Llegó la Reforma liberal y, a punta de mazo, le cambió el rostro a la Ciudad de México

Bertha Hernández

En enero de 1861, una de las canciones de moda era “La Pasadita”, que comenzaba diciendo: “Una cosa es cierta/ y es que en un tris-tras/ triunfó ya el partido anticlerical…”. Ése era el clima, triunfalista, pese a todo, que se vivía en la capital mexicana por aquellos días, en la cual de repente ocurrieron sucesos, por decir lo menos, inquietantes para los mexicanos de la época.

Aquella gente ya no organizaba su tiempo conforme a los repiques de las campanas de los templos, pues el gobierno los había limitado. Los padres de los recién nacidos se enteraban de que podían bautizarlos si querían, pero que también tenían que llevarlos al Registro Civil y allí dar cuenta de la existencia de los niños. Resultaba que los cementerios ya no estaban a cargo de las parroquias, y cualquiera, aunque no fuese católico, podía ser sepultado en ellos. Tal vez, eran demasiadas cosas novedosas al mismo tiempo. Pero aún faltaba algo; la ciudad dejó de ser la que todos conocían: se derribaron muros, desaparecieron conventos, se abrieron calles y nada volvió a ser igual.

 Aunque el gobierno de Juárez se reorganizara a duras penas, la lucha por el poder no era, precisamente, lo que más impresionaba a los mexicanos de a pie: mientras Francisco Zarco dudaba entre ser ministro de Relaciones Exteriores o regresar al verdadero amor de su vida, el reabierto periódico El Siglo Diez y Nueve; mientras todos los liberales radicales le hacían el vacío a Manuel Payno por su participación, tres años antes, en el autogolpe de Estado de Ignacio Comonfort; mientras Melchor Ocampo se retiraba del Ministerio de Hacienda porque no acababa de entenderse con algunos de sus compañeros de gabinete y le dejaba la estafeta a su compadre, el sufridísimo Guillermo Prieto, en las calles de la Ciudad de México flotaba la incertidumbre: se decía que el gobierno continuaría apropiándose de las riquezas, fincas y terrenos de los monasterios y conventos para venderlos y así llenar sus arcas, donde los conservadores solamente habían dejado polvo.

La capital, como tantas otras ciudades en todo el país, iba a sufrir una cirugía mayor. La llamaron progreso, la llamaron Reforma. Pero los malquerientes de los liberales iban a hablar, durante décadas, de cómo esa Reforma había tenido por instrumento esencial un mazo, que redujo a escombros la mitad de la ciudad virreinal.

LA ANDANADA LIBERAL. En 1861, el clero mexicano no se hacía ilusiones. El regreso de los liberales no tenía ni margen ni voluntad de negociación. Por las dudas, algún oficioso fue y quemó las actas del cabildo catedralicio correspondientes a los años de la guerra civil, y dejó, para la posteridad, una nota —que aún puede verse en el archivo de la Catedral— según la cual “unos hombres del gobierno” eran los culpables de la destrucción de los documentos, aunque más bien, y a la distancia, parece una ingenua treta para disimular la operación de autolimpieza.

Una de las primeras medidas de Juárez, no bien se reinstaló en Palacio Nacional, fue extenderle pasaporte al embajador de España, por andar metiéndose en cosas que no le correspondían. El mismo camino siguió el arzobispo de México, don Lázaro de la Garza y Ballesteros, y un par de obispos. Todo estaba perdido y era cuestión de tiempo que la ley de nacionalización de bienes eclesiásticos comenzara a hacerse efectiva.

En adelante, todo sería pérdida monetaria para el clero mexicano que, en el fondo, sabía para dónde caminarían las cosas. A nadie se le olvidaba cómo, en 1856, de un plumazo, y a partir de una falsa acusación de conspiración, el enorme convento de San Francisco les había sido arrebatado a los frailes de la orden. Les habían devuelto el templo, pero el terreno, con las capillas y la inmensa huerta, había sido fraccionado y algunos predios vendidos. En 1861, en terrenos del antiguo huerto —donde hoy se encuentra la Torre Latinoamericana— ya funcionaba un negocio privado: el Jardín de Flores de San Francisco, que vendía plantas y flores. A unos pocos metros, partiendo el terreno monacal, la calle de Independencia era el primer símbolo de la transformación liberal.

Sólo unos pocos habían capoteado el vendaval que se avecinaba. Ése era el caso de los carmelitas del pueblo de San Ángel, cuyo provincial, el padre Rafael Checa, tuvo lo que hoy llamaríamos “información privilegiada”, y antes de que la nacionalización lo alcanzara, fraccionó y vendió el convento y la huerta, tan grande, que comenzaba en lo que hoy es Avenida Revolución y llegaba hasta el rumbo de Chimalistac. Ésa es la razón por la que, hasta la fecha, hay particulares que poseen en propiedad, en absurdo rompecabezas, fragmentos de la enorme construcción.

En enero de 1861, existían 21 conventos en la Ciudad de México. Un mes después, el gobierno determinó que se reducirían y que las 559 monjas que en ellos vivían serían reubicadas y concentradas en nueve de esos conventos. Con tacto, ciertamente, los interventores asignados a la tarea se apersonaron la noche del 13 de febrero, y en carruajes condujeron a las religiosas a sus nuevos hogares: en Regina se refugiarían las monjas de la Concepción y de Jesús María; A San Lorenzo, las hermanas de la Encarnación. San Jerónimo recibió a sus hermanas de Balvanera y de San Bernardo, y así, sucesivamente.

Aquellos conventos suprimidos serían fraccionados y rematados y el beneficio, determinaba la ley, se destinaría, a partes iguales, a financiar montepíos y pensiones para viudas y huérfanos, por un lado, y por otro, a “fomentar la instrucción pública y a crear establecimientos de Caridad”.

La vieja ciudad parecía ­desintegrarse.

EL NUEVO ROSTRO CITADINO. Después de la reducción de los conventos vino la nacionalización de los monasterios masculinos.  En todos los casos, no solamente se trataba de los espacios religiosos, sino de las fincas y propiedades aledañas a cada convento o monasterio, que formaban parte del mecanismo económico que permitía sostenerse a cada congregación. Era bien sabido, por ejemplo, que contiguos al convento de Santo Domingo, operaban mesones y comederos propiedad de los padres dominicos y que no eran pocas sus ganancias.

El 30 de enero se publicó la lista inicial de las fincas y capitales eclesiásticos asumidos por el gobierno: se estimaba un valor de 352 mil 205 pesos. Mientras el Ministerio de Hacienda intentaba llevar por el cauce correcto la venta de todos los inmuebles fraccionados, la ciudad se deshacía en rumores: se afirmaba que los ornamentos, algunos muy valiosos, y las alhajas de numerosas imágenes, habían sido robadas en el proceso nacionalizador. Se derribaron los gruesos muros que delimitaban a los conventos y si en algunos casos sobrevivieron las construcciones, en otros se demolieron a golpe de mazo para venderlas como terreno.

No reconoceríamos nuestra ciudad de 2018 en ésa que empezó a desaparecer en 1861. El convento de Santa Isabel, al venderse, se convirtió en una fábrica de seda, y solamente hasta el siglo XX el terreno tuvo otro destino: hoy se encuentra, en aquel emplazamiento, el Palacio de Bellas Artes. El convento de Corpus Christi, hoy Archivo de Notarías, tiene, en un extremo, la huella de la herramienta que separó el templo del claustro desaparecido. El hogar de Sor Juana Inés de la Cruz, San Jerónimo, se convirtió en casa de vecindad, en cuartel e incluso, a principios del siglo XX, alojó un cabaret, el Esmirna, con sus balcones estilo oriental que aún existían hace 40 años. En una famosa pastelería de la calle 16 de septiembre, aún se pueden ver las recias columnas de una parte de San Francisco. El templo de Regina hoy tiene a la vista los restos del muro que, levantado hace poco más de siglo y medio, separó el convento.

Pero en ese temprano 1861, la demolición de los conventos todavía iba a dar mucho de qué hablar. Invenciones, fabulaciones, rumores y sospechas corrieron por la traumatizada ciudad cuando aparecieron, en las ruinas, cadáveres: cuerpos momificados que iban a protagonizar uno de los muchos conflictos ideológicos de aquel México en transformación.

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