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Huí por reportear protestas

Los venezolanos son el grupo de solicitantes de refugio humanitario más grande en México; tres mil al cierre de 2017. El proceso tarda meses. Formados frente al INM, sus relatos evidencian el drama en Venezuela

“Trabajaba para un periódico, hacía reportes de las protestas de marzo en Caracas; fui amenazado de muerte y mataron a mi hermano gemelo, en ese momento decidí irme de Venezuela”, relata Carlos Martínez mientras espera su turno.

En una larga fila frente al Instituto Nacional de Migración se escucha un acento claramente distinto al mexicano; allí se entrelazan las historias de venezolanos que han solicitado protección ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar). Los venezolanos son actualmente el grupo de solicitantes de refugio humanitario más grande en México, se calcula en tres mil al cierre de 2017. Cada semana se forman frente a Comar para firmar, un requisito que deben cumplir incluso en la última semana de 2017 y la primera de 2018.

En 2015 fueron recibidas 37 solicitudes de refugio ante la Comar, por otra parte, en 2017 la situación en Venezuela ha hecho que dos mil 601 ciudadanos de ese país soliciten protección en México; la lista y la fila se extienden. 

Es época de navidad y no están reunidos en familia viviendo sus costumbres, al contrario, están siendo sometidos nuevamente a una cola durante horas. Hay mucho tiempo para contar y escuchar mientras transcurren cerca de tres horas de espera para pasar a firmar ante Migración, como deben hacerlo una vez por semana para después ser reconocidos como refugiados, un proceso que puede llevarles hasta seis meses.

En Venezuela estos hombres y mujeres, generalmente jóvenes, en edad productiva, ya se habían acostumbrado a hacer largas colas para comprar artículos en los supermercados, especialmente los productos de primera necesidad. La única alternativa es el mercado negro, sólo accesible a quienes cuentan con recursos suficientes.

Las colas se multiplican por la escasez de gas doméstico, gasolina, transporte público y un extenso repertorio de servicios en mal funcionamiento. Ese fue el entrenamiento que Maduro brindó a estos venezolanos que van a terminar el año en México.

Lunes y martes son los días en los que se puede ver frente a Comar a los venezolanos solicitantes de refugio. Al verlos formados, algunos con gorras tricolor y franelas de la vinotinto, como le llaman a su selección de futbol, a primera vista parece que están de acuerdo con llenarse de paciencia en una fila frente al INM, aunque en medio de sus reflexiones colectivas se escapa su nostalgia y preocupación por lo que una vez lograron en Venezuela y por quienes han tenido que dejar allí.

¿Qué dicen mientras hacen fila? Se escapan sus relatos y destaca el de Carlos Martínez, es el periodista a quien amenazaron de muerte y a quien le mataron al gemelo. Mientras hace fila, sin que le hagan recordar por qué llegó a México, parece estar tranquilo. Pero cuando comienza su historia, Carlos apenas puede articular las palabras con las que cuenta que mataron a su hermano, su piel se tensa y su vello se eriza, termina la frase con un tono agudo: “es todo lo que puedo decir”.

Este periodista hacía su trabajo para un medio de comunicación internacional y otro nacional; entre tanto caos su historia pasó desapercibida. Han pasado tres meses desde que inició su solicitud para ser refugiado.

Durante su corto relato, deja por un momento el capítulo de su hermano y detalla su paso por el “cuartico” como le llaman los venezolanos a la oficina de migración donde algunos son interrogados en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, allí permaneció seis horas (desde la 1:30 am hasta las 7:30 am aproximadamente).

“Nosotros no estamos preparados para esto porque ni siquiera tenemos cultura de emigrar, nos gustaba Venezuela, ahora nos toca estar solos aquí afuera”, termina. Le gusta México para vivir pero se rehúsa a volver a involucrarse con el periodismo, trabaja momentáneamente en un bar y gana 100 pesos diarios. Su intención es establecerse y quizás ejercer con el tiempo en otra área de la comunicación.

¿Cómo lucen? Para muchos en la fila la única referencia que tenían sobre los refugiados era lo que habían visto en noticieros internacionales, un gran número de personas varadas en fronteras de países europeos,  gente pobre con la ropa sucia y la cara llena de dolor; algunos también recuerdan a los colombianos desplazados víctimas del conflicto armado que enfrentó ese país o a quienes llegaron del viejo continente huyendo de la guerra y buscaron protección en Venezuela ¿quién lo diría? Ahora estos venezolanos que vivieron en un territorio que recibió a miles de inmigrantes han tenido que dejar su país y son quienes ahora piden ayuda. La mayoría son hombres y mujeres profesionales en edad productiva quienes dan la impresión que podrían echar a andar a su país nuevamente si les dieran las condiciones de calidad de vida mínimas.

Ningún venezolano nace con la idea de ser un refugiado, menos quienes crecieron en la comodidad de una clase media que aceleradamente ha perdido oportunidades de crecimiento y poder adquisitivo. Sus historias difíciles no aparecen a simple vista en su cara o su forma de vestir, de hecho, parece que se las reservan para largas conversaciones sobre la crisis a la que ha sido sometido su país durante la dictadura de Nicolás Maduro.

 

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