Cultura

Planetario, de Mauricio Molina

Bailarina posando para el fotógrafo, de Edgar Degas.

Mercurio

(Fragmento)

Nada es verdad, todo es posible: bajo estas páginas reposan mis mujeres: Tatiana, la de los pies alados; Vanesa, de ojos esmeralda que ocultaba una serpiente de dos bocas en el vientre; María, pastora de la Tierra, de la casa, del instinto; Déborah, colérica y guerrera; Sonia, maestra de las potencias planetarias; Sofía, señora del tiempo y la sabiduría; Natalia, de suave piel jaspeada, deidad de las metamorfosis que miraba siempre hacia el futuro; Fabiana, dueña de los espejos y los sueños; Valeria, habitante del reino de la muerte.

Una a una las convoco gracias a la ayuda de Mercurio, el genio de las palabras y los ritmos, y aparecen de nuevo en mí los poderes de los astros sucesivos. Cada una de ellas, ahora lo sé, me ha dado un aura, un poder, un atributo.

Todas ellas fueron estaciones en mi viaje y gracias a ellas puedo reconocer la fórmula de mi destino. Con minuciosos pasos de ballerina, Mercurio se me presentó un día, a la hora del crepúsculo, bajo la forma de Tatiana. Ella debía tener por aquel entonces catorce o quince años y yo ya había pasado de los treinta. Era para mí el primer planeta en todas sus formas y presencias: al anochecer, cuando salía sudorosa de sus clases de ballet, con el traje envolviendo su cuerpo adolescente como una suave atmósfera rosada, los calentadores cubriéndole las adorables pantorrillas y los tenis que todavía revelaban en ella un poco de la infancia que dejaba. O un amanecer de octubre, sueño de Balthus, dormida en mi cama, revelada por la mágica luminosidad anaranjada que la bañaba desde mi ventana. O desnuda, saliendo entre los vapores de la ducha, rodeada de los libros de sus padres, en la sala de su casa, mostrando los senos apenas incipientes y la deliciosa grupa hermafrodita. O maquillada en el espejo, tratando de vencer al tiempo, anticipándose a una edad a la que nunca llegaría, intentando parecer más mujer y menos niña sólo para guardar las apariencias. O en la habitación de un hotel de lujo durante un ya remoto y vago congreso de la Sociedad Astrosófica.

Todas esas imágenes, y muchas otras que sólo yo atesoro, conforman mi memoria de Tatiana. Su aroma, lo juro, emerge todavía intacto después de tantos años y activa en mí la experiencia de haber estado alguna vez en un pequeño y sólido planeta habitado por una chiquilla, flotando como una mota de polvo alrededor del ojo inmenso y desafiante del Sol, que por aquel entonces yo sentía que me observaba con la mirada de los locos. Ya había sido expulsado de ahí hacía algún tiempo y, como todo lo que habita el astro rey, había estado congelado. Tatiana fue la primera estación de mi larga travesía. Ella fue el mensajero y el mensaje.

Es necesario que el lector entienda algunos hechos puntuales: un día, en algún momento de mi vida, fui expulsado del Sol y de la Luz rumbo a la Sombra. Me había fugado, adentrándome en la espesura planetaria de la vida, alejándome para arrancar de mí ese frío ardiente, esa gélida llama que contaminaba mi existencia. Fue en ese punto cuando apareció Tatiana, manifestación primera de mi viaje, inequívoca señal de que el plan que me había sido revelado se había echado a andar como una maquinaria de engranajes cósmicos.

Debo contar ahora cómo es que Tatiana llegó a mi vida. Había tenido problemas con las drogas y el alcohol. Mientras convalecía, me paseaba por el sinuoso laberinto del barrio de Coyoacán, admirando la luz del sol que se filtraba entre las ramas de los truenos y otros árboles urbanos. A menudo me detenía a mirar las hojas de los ficus, como uno de esos camaleones que se detienen en las ramas y se enfadan si son descubiertos, y accedía de este modo a una especie de vacío: no era visto ni escuchado, permanecía ajeno a las miradas de los otros, inmerso en una tranquilizante atmósfera verdosa. Los medicamentos, fundamentalmente antipsicóticos y calmantes, hacían su trabajo a la perfección.

Diariamente hacía el mismo recorrido: caminaba por la plaza, miraba a las ancianas cubiertas con sus velos saliendo de las iglesias, como murciélagos o aves de mal agüero, y de ahí vagaba por las calles, buscando la promesa de una desaparición imposible, de una ausencia que me permitiera olvidarme de mí mismo unos instantes. Siempre me detenía bajo el mismo árbol a mirar el brillo de las hojas, mientras muy cerca de ahí las adolescentes salían de sus clases de ballet. El contraste entre el verde de mi árbol y los rosas y azulados de las niñas bailarinas producía en mí un efecto medusante.

Una tarde, cuando el crepúsculo danzaba en el cielo con velos violáceos y las niñas de azul y las adolescentes de rosado caminaban rumbo a los automóviles de sus padres, una voz me sacó del diálogo que sostenía con Vincent Van, esa entidad interior que me describía los colores de la tarde o la textura de las flores, y que hablaba dentro de mí de vez en cuando durante aquellas épocas.

–Hola –escuché una voz a través del verdor del ficus, de la voz de Vincent Van y de las lejanas notas de las Variaciones Goldberg de Bach que, de algún modo, acaso como un recuerdo de las tardes que pasé en mi infancia escuchando los ejercicios al piano de mi madre, resonaban en mi mente como música de fondo desde lo más profundo de mi subconsciente.

Tatiana era muy alta para su edad, de hecho era de mi estatura, de prodigiosos ojos almendrados y espesa y oscura cabellera, que usaba recogida con un tocado virtuosamente arreglado. Tenía catorce años y me miraba con dolorosa ternura. Su voz me transportó al presente, a un presente ilusorio pero perfecto, donde ella y yo habíamos coincidido después de ser arrastrados por la vorágine del azar. Mercurio, deidad de los encuentros azarosos, había llegado bajo la forma de aquella jovencita.

–Te he visto por aquí y siempre estás como disecado. A veces incluso te saludo y nunca me haces caso –su voz era muy tenue, un murmullo que parecía provenir de salones de clases, de libros escolares rodeados de volutas de polvo. Yo la escuchaba mientras avanzaba junto a ella. Torpe como siempre fui con las mujeres, con aquella nínfula disfrazada de Anna Pávlova no podía quedarme muy atrás. Logré tartamudear algunas nimiedades e invitarle un refresco en una cafetería cercana. Ahí, en un pequeño lugar de mesas de madera y sillas bajas, como diseñado para gente un poco más pequeña de lo normal, nos vimos muchas veces en el transcurso de aquel largo año. Tatiana era simple e inocente como un cachorro. Siempre salía al anochecer, justo cuando Mercurio, el planeta más bajo en el horizonte, arañaba la tarde en su transcurso, como un diamante en la aguja de un gramófono que sólo tocara una tenue melodía que siempre comenzaba, una y otra vez al infinito, sólo para hacer bailar el cuerpo alado de Tatiana.

Imprimir