Andrés Manuel, el salinista

René Arce

El rompimiento de los nacionalistas revolucionarios en 1987 con el grupo “neoliberal” al interior del PRI, culminó con la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia de la República, representó un choque entre dos visiones de país, expuesto en aquella obra que Rolando Cordera y Carlos Tello titularon “la disputa por la nación”.

Cárdenas, Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros, representaban el modelo nacional del proteccionismo económico, un desarrollo nacionalista basado en la sustitución de importaciones, una política exterior de escasa intervención en las grandes controversias internacionales, para evitar hasta donde fuera posible, que se les ubicara como piezas de la hegemonía norteamericana, con un acercamiento, con lo que se consideraba un bloque de los “no alineados” ante la URSS y los EU.

Miguel De La Madrid y su equipo cercano (los tecnócratas,) tenían una visión más globalizada de la realidad mundial, entendían que los mercados no podían quedar en las fronteras nacionales, que era imprescindible abrir las inversiones al capital extranjero; para ello era necesario reformar leyes, procedimientos y desregular muchos sectores de la economía, incluyendo la venta de una gran cantidad de empresas, propiedad del estado mexicano.

La lucha al interior del PRI para definir al candidato a la Presidencia, entre un nacionalista y un tecnócrata definió en mucho el destino de ese Partido, aunque la precipitación se dio ante la intolerancia priista, al no reconocer el derecho de los nacionalistas a formar una corriente interna con posibilidades de polemizar o demandar un proceso abierto para elegir candidato.

De la Madrid, decidió que fuera Carlos Salinas de Gortari quien contendiera como candidato presidencial en 1988, el joven Secretario de Programación y Presupuesto era la cabeza más visible del grupo de júniors a quienes sus padres, políticos priistas, habían mandado a estudiar maestrías y doctorados a universidades extranjeras, donde el pensamiento económico neoliberal estaba en la cúspide.

La figura de Cárdenas creció de una manera impresionante, a pesar del casi cierre total de los medios de comunicación, de una campaña con escasos recursos y del hostigamiento que llegó al asesinato de cercanos colaboradores, el gobierno federal tuvo que recurrir al fraude electoral, para que nunca se supieran los verdaderos resultados, emprendiendo además, una feroz campaña contra el movimiento cardenista.

¿Dónde estaba López Obrador en esos tiempos? Como priista, esperando que este partido le otorgara la candidatura a gobernador en Tabasco, jamás se incorporó a las jornadas de movilización contra el fraude electoral, emigró del PRI un año después, cuando no se la dieron. Solo entonces buscó al movimiento dirigido por Cárdenas, logrando la nominación a gobernador, siendo derrotado por toda la maquinaria legal y extra legal priista. A partir de esa derrota inició sus caminatas al entonces Distrito Federal por asuntos electorales o por afectaciones de PEMEX en Tabasco, lo que le dio notabilidad a nivel nacional, ganándose el afecto y reconocimiento de Cuauhtémoc Cárdenas, quien lo adoptó como su sucesor, tanto en el PRD como en el Gobierno del Distrito Federal, desplazando a Porfirio Muñoz Ledo a quien Cuauhtémoc no le tenía confianza.

Como Jefe de Gobierno, AMLO tuvo en su entorno más cercano a dos salinistas de cepa. El primero, Marcelo Ebrard quien operó de 1988 a 1991 la recuperación para el PRI de la Ciudad de México, logrando vía cooptación, con dinero y cargos públicos a activistas sociales o a través de la represión. Con un dispendio impresionante de recursos en las elecciones del 91 el PRI arrasó al cardenismo, ganando todas las posiciones en juego, quedando Marcelo fuera de una plurinominal, ante el tamaño de la victoria priista.

A Marcelo Ebrard, AMLO lo nombró Secretario de Seguridad Pública, luego de Desarrollo Social, finalmente lo impuso como su sucesor en la Jefatura de Gobierno.

El segundo, Carlos Slim, el hombre de negocios más beneficiado por Salinas (al entregarle la telefonía nacional como un gran monopolio, teniendo a millones de consumidores mexicanos como clientes cautivos, con tarifas de primer mundo y servicio de quinta), lo que le permitió al empresario acumular una de las fortunas más espectaculares del orbe.
AMLO lo volvió su empresario favorito (igual que Salinas), vía un fideicomiso del Centro Histórico le permitió adquirir una gran cantidad de inmuebles de altísimo valor, tanto económico como cultural, teniéndolo como acompañante en casi todas las inauguraciones de las obras más relevantes de su sexenio.

Recientemente, en su tercera campaña para lograr la Presidencia de la Republica, AMLO acaba de declarar que “va a renegociar el Tratado de Libre Comercio en mejores condiciones con Donald Trump” porque Peña está muy debilitado, ¿dónde quedó toda la verborrea de casi todas las izquierdas contra el TLC?, ¿no era la peor traición de Salinas al país?, incluso ello provocó la insurrección zapatista en 1994. Con esta declaración, AMLO ha mostrado finalmente al salinista que lleva dentro. No cabe duda del odio al amor solo hay un paso.

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