Cien días, prueba superada - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
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Cien días, prueba superada | La Crónica de Hoy

Cien días, prueba superada

Aurelio Ramos Méndez

El haber roto con casi cuatro décadas de gobiernos divorciados de la población e instaurado un genuino nuevo estilo de ejercer el poder,  más austero, menos opaco y con cercanía ­real, no sólo declarativa, a la gente, constituye el principal logro en los 252 días de gobierno —primero de facto, luego constitucional— de Andrés Manuel López Obrador.

La administración que este domingo cumple de manera formal cien días, en realidad arrancó apenas cerradas las casillas, el primero de julio, cuando Enrique Peña Nieto se hizo enteramente prescindible.

Mediciones levantadas no por incondicionales del gobierno sino por sus malquerientes, indican que en este lapso el grueso de los mexicanos ha visto hojecer el árbol de la esperanza y constatado que el cambio sí es posible.

La arbitraria luna de miel de los cien días ha estado cargada de actos concretos de gobierno, la mayoría bien acogidos por los ciudadanos, algunos polémicos y pocos rechazados.

Es patente el inicio del cumplimiento de promesas de campaña, lo cual desmiente el estereotipo del populismo pejista como algo nefasto, asociado con la demagogia, el mesianismo, la violencia, el totalitarismo y la mentira, no como positiva incorporación de la gente al poder público.

Botones de muestra de un extenso prontuario de actos concretos, ya consumados, pueden ser la austeridad en el gobierno, el cuidado de los recursos público, la reorientación del presupuesto, el ajuste fiscal en la frontera…

O, el alza al salario mínimo, si se repara en los tiempos en que Agustín Carstens, el economista estrella del sistema, se travesaba con toda su humanidad en el camino de millones de mexicanos anhelantes de mejoría del mínimo para vivir.

A la luz de esta realidad es evidente que los más recientes responsables de la conducción del Estado, a despecho de sus vistosos cartones obtenidos en las universidades más prestigiosas del mundo, no entendieron nunca lo que es gobernar.

Esos mandatarios adelgazaron el Estado hasta la anorexia,  engordaron la alta burocracia, asfixiaron la economía popular y generalizaron el saqueo de las arcas públicas.

También ha estado cargado este periodo de gracia, sin embargo, de denuncias sin consecuencias. De advertencias, amagos, amnistías e impunidades, concernientes a descomunales actos de corrupción, frente a los cuales los mexicanos no desean perdón ni olvido, sino castigos con justicia. Y de eso, todavía nada.

Si bien el saldo es con creces satisfactorio, resaltan ámbitos donde, al contrario del optimismo oficial, se observan nubes de tormenta. El principal, la seguridad pública. Fenómeno ante el cual la 4T nada nuevo ha ofrecido, aparte de copiosa retórica.

El discurso de atacar las causas de la criminalidad con empleo, educación y becas para los jóvenes, y aun con llamados a éstos, a los campesinos y comunidades enteras para desdeñar el dinero fácil de los delincuentes, linda en la ingenuidad y denota desinformación.

De poco o nada servirá la celebrada unanimidad legislativa que le dio luz verde a la Guardia Nacional para reducir la pavorosa violencia persistente en lo que va del gobierno, si un cambio de verdad radical no llega pronto a la ­estrategia de seguridad.

Se necesita una voltereta completa en la guerra contra el narcotráfico, traducida en legalización de las drogas, pues este fenómeno —se ha dicho hasta la náusea— es motor de la delincuencia organizada.

Ante esta realidad, el nuevo gobierno soslaya el tema de fondo cabalmente comprendido por Olga Sánchez Cordero.

En cambio, se exhorta a los jóvenes rechazar el dinero de mafiosos y decirle no a las drogas, y a los campesinos, a sustituir cultivos ilícitos. ¡Cuando hace ya casi medio siglo tales exhortos han probado su inutilidad en otros lares!

En todo caso, al paso que vamos, el gobierno que ya decretó el fin de la guerra y la violencia terminará con tantos muertos como las administraciones de Felipe Calderón y Peña Nieto. Los muertos de la paz.

Renglón aparte merece el agudo descontento de millares de trabajadores del Estado, de mandos medios y aun bajos, a quienes la draconiana austeridad ha dejado sin empleo y por consiguiente sin sustento.

En las relaciones exteriores la soberanía ha salido bien librada. Se ha hecho valer frente a Venezuela, pero se ha cedido en el tema migratorio ante el Tío Sam con el uso de nuestro territorio, antesala de indocumentados.

Así, cuando algunos ponderaban la conveniencia de dotar a nuestro Presidente de unas rodilleras gruesas, de lana, para un eventual encuentro con Trump, Marcelo Ebrard anunció aranceles en correspondencia por el trato al acero mexicano y exigió explicaciones por la versión de espionaje gringo en nuestro suelo. Puntos a favor.

El corte de caja de los cien días llega en momentos de enojo de gobernadores.

Esto porque 17 mandatarios han sido sonoramente abucheados. Sólo que cinco de ellos corresponden al grupo de los diez estados donde López Obrador captó sus más altos niveles de votación.

¿Cuáles? Tlaxcala (70.59 por ciento), Quintana Roo (67.13), Oaxaca (65.27), Sinaloa (64.43) y Baja California Sur (64 por ciento). Las porciones restantes de sufragios se los repartieron entre los votos nulos, Ricardo Anaya, José Antonio Meade, Jaime Rodríguez, El Bronco, y hasta Margarita Zavala.

Con semejantes porcentajes logrados en julio, sin reparar en que, de entonces a la fecha, acciones específicas del gobierno han disparado hasta 86 por ciento el nivel de aceptación del Presidente, ¿esperaban, esos gobernadores, honradamente, sin ser ingenuos ni despistados, llegar airosos, como a un alegre concurso de belleza, a los eventos organizados por Morena?

Aun si los asistentes no fuesen acarreados partidistas sino un bloque genuinamente representativo de la pluralidad en las entidades, ¡se trataría de audiencias abrumadoramente desafectas con los gobernantes estatales!

Esos mandatarios —Antonio Mena, Carlos Joaquín González, Alejandro Murat, Quirino Ordaz y Carlos Mendoza Davis— son representantes apenas de su árbol genealógico. O, en el mejor de los casos, de una oposición ínfima y atomizada.

Por el estilo andan los restantes 12 del grupo de 17 abucheados, entre quienes están Alejandro Moreno Cárdenas, Omar Fayad, Alfredo del Mazo, Héctor Astudillo, Miguel Riquelme, Alejandro Tello, Juan Manuel Carreras, Javier ­Corral, Claudia Pavlovich e Ignacio Peralta.

La cosa es más grave para Silvano Aureoles. Recuérdese que en un alarde de conexión y cabal representación de su pueblo tuvo la audacia de darle la espalda al partido que lo llevó al poder y apoyar de manera abierta ¡a quien quedó en tercer lugar, el priista Meade!

Y mientras Martín Orozco ayer optó por no acudir a un mitin con el tabasqueño, otro gallo le cantó a Diego Sinuhé Rodríguez: Ni un silbido mereció el mandamás de Guanajuato, la única entidad donde AMLO perdió (30 contra 43 por ciento de Anaya) el 1 de julio.

¿De dónde entonces sacan todos estos políticos asombrados con lo que les sucedió la versión de que circulan instructivos, grabaciones y videos y hasta se ha establecido un protocolo para la silbatina, el abucheo y el hostigamiento?

No nos dejemos engañar. Están enfurruñados porque no hallan el modo de protegerse a socaire del tabasqueño y capitalizar la popularidad de éste. Buscan algo así como viajar muy cómodo en sidecar, los carritos acoplados al lado de una motocicleta, cuando lo que les toca es ir en el portabultos.

 


aureramos@cronica.com.mx

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