Salud

El cerebro que escapa de la obesidad

Estrategia. Por naturaleza el cerebro humano tiende a almacenar reservas de energía provenientes de los alimentos, de ahí la importancia de la selección de productos con alto valor nutricional para evitar el desarrollo del sobrepeso y la obesidad

Científicos mexicanos tienen la evidencia de cómo el cerebro se engancha con productos pobres en nutrientes que al consumirse en exceso favorecen al desarrollo de la obesidad.

Imagina que eres un ratón y que tras haberte colocado algunos electrodos, los científicos introducen una pequeña cámara con la que en tiempo real observan cómo son conquistadas las neuronas al momento en el que consumes productos poco o nada nutritivos, los cuales al tener una alta cantidad de energía favorecen al desarrollo de la obesidad.

Analizar este tipo de eventos, así como identificar a los grupos de neuronas que nos hacen comer de más, son las líneas de investigación del neurocientífico Ranier Gutiérrez Mendoza, jefe del Laboratorio de Neurobiología del Apetito del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) del Instituto Politécnico Nacional.

Para entender mejor lo que ocurre en el cerebro de las personas con obesidad y poder desarrollar líneas de investigación que permitan encontrar nuevos medicamentos que coadyuven al tratamiento de esta enfermedad, en este laboratorio se utiliza tecnología de punta como la pequeña cámara con la que se observa la seducción bioquímica de las neuronas.

Con el uso del micro-endoscopio de epifluorescencia, los científicos observan la actividad neuronal de los roedores cuando están comiendo, para manipular los estímulos les ofrecen y obtener distintas reacciones, los investigadores les ofrecen agua con y sin azúcar para después cuantificar sus respuestas. Asimismo emplean recursos como el registro multielectrodo, que mide la actividad eléctrica neuronal, y la tecnología optogenética, la cual utiliza pulsos de luz para inhibir o activar a grupos específicos de neuronas que están relacionadas con el apetito.

Ranier Gutiérrez, quien también es investigador del Departamento de Farmacología del Cinvestav, comentó que la obesidad es un problema de salud pública multicausal que para revertirlo se necesita la colaboración de la industria de los alimentos, las autoridades sanitarias y la comunidad científica. En relación al desarrollo de la obesidad apuntó que “ahora sabemos que el principal factor es el ambiente obesogenénico y comemos productos procesados con alto contenido calórico y muy pocos nutrientes”.

Agregó que existen circuitos neuronales que se activan por diversos estímulos -visuales, olfativos y gustativos- que hacen que las personas coman alimentos ricos en azúcar aunque no tengan hambre.  “Tenemos una preferencia casi innata por buscar productos agradables al paladar ricos en grasas y azúcares, los cuales se ha demostrado que son altamente adictivos, por eso es que es necesario descubrir a los diversos grupos de neuronas que nos hacen comer de más”, subrayó el doctor Gutiérrez Mendoza, miembro categoría dos del Sistema Nacional de Investigadores.

EN LA CENTRAL DE MANDO. Para dimensionar las conductas alimentarias que se pueden arraigar al ingerir productos procesados, bastaría con observar al familiar, compañero de clase o de trabajo que todos los días consume en la misma cantidad alguna golosina o bebida (o ambas) determinada.

Dulce o salado, la fórmula química con la que está manufacturado este producto genera sensaciones placenteras en una región del cerebro llamada núcleo accumbens, la cual con facilidad se acostumbra a sentirse bien y “contagia” esta satisfacción a diferentes grupos de neuronas, en consecuencia, el compañero repetirá periódicamente su consumo con el riesgo de incrementar la cantidad a ingerir, pues se inhibe la saciedad.

Para “mala fortuna” del hombre contemporáneo, la tendencia natural de los seres humanos es guardar reservas de energía a través de los alimentos. El artículo “Inteligencia para la alimentación, alimentación para la inteligencia” publicado en la revista Salud Mental (Vol.36 no.2 México, 2013) del Instituto Nacional de Psiquiatría explica que como “nuestro organismo evolucionó dentro de un ambiente con escasez de alimentos, los genes que nos adaptaron al medio fueron los que promueven el almacenamiento y optimización de nutrientes.

Genéticamente ésta era una ventaja en la época en la que la mayor parte de los alimentos poseían alto valor nutricional, pues aunque las personas comieran más de la cuenta (que era poco probable), sus reservas favorecían la sobrevivencia. Sin embargo, hoy día este legado es una amenaza para nuestro compañero, pues el ambiente obesogénico que lo rodea le acerca productos de pobre o nulo valor nutricional que acumulará en su organismo en forma de grasa con lo que desarrollará obesidad y sus complicaciones.

Si acostumbrarse al consumo periódico de uno o varios productos procesados puede ocurrir con cierta facilidad en el cerebro de un adulto, ahora habrá que dimensionar lo que sucede con los niños cuya masa encefálica está en formación hasta los veintiún o veintidós años.

Por esta razón se debe establecer desde edades tempranas una dieta básica que favorezca el desarrollo físico e intelectual de los niños, pues una región del cerebro (la corteza prefrontal, que es la central de mando) está en entrenamiento y si se acostumbra a los placeres que le provee el ambiente obesogénico, difícilmente podrá escapar de él.

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