas adecuaciones se han implementado en el Sistema de Educación, sin embargo, el verdadero problema del proceso no se ha logrado atender. La cobertura tal vez es mayor que hace algunos años; no así calidad, y mucho menos la convivencia dentro de las aulas. En las escuelas se siguen replicando modelos competitivos de memorización y castigo. Lograr que los espacios educativos sean lugares protectores de la infancia parece imposible cuando la violencia escala en diversas vías, desde la estructural y cultural, hasta la más mínima expresión de ella: entre estudiantes, docentes, familias, directivos…
La sana convivencia escolar como construcción cotidiana es una tarea compleja, necesaria y posible; juega un papel determinante en la construcción de comunidad y ciudadanía, puesto que el aula y la escuela son los primeros espacios públicos de formación y participación. El problema radica no en el conflicto, sino en su resolución mediante el uso de la violencia y la coerción. Las complicaciones que enfrentan experiencias como la expuesta al principio del texto, se conectan con la imposibilidad de generar transformaciones de fondo en el Sistema Educativo, pues la poca participación de los actores de incidencia no lo permite.
La configuración de la política educativa en torno a los elementos pedagógicos, metodológicos, didácticos y estructurales propicios para la orientación de procesos de enseñanza-aprendizaje en la escuela deberían dar prioridad a la Educación Emocional y la Educación para la Paz; la primera, como parte medular de la segunda, pues tiene como pilares que una persona se conozcan a sí misma y pueda gestionar sus emociones.
Con el adecuado conocimiento y manejo de las emociones se llega a comprender a las demás personas, aprendiendo a vivir en armonía, respeto, consideración, empatía, confianza… Las escuelas pueden ser espacios de construcción de conocimiento colectivo, y así aportar al desarrollo de las comunidades y los territorios.
La importancia que tiene la educación y la forma en que las políticas educativas inciden en la escuela (pública y privada) deben observarse desde varios enfoques, ya que los planes y programas jerarquizan el conocimiento y son poco eficaces al seguir utilizando métodos de memorización que no generan aprendizajes significativos. La Educación Emocional debe ser transversal en todos los ámbitos escolares y asignaturas. Y la recomendación es: No separar los modelos de Educación para la Paz y Educación Emocional, e irradiar todos los planes, programas, currículos, materias, estrategias pedagógicas y didácticas.
En el diseño de políticas educativas es necesario preguntar a la infancia cuál es la educación que desean y necesitan, alejándose así de la toma de decisiones desde el adultocentrismo que ha generado un sinfin de tragedias humanas. La violencia no es inherente a la biología de la especie humana; el contexto es un factor importante, por lo que el responsable directo de que los contextos de pobreza y marginación se perpetúen es el Estado; sin embargo, la tarea de la docencia en cuanto formación del ser humano es la de un actor político que dirigirá a generaciones completas en la adquisición de competencias ciudadanas.
Chomsky señala en La (des)educación que el modelo colonial de enseñanza sigue diseñando docentes con una dimensión intelectual devaluada a través de procedimientos y técnicas que han impedido el pensamiento crítico y han contribuido a la domesticación de ciudadanos. Por tanto, la tarea pedagógica debe convertir a los docentes en intelectuales e investigadores auténticos que, rechazado el adiestramiento, lograrán trasmitir a sus estudiantes el reto de asumir la construcción de un mundo menos deshumanizado, con la fuerza y la crítica necesarias para denunciar las injusticias sociales y la miseria humana.
Romper el ciclo de violencia al interior del aula y la escuela se hace necesario con el aprendizaje colaborativo, y dejando la idea de que el maestro (adulto) tiene la razón absoluta. Dentro de las aulas, normalmente se vive un ejercicio de poder del maestro hacia niños y niñas, donde el castigo, la calificación numérica, la competencia y la coerción se vuelven prácticas naturales. Se deben encontrar mecanismos de disciplina positivos para poder afrontar y prevenir la violencia en todas las direcciones. Algunas estrategias exigen un nivel mayor de compromiso, pues se requiere de la participación de toda la comunidad educativa para poner en práctica mecanismos de seguridad escolar, como un deber deontológico e intentando todas las formas posibles.

 

 

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