Populismo y kakistocracia

José Fernández Santillán

En un ensayo titulado “Trump and American Populism” Michael Kazin (Foreign Affairs, Noviembre/diciembre 2016, vol.95, n°6, pp. 17-18) señala que hay dos clases de populismo. Los conocedores, generalmente, hablan de un populismo de izquierda y un populismo de derecha.

El primer tipo de populismo se lanza contra los dueños del dinero (la que tiene como sede emblemática a ­Wall Street) y que, supuestamente, han traicionado los intereses de hombres y mujeres quienes son los que verdaderamente trabajan y sostienen a la nación. La gran demanda de esta corriente es reducir las desigualdades sociales. Este tipo de populismo se cuida de no inmiscuirse en cuestiones raciales o religiosas. Reivindican el “nacionalismo cívico” herencia de los Padres Fundadores. Nacionalismo que abandera la igualdad y la libertad. Remarca su respaldo a las instituciones y las leyes. Este es el tipo de populismo que reivindicó Bernie Sanders durante su campaña en las primarias del Partido Demócrata.

En contraste, el populismo de derecha se lanza contra la élite política (la que tiene como sede a Washington D.C.) a quien tilda de ser una clase corrupta. Por ese motivo, una de las promesas de campaña de Trump fue “drain the swamp” (“drenar el pantano”); o sea, hacer tabla rasa de la venalidad que campea entre los hombres de poder. Esta corriente tiene una visión más restringida étnicamente hablando de lo que significa “el pueblo”. “Los verdaderos americanos” son los caucásicos; pregona el “nacionalismo racial”. De allí deriva el que, hábilmente, Trump haya enderezado sus baterías contra los inmigrantes indocumentados y en especial contra los mexicanos con base en un discurso de tipo económico (nos están quitando nuestros trabajos) y en un discurso racial (son diferentes de nosotros).

Lo que hizo el magnate neoyorquino para obtener el respaldo de una parte del electorado de Estados Unidos fue aprovechar la angustia y el resentimiento que existe entre millones de trabajadores y miembros de la clase media de raza blanca.

Así se ganó la voluntad de una ciudadanía manipulada por los odios y resentimientos, desplegando estratégicamente su campaña para ganar los distritos electorales necesarios, y así entrar a la Casa Blanca.

A casi un año de haber tomado posesión, Trump ha implantado un sistema que tiende a concentrar el poder y la riqueza; ha puesto en vilo las relaciones internacionales. Por ejemplo, dio por terminada la participación de su país en el Acuerdo Asia-Pacífico; retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el cambio climático; y está agudizando la confrontación con Corea del Norte.

Norm Ornstein, ha puesto el dedo en la llaga al señalar los excesos cometidos por los allegados de Trump en cuanto al uso y abuso del poder. En un artículo titulado “American Kakistocracy” (The Atlantic Magazine, 9-X-2017) este autor recuerda que la palabra kakistocracia, deriva del griego, fue usada en el siglo XVII para indicar el gobierno de los peores. “En términos más amplios, este concepto puede significar el gobierno de los ineptos y de un gobierno de aduladores…Mientras estaba escribiendo mi nuevo libro con E.J. Dionne y Tom Mann, One Nation under Trump, me vi en la necesidad de echar mano del término. La kakistocracia ha regresado, y la estamos experimentando directamente.” La desvergüenza ha salido a flote desde el momento en que algunos miembros del gabinete y del staff de la Casa Blanca han sido descubiertos gastando cuantiosas sumas de dólares tomados de las arcas públicas para pagar vuelos chárter para cubrir distancias realmente cortas. Había otras alternativas más baratas para transportarlos a los mismos lugares para comer con sus familias.

Miembros del gabinete han sido acusados de seguir haciendo negocios, aunque ya habían tomado posesión de sus cargos. Por ejemplo, el director de la Agencia de Protección Ambiental, Scott Pruitt, declaró ante el Senado que no había hecho negocios mientras se desempeñaba como Procurador General de Oklahoma. Cuando un juez ordenó que los mails de Pruitt se hicieran públicos, el líder de la mayoría republicana en la Cámara alta, Mitch McConnell, trató de evitarlo. Luego se comprobó que Pruitt había mentido.

Tom Price, secretario de Servicios Humanitarios, fue acusado de estar vinculado con una red de transacciones bursátiles cuando aún estaba en el Congreso. McConnell se encargó de borrar las evidencias.

El procurador General, Jeff Sessions, falseó sus declaraciones cuando fue llamado ante el Senado para hablar sobre sus contactos y relaciones con los rusos durante la campaña presidencial. Con todo y eso, sigue en su cargo.

El propio presidente Trump está bajo investigación en vista de que la Constitución señala, expresamente, que no puede tener otro ingreso más que el que le proporciona el gobierno federal. Obviamente, no es así. Este problema se está ventilando en el Distrito de Columbia. La omisión de la Administración de Servicios Generales (GSA) en el caso de Trump por este asunto está bajo proceso en la Agencia de Inspección General.

                Orstein afirma: “La kakistocracia se aplica también al Congreso. Aquí he resaltado algunas de las fallas en el proceso de confirmación de funcionarios del gabinete y la tremenda carencia de vigilancia sobre el comportamiento kleptocrático.”

 


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@jfsantillan

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