Encuestas, realidades y fantasías

Rafael Cardona

Quizá esto no tenga ninguna relación con los hechos, pero la fotografía y la nota de Crónica, con la evidencia de cómo el Partido de la Revolución Democrática (o al menos una entre sus aspirantes a la candidatura por la CDMX) falsifica las encuestas; me recordó los primeros afanes de mi juventud, cuando trabajaba para un cubano propietario de una firma de mercadotecnia.

Mi empleo era sencillo: ir a las colonias previamente seleccionadas y calle por calle, puerta por puerta, preguntarle a quien me abriera, si deseaba responder una encuesta sobre la modernidad convertida en escoba con largas cerdas de plástico en lugar de las tradicionales con varitas de mijo. “Barresola”, se llamaba el innovador producto.

–¿Barrería usted con esta escoba?– era una de las más importantes preguntas antes de entregarle a la persona interrogada el instrumento de limpieza con el ademán de quien otorga un cetro.

Un alto porcentaje contestaba de inmediato: ¡váyase al carajo! Otras personas, hombres y mujeres de entre 30 y 60 años de edad –según los requisitos del muestreo–, ni siquiera respondían, sólo cerraban la puerta en cuyo marco no se me habría ocurrido meter el tobillo.

Frente a tantas frustraciones, el ingenio fue simple: llenar por mi cuenta los cuestionarios, con nombres falsos pero con direcciones reales. El informe daba cuenta del itinerario, no de la veracidad de las entrevistas. Los seis puntos de la papeleta, las seis preguntas, las iba contestando de modo presumiblemente veraz. Verosímil, la menos.

Y el resultado fue, creo yo, positivo. Hoy el mercado está dominado por escobas de plástico; no de varitas de mijo.

Años después, cuando cursé los primeros semestres de la carrera de Sociología, la materia y el libro más importantes, eran, Metodología y técnicas de investigación en ciencias sociales. Otra vez las encuestas. Desde entonces odié el libro de Felipe Pardinas. Y en poco tiempo, la carrera misma.

Yo quería ser Max Weber y me ofrecían una carrera de levantador de encuestas. Me fui sin un miligramo de arrepentimiento.

Desde entonces les he tenido resquemor a las encuestas. Me parecen, en algún momento, formas de medir la profundidad del agua, pero no su variable composición. Muchos políticos compran servicios demoscópicos, para respaldar con ellos su propaganda, para hacer creer asuntos de su conveniencia. Son en ocasiones, trajes a la medida.

No voy a incurrir en la descortesía profesional de señalar ahora los cientos de ridículos hechos por los encuestadores y los periodistas para quienes es mucho más fácil y cómodo, sobre todo si no se sabe hacer bien, publicar una encuesta en lugar de lograr un reportaje, pero esas formas de medición, falsas o ciertas, profesionales o charlatanas, son un elemento de nuestro tiempo y con ellas se debe convivir.

Pero de convivir a creerlas como si fueran un dogma, hay una distancia. Las más acertadas encuestas son las más obvias.

Y si, ya dije de mi renuencia a zaherir a los “demóscopos” con sus errores, pero este caso, por fortuna para los actuales es de cuando los perros se amarraban con longaniza (1948) y se debe a la madre de todas las empresas de este tipo, las celebérrima Gallup con cuyos datos acumulados e incipientes encuestas de salida, el Chicago Tribune metió la pata hasta el ombligo, con un titular en el cual Truman había sido derrotado por Dewey.

En esa ocasión los periodistas le dieron credibilidad a los “exit poll” y el resultado fue un ridículo asombroso. Todos quedaron mal, menos Truman quien enarbolaba la primera plana del Chicago, con la noticia de su derrota (“fake news”, se diría ahora), con una sonrisa tan grande como la bomba atómica con cuya explosión, tres años antes había terminado la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, cuando comprobamos cómo “cucharean” los políticos del PRD sus encuestas, escuchamos al coordinador de los amarillos en la ALCDMX, Raúl Flores quien habla de castigos, denuncias, investigaciones y todo el necesario bla, bla, bla de toda la vida.

Pero eso, como el mismo Raúl Flores, no tiene ninguna importancia.

¿A quién le puede interesar su opinión si como dice Mikel Arreola, precandidato del PRI, hacer eso es práctica común de los perredistas?

TRES AÑOS

Vicente Fox prometió acabar el problema de Chiapas en quince minutos y sólo anuló al EZLN permitiendo la marcha a la Ciudad de México. Chiapas sigue igual y los zapatistas se desfondaron como la candidatura “ciudadana” de Marychuy.

Hoy Andrés Manuel López se permite un plazo de tres años para acabar la narco guerra. —Sale plato de lengua para la mesa tres…

 


rafael.cardona.sandoval@gmail.com
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