La memoria profunda de Armenia en México | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 13 de Enero, 2018

La memoria profunda de Armenia en México

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Son mexicanos, y tienen parientes en todos los continentes. Forman parte de la comunidad que más santos tiene en el mundo y al mismo tiempo se cuentan entre ellos científicos destacados, matemáticos, astrofísicos, biólogos, ingenieros. Su impronta más antigua en estas tierras data de hace varios siglos, pero la presencia real de la comunidad armenia en nuestro país se remite a las primeras décadas del siglo XX y no es una historia de búsqueda esperanzada, sino de escape y sobrevivencia, de perderlo todo para volver a construir. La nota que remite a su pasado colectivo tiene resonancias de una nación lejana: Armenia.

Viven el presente, pero conservan la memoria familiar. Al mismo tiempo, son como todos, como los muchachos de a la vuelta, como los compañeros de estudios, como los profesores dedicados que dictan cátedra todas las mañanas, como los que abren todas las mañanas el negocio familiar, como tantos otros en nuestro país. Sin embargo, la presencia armenia en México tuvo muy poco que ver con la voluntad de abrirse nuevos horizontes. En sus orígenes, todos eran sobrevivientes de una feroz persecución, que intentaban llegar a Estados Unidos. Pero el destino fue otro. Finalmente se quedaron en nuestro país y aquí hicieron sus vidas. Y sí, al final encontraron un refugio que se convirtió en hogar.

NO VENÍAN A “HACER LA AMÉRICA”. “Estamos en todas partes y en ninguna”, sonríe Carlos Antaramián Salas, doctor en antropología e investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), y que ha dedicado buena parte de su trabajo académico al estudio de las migraciones. Armenio mexicano, ha ido sistematizando la historia de la comunidad.

“Las puertas de México se abrieron a las comunidades extranjeras, en realidad, hacia el porfiriato tardío: se buscaba poblar algunas zonas de México, “blanquear a la raza”, en un discurso que era muy peyorativo para los indígenas mexicanos. Así llegaron menonitas y las primeras migraciones de medio oriente: libaneses y sirios. En esos años llegan también los chinos, aunque después tendrían restricciones para entrar y permanecer en el país.”

Las restricciones estadounidenses fueron un factor determinante para que ciertas comunidades se establecieran en México. “Los chinos, y después los armenios, que tuvieron impedimentos para ingresar a Estados Unidos hacia 1921 y se intensifica progresivamente hacia 1924, como era para todos aquellos que no fuesen blancos”. Los armenios no fueron considerados “blancos”, en Estados Unidos, sino hasta 1925.

En México, a partir de 1927, hubo disposiciones de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que permite el ingreso de armenios, judíos, gitanos, húngaros y africanos. “Las puertas mexicanas se abren entre 1921 y 1927 porque las estadounidenses se cierran y vienen como un flujo desviado. En realidad, el destino deseado para alguien con ansias de mejorar y que estaba en las montañas del Cáucaso, en Anatolia, en Líbano, era los Estados Unidos, pero por las restricciones, muchos de ellos se desviaron. Formaron una comunidad muy grande en Cuba; otros hicieron de México su casa”, narra Antaramián.

REFUGIO MEXICANO. Muchos armenios llegaron a Veracruz o a Tampico en su ruta a Estados Unidos. Algunos querían llegar con sus familias a Fresno o a Los Ángeles, en California. Algunos deciden quedarse y así nace la comunidad armenia en Tijuana, formada por unas 15 familias.

Los que viajaron a la ciudad de México hallaron asiento en el antiguo barrio de La Merced. Allí, sobresale un personaje que es casi legendario: Gabriel Babayán, llegado en el siglo XIX. “Él les ayuda a instalarse: no saben el idioma, están en la miseria, vienen huyendo y son sobrevivientes del genocidio en Turquía”. Poco a poco, los armenios hacen de este país su casa, luchan para sacar adelante a la familia o se casan aquí; crean pequeños grupos políticos pero nunca lograrán constituir una iglesia”.

ENTRE LA FRONTERA Y EL HOGAR MEXICANO. Los armenios no son parte de la iglesia católica. Se agrupan, los que son creyentes, en la Iglesia Apostólica Armenia. En lo político, los primeros migrantes crearon la Federación Revolucionaria Armenia, de izquierda, y hay otra agrupación que podría, según Carlos Antaramián, identificarse con las ideas de derecha.

Poco a poco se adaptaron a este país. Algunos se casaron con armenios y otros con mexicanos. No todos hicieron huesos viejos en México y retomaron su objetivo inicial de trasladarse a Estados Unidos. Los datos del Registro Nacional de Extranjeros, sumados a la información estadounidense, permiten estimar que, entre cruces legales e ilegales, pasaron por México, en la tercera década del siglo XX, unos mil 500 armenios. Pero no serían los únicos en establecerse en nuestro país.

LA COMUNIDAD ARMENIA EN EL SIGLO XXI. Hoy día, la comunidad armenia consta de unas tres mil personas. La mitad de ellas descienden o forman parte de la primera oleada migratoria, ocurrida en los años 20 y 30 del siglo XX y muchos de ellos se dedicaron al comercio, actividad que hasta la fecha es su sustento. La segunda oleada se estableció en México a partir de 1991, procedentes de la exrepública soviética de Armenia y que hoy es la República de Armenia. Aparte de las comunidades armenias en la ciudad de México y Tijuana, hay pequeñas presencias en Querétaro, Puebla, Pachuca, Pátzcuaro, Morelia y Mérida.

Entre esa “nueva generación” llegaron muchos académicos; notoriamente, muchos músicos de orquesta. Uno de los “fuertes” educativos en Armenia es la formación de músicos profesionales, con especial competencia en el área de cuerdas. En las diversas orquestas mexicanas laboran 25 músicos armenios, muchos de ellos violistas o violinistas.

En el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) hay 25 investigadores pertenecientes a la comunidad armenia. “Para una comunidad de tres mil personas, el dato es notable”, señala el antropólogo Antaramián. Hay astrofísicos, astrónomos, biomédicos y matemáticos. “Esta comunidad tan pequeña le ha dado a México dos rectores universitarios –José Sarukhan, de la UNAM, y Avedis Aznavurian de la UAM-X, y Juan (Ohannes) Bulbulian Garabedián formó parte del Consejo Directivo de la Universidad La Salle.”

LA FAMILIA, EL PESO DE LA RELIGIÓN. A lo largo de los años, la comunidad armenia no construyó algo que pudiera considerarse un centro de reunión. En los años 70 del siglo pasado funcionó, brevemente, una pequeña escuela, en la calzada de Tlalpan de la Ciudad de México. Pero a partir de 2014, con la instalación de la embajada armenia en México, la sede diplomática se ha convertido en algutinante. Pero a la par funciona una comunidad virtual en Facebook, llamada Armenios en México. Los vínculos familiares constituyen, a la fecha, una eficaz red de comunicación.

La armenia es una comunidad en diáspora: están conectados por lazos familiares o de amistad con muchos países. Un armenio mexicano puede tener parientes en Argentina, en Líbano y en Armenia, y los familiares más cercanos pueden vivir en Fresno o en Los Ángeles. Pueden producir un periódico electrónico en Boston con lectores en México y el resto de América Latina que leen noticias provenientes de Europa.

La religión sigue siendo un factor identitario. “Es un poco como el guadalupanismo mexicano”, considera Carlos Antaramián. “Muchos en la comunidad ya no son miembros de la Iglesia Apostólica Armenia, o ya no son cristianos o incluso ya no son creyentes. Y de todas maneras se vinculan, porque consideran al cristianismo como una parte fundamental de su cultura. Permanece en la comunidad el propósito de constituir una iglesia en México”.

Hoy día, la armenia es la iglesia con más santos en el mundo, y es imposible desvincularse de la historia. La iglesia apostólica armenia no había santificado a nadie desde el siglo XV. En 2015, el 24 de abril, el patriarca supremo, jefe de la iglesia, determinó que las víctimas del genocidio de principios del siglo XX, y que hasta entonces eran considerados mártires, son santos. Pero esas víctimas se calculan entre un millón y un millón y medio de personas. “Ahora resulta que todos los armenios tenemos un santo en la familia, porque todos tenemos parientes entre ese millón y medio de víctimas. Y es un tema de discusión que hoy resulta importante. El 24 de abril ya no hay misa de réquiem, ahora es una fiesta religiosa, y eso es algo que aún no se alcanza a comprender”.

En cuanto al matrimonio, las cosas han cambiado también. Entre la primera época de migración, las bodas intracomunitarias predominaban. Hacia los años 60 del siglo XX, la mitad de los armenios en México se casaron con mexicanos. Hoy, un 90 por ciento de las bodas de la comunidad es entre armenios y mexicanos. Pero hay algo en común en los integrantes de la comunidad armenia: ninguno habla de discriminación, de persecución, una vez que se establecieron aquí. Simplemente, anclados en su memoria, se volvieron mexicanos.

Armenios singulares en tierra mexicana

Bailarinas comunistas y mineros metidos a revolucionarios; honrados artesanos, comerciantes, abarroteros y zapateros, científicos y músicos forman parte de la memoria y el presente de los armenios en México. Sus primeras huellas se pierden en los recuentos virreinales, pues, saltándose las prohibiciones, unos pocos, a cuentagotas, llegaban en los barcos que, provenientes del Oriente, atracaban en Acapulco. El censo de población del virrey conde de Galve, de 1689, consigna la existencia de un hombre, “de nación armenia”, comerciante, casado con una criolla novohispana, y que tenía un puesto en lo que hoy llamamos Zócalo de la Ciudad de México. Su nombre hispanizado era Leonardo Pablo de Guzmán y vivió en el rumbo de la Aduana, edificio que hoy es sede de la Secretaría de Educación Pública.

El antropólogo Carlos Antaramián refiere a Crónica la existencia de un proceso inquisitorial de dos armenios, en 1723, acusados de “cismáticos”, es decir, de pertenecer a la iglesia ortodoxa o a la apostólica armenia. Un fraile armenio, Domingo Giraganián, hizo labor pastoral en Yucatán. Otro religioso, el franciscano bedrós Djoran Djakhetsí, llegó a Veracruz en 1723 y recorrió América por espacio de tres años.

UN GENERAL DE LA REVOLUCIÓN. Las noticias posteriores de armenios en México aparecen hasta fines del siglo XIX, con un personaje polifacético, el minero y luego general revolucionario Jacobo Harootián que llegó a México hacia 1891, después de pasar varios años en Estados Unidos. Fue contratista del gobierno mexicano en la construcción de los ferrocarriles Interoceánico y del Sur entre 1891 y 1895. Vivió en Zumpango del Río, en Guerrero, y se casó con una mexicana, benita Sánchez Moctezuma.

En 1900, Harootián obtuvo su primera concesión minera. Llegaría a tener 34. Con un par de socios, construyó la carretera de Iguala a Acapulco. Porfirio Díaz inauguró el primer tramo de ese proyecto, de Chilpancingo a Iguala, en 1910. Se unió a la revolución maderista en 1911, aunque después prefirió apoyar la candidatura de Emilio Vázquez Gómez. En la crisis de 1913, tomó partido por Victoriano Huerta. La prensa de esos días lo señalan como el segundo al mando de Juan Andreu Almazán. Pero se fue de México en 1915, y se asentó en la República Dominicana, donde volvió a hacer fortuna como minero.

ARMÉN OHANIÁN, MUJER SINGULAR. El cambio de siglo trajo a México a personajes sorprendentes, como la bailarina Armén Ohanián. Nacida en 1887, en Bakú, la ciudad más grande de Azerbayán, se llamaba Sofía Pirbudaghián y se inició en el teatro entre1906 y 1908, de su primer marido tomó el apellido Ohanián y hacia 1909 se dedicó a la danza. De Moscú y Teherán, marchó a Europa donde los bailes orientales causaban sensación.

Hacia el fin de la primera guerra mundial, se casó con el periodista mexicano Macedonio Garza, corresponsal en Londres de la Revista de Revistas. Así llegó ella a México a principios de 1923. Introdujo en nuestro país las danzas orientales, dio clases en el Conservatorio Nacional y en otras instituciones. Macedonio Garza se convirtió en miembro del servicio diplomático mexicano, y Armén viajó con él. Visitó en varias ocasiones la Unión Soviética, escribió varios libros y fue militante del Partido Comunista Mexicano. En 1969 publicó el primer tomo der sus memorias, escrito en español: Recuerdos del Cáucaso pre-revolucionario y de mis andanzas por el mundo. Con su esposo se estableció en Cuernavaca, donde murió en 1976.

El genocidio armenio, una larga historia de horror

Muchas comunidades armenias, dispersas por el mundo, son la consecuencia directa de la persecución y asesinatos masivos que, entre 1915 y 1923, el partido gobernante del Imperio Otomano llevó a cabo. Las víctimas de aquella oleada de violencia, todos civiles armenios, se calculan entre un millón y un millón y medio. Algunas fuentes elevan a dos millones de personas esa trágica estimación.

Los “Jóvenes Turcos”, sobrenombre de la organización conocida como Comité de Unión y Progreso (CUP), gobernaron el Imperio Otomano entre 1908 y 1918.  El CUP practicó de manera sistemática la deportación y las marchas forzadas que llevaron a la muerte a cientos de miles de armenios, que padecieron de malos tratos, hambre y sed. Esas víctimas aún reposan en enormes fosas comunes.

Se recuerda a las víctimas del genocidio el 24 de abril. En ese día de 1915, 235 integrantes de la comunidad armenia de Estambul (hoy Turquía)  fueron apresados por las autoridades otomanas. La cantidad de detenidos creció con rapidez. Después, se determinaría su deportación inmediata, orden que los llevaría a la muerte. Así comenzó la diáspora armenia.

El genocidio armenio es aún tema de debate geopolítico. El gobierno de la actual república de Turquía, aunque reconoce las masacres, opina que no se trató de un plan de exterminio sistemático y masivo. No obstante, la mayor parte de las investigaciones contemporáneas sí definen estos sucesos como genocidio, el primero del siglo XX. A la fecha, suman 28 los países que han reconocido de manera oficial el genocidio del pueblo armenio.

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