Esa tarde en que Luis Donaldo Colosio fue asesinado - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
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Esa tarde en que Luis Donaldo Colosio fue asesinado | La Crónica de Hoy

Esa tarde en que Luis Donaldo Colosio fue asesinado

Bertha Hernández

Nunca antes habían sabido los mexicanos de fines del siglo XX lo que era una agresión a un candidato presidencial, y mucho menos del PRI. ¿Que el atentado contra Álvaro Obregón cuando decidió que dejaba el Náinari para regresar a la capital a recuperar La Silla?  Bah, eso era de lecciones de historia de primaria. ¿las balaceras de la elección en la que triunfó Manuel Ávila Camacho en 1940?

No, ¿quién se iba a acordar de eso? Sucesos que habían ocurrido ¡hace tanto! 

Era 1994, y ya bastante tenían los habitantes de este país con las resonancias del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, aparecidos a la vida pública el primer día del año. Aquella irrupción, con todo y Declaración de la Selva Lacandona, donde el EZLN aspiraba al derrocamiento del Estado, que había descolocado a muchos, empezando por el gobierno federal, había dominado las coberturas periodísticas durante ese inicio de año, por delante de la campaña de Colosio. Si esa campaña levantaba o no levantaba, si las gestiones de Manuel Camacho como comisionado negociador en Chiapas —después de inconformarse públicamente— le “robaban cámara”, había sido la sustancia del cotilleo político de todos los días de aquel inicio de año.

Una llamada telefónica desde Tijuana, luego otra, y otra y otra más, llegaron a la Ciudad de México. La frase comenzó a correr por las redacciones de los periódicos, por las estaciones de radio y las radiodifusoras. Con dos horas de diferencia, eran en la capital cerca de las 7 de la noche, y allá en la colonia Lomas Taurinas aún había luz de día, cuando entre la multitud que acompañaba y estorbaba el avance de Colosio, en el cierre de un mitin que después se calificó de desangelado, entre el barullo de la gente y las notas de “La culebra”, una mano apretó el gatillo sobre la cabeza del candidato del PRI, quien cayó al suelo, sangrante, aún con signos vitales, pero con los ojos abiertos y mirando algo que ya no era este mundo.

Ésa, la de Colosio caído, fue la foto que casi todos los periódicos del país reprodujeron al día siguiente.

EL TIEMPO CONGELADO. Acostumbrados como estábamos a fines del siglo XX, a que casi todo lo importante ocurría en la capital, el país, poco a poco aprendía que la vocación centralista ya no era definitiva, y que no era del todo cierto aquel dicho, según el cual “fuera de México, todo es Cuautitlán”. Tal vez, el primer timbrazo de alerta había ocurrido también en Baja California, en julio de 1989, cuando, por primera vez, una candidata priista perdió las elecciones para gobernador. En 1994, el panista Ernesto Ruffo era el primer gobernador de oposición. El segundo timbrazo había ocurrido en Chiapas, con el neozapatismo, el mismo día que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio para América del Norte.

Que el atentado contra el candidato Colosio ocurriera en el norte del país mostró que, en esos días, y para enterarnos de todo lo que ocurrió aquella tarde, los mexicanos apenas contábamos con la televisión y la radio en una cobertura que, en contraste con nuestros hábitos del siglo XXI, parecen casi elementales.

Hace 25 años, ni los reporteros portaban teléfono celular como quien carga plumas, ni la información circulaba con la velocidad a la que las redes sociales nos han acostumbrado. Pero los reflejos de los medios funcionaron. Las programaciones habituales se interrumpieron; a nadie le importó quedarse sin ver el capítulo de su telenovela o serie preferida, y la gente se colgó de los receptores y aguardó a que la realidad, lentamente, fluyera en las voces de la gente que estaba a cuadro o en el turno frente a los micrófonos.

Poco a poco, empezaron a surgir datos, lentamente. Lo esencial venía de Tijuana. Con reporteros apostados en la sede del PRI, y en la que entonces era la residencia oficial, Los Pinos, se empezaba a armar, a puro parche, a puro dato aislado, una narrativa de lo ocurrido. Pero parecía que la cobertura en la Ciudad de México era insuficiente; apenas daba cuenta de las secretarias llorosas en el edificio priista, del silencio en espera de información fidedigna en la Presidencia. En realidad el país estaba en vilo, pendiente de lo que entre llamadas atropelladas podían contar los periodistas desde Tijuana. Las dos televisoras competían porque no se les cortara la comunicación, porque sus enviados o corresponsales pudieran pescar a alguien del equipo del candidato o alguien del equipo médico involucrado en la atención de emergencia para Luis Donaldo Colosio.

Fueron muy largas aquellas horas, entre la primera llamada que logró entrar a la Ciudad de México, y el anuncio oficial de la muerte del candidato del PRI. En esos momentos, no gustó que Jacobo Zabludovsky presionara a la conductora Talina Fernández —que por esos días residía en Tijuana y que, gracias a que su tipo sanguíneo era el mismo de Colosio, entró como donante a las zonas restringidas del hospital— para que entrara al quirófano donde atendían al herido. El país estaba hipersensible, pero era Zabludovsky, simplemente, un periodista que hacía su trabajo, frustrado por la lejanía y por la escasa información, dependiendo de una llamada telefónica mil veces cortada y mil veces vuelta a establecer.
Varias veces se habló, gracias a los servicios de las agencias noticiosas de un helicóptero que trasladaría al herido a un hospital de Estados Unidos. Nunca hubo tiempo para comentarios optimistas. El presidente de la Unión Americana, Bill Clinton, se declaró consternado al menos tres veces antes de que, extraoficialmente, Talina Fernández  avisara a Zabludovsky de la muerte del candidato, que se volvió oficial cuando aún no terminaba su última frase la conductora: desde la capital, desde Los Pinos, se notificaba el fallecimiento de Colosio. Sólo entonces, en las escalinatas del hospital, el chihuahuense Liébano Sáenz declaró ante la multitud que el candidato estaba muerto.

Las preguntas cambiaron. Ya no se inquiría por el estado de Colosio, sino por el autor del atentado. Como relámpagos pasaron un par de imágenes de un muchacho con el rostro ensangrentado. Se declaró duelo nacional, y al día siguiente no hubo ni bancos ni actividad bursátil. Lo cierto es que se temía un fuerte desequilibrio. Empezaban los días de las especulaciones, de las acusaciones basadas en la mera percepción. Se creó una fiscalía especial cuyos trabajos fueron polémicos y discutidos. Se acuñó una expresión ácida para designar al círculo cercano al muerto, que vio desvanecerse su futuro político, al menos como lo habían planeado: “las viudas de Colosio”.

Desde entonces, se ha reiterado, cada año, que Colosio, al llegar a la Presidencia, habría transformado de verdad al país; que era un auténtico demócrata, que hubiera marcado un antes y un después en la historia nacional. Pero eso nunca lo sabremos.

El “hubiera”, con todo y todo, no existe.

LOS MUCHOS EPÍLOGOS. El asesinato de Luis Donaldo Colosio tuvo muchos epílogos literarios de los que quizá hoy pocos se acuerdan: Élmer Mendoza, sinaloense, con “un asesino solitario”, exploraba el tema desde la voz de un sicario; Heriberto Yépez escribió la novela A.B.U.R.T.O, y hasta un exsecretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, tocó fugazmente el tema en El Penacho de Moctezuma. La idea de matar a un candidato apareció en la ficción como La Ministra de Francisco Rebolledo, y en numerosos trabajos de no ficción. Colosio es una nota en la historia del pasado reciente y es también el origen de algunos documentales y películas. Todas, sin excepción, reflejan esa tarde en que el tiempo se congeló.

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