Un día sin comercio ambulante

Carlos Matute González

El espacio público en la Ciudad de México es un botín político. Esta afirmación no es una novedad, es una realidad tolerada por la necesidad social y las redes de complicidades entre líderes de comerciantes ambulantes y autoridades. La vía pública pertenece al gandalla que pone y quita puestos todos los días, toma las banquetas y, en algunas partes, la superficie de rodamiento; en cambio, la persona honesta que paga sus impuestos y respeta la norma si quiere pintar o arreglar la fachada de su casa y pone una escalera para hacerlo, debe presentar un aviso a la delegación o pagar la mordida al inspector o a la patrulla.

Los comercios y restaurantes, me imagino que mediante un previo acuerdo ilegal con las autoridades, se extienden a la banqueta y exhiben mercancía o instalan mesas y hasta canceles, apropiándose de los bienes comunes. No hay poder ciudadano que los detenga ni juicio de amparo efectivo contra las amenazas y, eventualmente, lesiones que recibiría quien osara oponerse a estas arbitrariedades. El resultado está a la vista, especialmente, en los barrios bravos de la delegación Cuauhtémoc como Tepito o la colonia Morelos, donde, por ejemplo, el Eje 3 Norte queda reducido para la circulación vehicular a un carril durante las horas de mayor actividad comercial. Otras vialidades se han convertido en pasajes comerciales que aparecen y desaparecen diariamente.

Esta situación es dinámica y se modifica en épocas electorales. Hay un reacomodo de fuerzas y espacios, así como una renovación de los pactos entre líderes y candidatos para que haya movilizaciones y, eventualmente, el reparto correspondiente como resultado de los apoyos reales y los resultados en las urnas. En enero, los habitantes de la Ciudad de México seremos testigos de este proceso cíclico disfrazado de “Nuevo esquema de trabajo, que tendrá como horario permanente las 6:00 horas para colocar los puestos y el retiro todos los días alrededor de las 19:00 horas: todos los martes no se realizará ninguna actividad comercial en vía pública”, horario por el que es muy posible que haya violencia y ningún respeto al marco jurídico (La Crónica de Hoy 10-01-2018).

Esta semana el delegado sustituto en Cuauhtémoc anunció el reordenamiento del comercio ambulante con un levantamiento de un censo —una especie de empadronamiento a las marchas y mítines— que busca establecer horarios y un día sin puestos en la vía pública —el martes— y con la eliminación de los toldos de color que identificaban a las organizaciones para homologarlos al blanco. ¿Un solo líder con apoyo de las autoridades?, ¿un grupo de líderes que controle centralizadamente estas huestes en beneficio de un partido? No se sabe.

En el discurso, que nadie cree, se sostiene que es en beneficio de la ciudadanía y una mejor imagen de la Ciudad, pero todavía están las negociaciones en proceso, como si la autoridad pudiera legítimamente disponer del espacio público para favorecer a un grupo de empresarios del comercio ambulante, que como cualquier empresa tienen dueños y trabajadores, pero con la diferencia que en este sector el propietario se lleva casi todo, después de descontar la cuota para que se les tolere, y el empleado ni siquiera tiene protección de seguridad social.

Los puestos de comida operan, sin ninguna regla de protección civil, con tanques de gas o anafres. Las mercancías no tienen garantías ni se verifica su procedencia legal. No hay normas de higiene. Esto es lo cotidiano y los oficinistas y empleados, que son asiduos comensales callejeros, tienen pocas opciones a precios accesibles y demandan este tipo de servicios.

Entonces, ¿qué pasará si se hace realidad un día sin comercio ambulante? Los martes no habrá atole y tamales en las esquinas y paraderos, ni tacos de cabeza o guisado, ni fritangas, ni limpiadores de calzado, ni la venta de mercancía en Tepito y la Morelos. Se antoja imposible, pero si es una amenaza velada a los líderes y comerciantes que no se alineen a la estrategia electoral de las autoridades. No hay visos de cambio. Recordando a Cristina Pacheco, sólo hay que decir: “Aquí nos tocó vivir” mientras no se transforme de fondo el modelo clientelar de la política en la Ciudad de México o haya la conciencia cívica de que los espacios públicos son de todos y ni siquiera la autoridad puede disponer de ellos para favorecer intereses particulares. Un día sin comercio ambulante bien puede ser la representación de una obra en el teatro del absurdo de Ionesco, en las que el disparate es el principal recurso dramático.

Profesor del INAP

cmatutegonzalez@yahoo.com.mx

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