Macron y Carrère

Edgardo Bermejo Mora

El escritor francés Emmanuel Carrère pasó una semana con el joven presidente francés Emmanuel Macron para escribir una crónica reflexiva y aguda sobre este nuevo fenómeno de la política europea. Lo hizo por encargo del periódico británico The Guardian. Se trata de un texto formidable publicado en el número de diciembre de la revista Letras Libres que vale la pena comentar.

Macron, nos dice Carrère, premio FIL de las letras 2017, se sitúa en la línea de los visionarios y no de los gestores, es más un filósofo que un tecnócrata. No tenemos en el panorama mexicano una figura así, una personalidad capaz de hacer una lectura sintética y novedosa de nuestro presente y al mismo tiempo de establecer un programa ambicioso para reinventar al país y situarlo en un lugar diferente. “Si no transformo radicalmente a Francia, será peor que no haber hecho nada”, le confesó el joven presidente francés a Carrère en el vuelo de regreso a una visita de Estado a Grecia.

El genio, la ambición, la ilustración, el carisma, la juventud y el poder lo definen, en un contexto donde el caudillismo napoleónico parecería superado ante una institucionalidad democrática sólida y con numerosos contrapesos y amarres. Y no obstante, el riesgo está ahí, y Carrère se pregunta “¿a qué tiende el macronismo más allá de la personalidad de Macron? Casi seis meses después de su elección, la pregunta es cada vez más frecuente”.

Macron hipnotiza, seduce a quien se le ponga enfrente y se presenta como un político de centro capaz de encontrar ese punto intermedio entre el liberalismo y la socialdemocracia que hasta el siglo pasado se le quiso llamar “la tercera vía”. A sus 39 años, Macron se ha convertido en el jefe de Estado más joven de la historia de Francia y en una estrella internacional.

Un elemento inusual en el análisis político destaca Carrère para explicarnos su ascenso: la suerte. “Cuando le hablaban a Napoleón de un oficial que no conocía, sólo planteaba una pregunta: ¿Tiene suerte? En su asombroso ascenso al poder el joven que no detesta que lo comparen con Napoleón se ha beneficiado de una alineación de planetas que carece de precedente”.

Carrère no puede no sorprenderse ante un político que  puede citar a Hegel, o a Spinoza en sus discursos, y advierte que son referencias suyas, no figuras ornamentales de un discurso preparado por sus asesores. Se admira de un político que en su juventud fue colaborador del gran filósofo Paul Ricoeur, o que en su encuentro con un grupo de escritores griegos cite de memoria a Baudelaire, a Rimbaud, “es difícil no creer que este hombre no ame de verdad a la poesía”, un estadista intelectual, esa es la verdadera novedad. “Hemos perdido la costumbre,  desde Mitterrand de tener un presidente culto”.

Parecería pues que en ese viejo movimiento pendular entre el intelectual que critica y denosta al poderoso o se obnubila y se postra ante su figura ascendente, en el caso de Carrère frente a Macron se acerca más a lo segundo: “Tanto control intriga: buscamos la falla, Macron tiene adversarios políticos, pero sobre su persona circulan muy pocos chismes. (…) Sigo buscando la falla. Es mi credo de escritor: todo el mundo tiene una, una parte de sombra y de secreto, una zona de melancolía, y mi oficio consiste en verlas. En Macrón, lo mínimo que se puede decir es que no saltan a la vista”.

Parecía que estamos, dice Carrère, “ante una máquina de seducir desprovista de todo afecto”. Pero esto no es del todo preciso: “porque hay que admitir que el joven y ambicioso tecnócrata, el hombre que le dice a cada uno lo que quiere oír, es también, al mismo tiempo, el héroe de una gran historia de amor. Yo creo que esta historia es lo que más les gusta a los franceses y todavía más a las francesas. Las venga de siglos de patriarcado en los que todo el mundo cree normal que un hombre tenga veinticuatro años más que su mujer, pero no lo contrario. Colmo de la transgresión: la mujer que le lleva veinticuatro años parece estar totalmente enamorada y su marido la ama como el primer día”.

“Ahora que está en el poder pienso: estaría bien que lo lograse. Pero ¿qué sería lograrlo? ¿Entrar a la historia? ¿Transformar Francia? ¿Que crease un país de startups donde cada uno se volviera emprendedor de sí mismo, donde la única ley fuese la eficacia? ¿Y después, que refundara Europa, porque en cierto momento Francia puede parecerle poca cosa? Todo es posible. En fin, no imposible. Es posible también que se vuelva loco: es un riesgo, cuando te cae tanto poder encima, tan deprisa. O simplemente, que fracase, que se una a la galería de políticos ambiciosos que han buscado la “tercera vía” y se han topado con el principio de la realidad, para acabar actuando como de costumbre”.

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