AMLO, el garrote después de la amnistía

Francisco Báez Rodríguez

Mal que bien, Andrés Manuel López Obrador sigue dictando la agenda. Lo hizo cuando encabezaba el gobierno capitalino; lo hizo —a ratos— en sus anteriores campañas electorales; lo está volviendo a hacer ahora.

Eso es lo bueno para Andrés Manuel. Lo malo es que lo hace a través de una serie de mensajes que o son contradictorios o son de verdad muy preocupantes. Un ejemplo de ello es su propuesta en materia de seguridad.

Primero fue la idea de que dialogaría con los criminales y ofrecería una amnistía a quienes quisieran regenerarse. Esa idea ha sido criticada, incluso por algunos simpatizantes de Morena (los pocos que no piensan que su líder siempre tiene la razón).

Más allá de las consideraciones morales, que no son pocas, hay tres de carácter estratégico que muestran lo endeble de la posición de AMLO. Una señala que la amnistía se le otorga, normalmente, a las fuerzas derrotadas en una guerra: es una manera de evitar la prolongación de su agonía, y el derramamiento de sangre de todas partes que ello conlleva. No se ofrece una amnistía a quien supone ir ganando, como es el caso de la delincuencia organizada en México. El que algunos capos hayan caído no les quita a los criminales la percepción de que pueden ser más fuertes que las autoridades.

La segunda consideración está íntimamente ligada a la primera. Uno de los problemas centrales de México es la impunidad. Y uno de los enojos populares más grandes con el estado de cosas es precisamente ese. Los criminales se saben impunes, independientemente de la amnistía, y la población ve con malos ojos que haya una prolongación de la impunidad.

La tercera, que puede verse muy claramente en otras naciones, es que, en las zonas que controla la fuerza amnistiada (en este caso, el crimen organizado), el poder político real pasa casi automáticamente a esa fuerza. A veces también pasa el formal, con un pequeño barniz.

El recién nombrado encargado de la seguridad en el gabinete propuesto por AMLO, Alfonso Durazo, ha querido matizar la propuesta de su jefe. Dice que la amnistía se piensa más bien para los campesinos encarcelados por cosechar mariguana o amapola. Quiero suponer que también para narcomenudistas menores. En este caso, surge una pregunta de carácter económico: ¿Qué incentivos tendrán esos campesinos y esos narcomenudistas para no repetir su comportamiento? ¿Se pondrán a cultivar maíz y a trabajar de repartidores de pizzas? De hecho, la liberalización controlada de la cannabis tendría un efecto inmediato, mucho mayor. Pero de eso no habla López Obrador.

Andrés Manuel mismo ya le bajó dos rayitas a la amnistía. Dice que no incluye secuestradores ni violadores. Problema: todo levantón es un secuestro. Que no se pida rescate y se acabe asesinando al secuestrado empeora las cosas, no las dulcifica.

Lo contradictorio (al menos en apariencia) es que el proyecto de seguridad del precandidato único de Morena pasa por una militarización tajante. Su propuesta de una Guardia Nacional, bajo el mando único del Presidente (él), en la que confluyan las Fuerzas Armadas y las policías, se traduciría en una enorme concentración del monopolio estatal de la fuerza en una sola persona.

Bajo esas condiciones, suponer que no va a haber un uso discrecional de esa fuerza es un acto de fe. Podemos creer que Andrés Manuel no actuará así, pero sería sólo nuestro credo: nada nos lo garantiza.

Hay una manera de eliminar las contradicciones. Es suponer que AMLO ofrece una amnistía que no interesa al crimen organizado (o sólo a una parte, que incluye a algunos políticos que estaban ligados al narco, y que son bendecidos por el perdón de López Obrador) y, ante la negativa, reproduce la estrategia de confrontación directa de los anteriores gobiernos; pero ahora, con la “legitimidad” que le da haber ofrecido la amnistía. Continuidad, pero disfrazada.

Para decirlo de otra manera, la propuesta de la Guardia Nacional y el mando único es el garrote malamente escondido detrás de la zanahoria de la amnistía.

Eso lleva el problema de la zanahoria al garrote.

No queda claro cómo se irían a integrar policías y militares. No sabemos si ese proceso requeriría de reformas operativas sencillas o de cambios constitucionales (porque es evidente que la Guardia Nacional que establece la actual Constitución es otra cosa). Lo que sí sabemos es que se pretende una organización vertical, en cuya punta esté el Presidente de la República.

La creación de un cuerpo único para el orden público normalmente trae consigo una suerte de depuración. Ésta puede ser de carácter operativo o político. En cualquier caso, si se colocan militares en una cadena jerárquica cuya parte alta —no sólo la formal— sea civil, la corporación ya no obedece a los rigores reglamentarios propios de la concatenación jerárquica, sino a las necesidades, que pueden ser cambiantes, de la jefatura civil. El resultado es un mayor control político, desde arriba, de las estructuras del Estado, a costa de una menor certidumbre respecto al comportamiento de la fuerza del orden.

Es un método que ha sido utilizado en otras partes. En ninguna de ellas por gobiernos democráticos. En todas ellas, hay que decirlo, con buenos resultados en términos de conseguir cierto grado de control sobre la violencia. Eso no significa necesariamente que la violencia disminuya: sólo que está controlada por el Estado, que la hace jugar a su favor. Es una fórmula para gobiernos autoritarios, y ha sido favorita para los de derecha.

Bueno, hay quien todavía cree que Andrés Manuel es progresista.

Si AMLO ha delineado, mal que bien, una estrategia, sólo ha recibido críticas genéricas de parte de sus contendientes. Y todavía no vemos qué dicen, más allá de sus frases de cajón, Meade y Anaya. El primero habla de combate al crimen organizado con las armas actuales y defiende la Ley de Seguridad Interior; suma la frase de que se actuará más y mejor contra el lavado de dinero y ahí se queda. El segundo nos promete una estrategia “inteligente”, pero no nos dice de qué se trata.

Le regalan la agenda. Así sea para proponer cosas que no presagian nada bueno.

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