Cartas a una joven desencantada con la democracia

Edgardo Bermejo Mora

“Cuando uno se autoexcluye, serán otros los que tomen las decisiones. No hay escape”. Así comienzan las diecisiete cartas que, a la manera de la Política para Amador de Fernando Savater, José Woldenberg ha publicado recientemente bajo el sello editorial Sexto Piso, la empresa cultural de los hermanos Rabasa cuya capacidad para renovar y ampliar el catálogo de las novedades editoriales en México no cesa.

Es un modelo pedagógico con una gran tradición en Occidente, desde que Rainer Maria Rilke escribiera las Cartas para un Joven Poeta a principios del siglo XX, pasando por las Cartas a un Joven Novelista, que publicó en la década de los noventa Mario Vargas Llosa, dirigirse a un imaginario lector joven y al hacerlo bajar del pedestal de la sabiduría más arrogante  para compartir conocimientos, experiencia  y preocupaciones con quienes no son visto como pares, es una fórmula probada en la búsqueda de establecer un nuevo diálogo intelectual con las generaciones emergentes.

En este caso, las cartas de Woldenberg, uno de los grandes protagonistas de la transición democrática en México, encuentran su principal parangón con las Cartas a un joven disidente, de ese monstruo del pensamiento crítico y la prosa irredenta que fue Christopher Hitchens. No quiero decir con ello que su estilo sea comparable. Hitchens, ya lo decía, fue el dueño de una de las prosas más lúcidas y demoledoras en la literatura inglesa de la segunda mitad del siglo XX, la de Woldenberg adolece de tales vuelos, pero cumple a carta cabal con su propósito: la de exponer un pensamiento ordenado, crítico y sensible, para intentar explicar las razones –válidas y no, del desencanto de las nuevas generaciones por la política y los políticos.

Nadie mejor que el primer presidente del IFE ciudadanizado para intentar explicar la gran paradoja que encierra el  hecho de que la democracia mexicana, con los avances y logros verificables que ha construido en las últimas tres décadas, al mismo tiempo se encuentre tan cuestionada por millones de personas que  desconfían de las cosas de la vida pública con un escepticismo blindado y casi irracional.

El desprestigio de la política en México, nos recuerda Woldenberg, es en muchos casos resultado de una transición exitosa y efectiva. “Si se compara la forma en que México procesaba su vida política hace cuarenta años y hoy, los cambios no pueden ser ignorados”.

Woldenberg intenta escribir para las legiones de desencantados que descreen de los partidos, las instituciones y las elecciones, y que reducen a la política y a sus actores  a una inagotable sucesión de memes en las redes sociales –muchos de ellos extraordinariamente ingeniosos- a cuya estruendosa carcajada le sigue irremediablemente el vacío, la  renuncia estéril, una suerte de orfandad cívica en un país, como el nuestro, que finalmente transitó a la democracia  tras las décadas del autoritarismo del partido casi único y la presidencia imperial.

“Hay un desencanto con los políticos, los partidos, los congresos y los gobiernos que nadie debería disimular, (pero) sin esos actores la democracia no es posible”, nos recuerda.  “La política (en México) se ha vuelto más compleja y esto que deberíamos festejar, por el sistema de balanzas construido, aparece a los ojos de muchos como un trazo indeseable de los nuevos tiempos”.

La antipolítica y sus desplantes avanzan en todo el mundo. El desencanto se extiende y rebasa por la izquierda y por la derecha. La encontramos lo mismo en el discurso falaz de un partido que se ufana de estar formado por “ciudadanos” y no por “políticos”, que la retórica demencial del presidente de los Estados Unidos que dice haber derrotado a los ”otros” a los políticos, a los corruptos, a los malos.

 Empezando por Trump “En todo el mundo –escribe Woldenberg–  surgen imitadores o similares que filtran la compleja vida política con un lente simplificador: los políticos por un lado, los ciudadanos por el otro. Los primeros son la fuente del mal, los segundos el manantial de la virtud, y curiosamente, el que eso afirma es, por supuesto, el representante de los segundos. (…) La receta discursiva es sencilla, elemental, maniquea, incluso tonta, pero eso sí, más que efectiva (…) en casi todo el orbe”.

El credo del politólogo mexicano, quien goza quizá de la mayor autoridad profesional e intelectual para hablar de la democracia en el país, queda establecido y apuntalado desde la segunda carta: “El único régimen político que aprecia y ofrece un causa a la pluralidad es el democrático. Los demás intentan exorcizar el pluralismo. Si me obligaran a definir qué es la democracia, diría: el régimen político que busca ofrecer un marco institucional y normativo para la expresión, recreación, competencia y convivencia de la diversidad”.

Hay que agradecer la sinceridad del autor, quien aclara que algunas de las cartas fueron elaboradas con artículos y ensayos publicados con anterioridad, pero al mismo tiempo esta confesión denota una de las debilidades del libro: las cartas no están en todo momento escritas en el tono y forma de quien se dirige a un joven desencantado. 

En cualquier caso, la exposición de las  múltiples razones que explican el desencanto y la desconfianza hacia la política constituyen la médula de este libro y representan su principal aportación: especialmente el reconocimiento de la pobreza, la desigualdad y la frágil cohesión social como fuente primigenia de la crisis de credibilidad que sufre nuestro sistema político. “¿Cuánta pobreza y cuanta desigualdad podrían soportar las democracias?”. Se pregunta.

“Una economía que no genera los empleos formales suficientes, que no mejora los ingresos y las condiciones de vida material de la mayoría, que produce millones de jóvenes sin lugar en el mercado de trabajo o en los centros de educación superior, en un marco de desigualdades rancias, tiene que generar frustración, desaliento, malestar. (…) El drama mayor de nuestra democracia germinal es que ha coincidido con un largo periodo de estancamiento económico y su estela de calamidades sociales”.

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