Independientes e indecisos - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 20 de Enero, 2018
Independientes e indecisos | La Crónica de Hoy

Independientes e indecisos

Aurelio Ramos Méndez

Con velocidad de vértigo ha hecho carrera la expresión “no levanta”, referida a la precampaña de José Antonio Meade. Una cantaleta tan interesada como desatinada, con base en la cual hay quienes atizan el despropósito de cambiar de abanderado.

Aunque, formalmente, todavía no estamos en periodo de campaña, algunos se muestran escandalizados por el lento ritmo y bajo tono de los actos de proselitismo.

Sin comprender que se viven otros tiempos, estos observadores tal vez aspiran a ver la reedición del furor del acarreo, el alborozo ficticio que inspiran el tamal, la torta y el refresco; las crónicas zalameras, y hasta a militares arrojando confeti desde las azoteas…

El sólo hecho de que tales prácticas no hayan aparecido en lo transcurrido de las precampañas, induce a darlas por descartadas. Qué bueno. Aunque han surgido otras igualmente perniciosas. Por ejemplo, la indisimulable irrupción en la contienda del Jefe del Estado, con todo a favor de su candidato.

Vista desde la nostalgia, la precampaña no levanta, y no levantará. Lo que en modo alguno significa que la suerte está echada y la derrota de Meade pueda darse por hecho. Al contrario.

Si bien nadie sabe qué ocurrirá en los cinco meses venideros, hay razones fundadas para creer que, al final del partido, Meade descorchará champaña para celebrar su victoria.

La explicación es simple. El exsecretario de Hacienda tiene un rico yacimiento de votos en tres sedicentes independientes: Jaime Rodríguez, El Bronco; Margarita Zavala y Armando Ríos Piter. A ellos les debería su triunfo, si con su alianza formal no le alcanzara.

Es inimaginable que, llegado el momento de las definiciones, alguno de esos políticos pretendidamente sin partido pudiera resistirse a tirar la toalla o maniobrar a favor de Meade.

Los procedimientos de adhesión por la vía si no de derecho, pero sí de hecho, son incontables: declinar de modo abierto, bajarle el volumen a su propia campaña, zancadillear al de al lado, secundar el discurso del aliado, avalarlo en los órganos electorales, legitimarlo en el contencioso…

Puesto de otro modo, ¿alguien cree que, en un rapto de genuina vocación democrática, Margarita, El Bronco o El Jaguar respaldarían al hasta ahora favorito, el tres veces aspirante a despachar en el Palacio Nacional?

Por lo pronto, ya inició la guerra de encuestas. Esas mediciones cuyos vendedores —repuestos de sus sonados fracasos nacionales y globales—, presentan con seriedad de rabdomante. Con la convicción de esos señores dizque dotados de una sensibilidad especial para percibir ciertas radiaciones y descubrir en el subsuelo desde veneros de agua hasta filones metalíferos.

Uno de estos aficionados a la radiestesia ya percibió que ganará Meade. Por lo mismo, determinó —como sosteniendo aun entre las manos la varita para buscar agua— que Andrés Manuel López Obrador tiene 23.6 por ciento de las preferencias de voto; Ricardo Anaya 20.4 y Meade 18.2.

Determinó, además, que en conjunto los tres independientes concentran 10 por ciento y que casi uno de cada tres (27.8) encuestados se abstuvo de declarar su preferencia.

De acuerdo con los datos de este zahorí, el panista ya está en empate técnico con el tabasqueño, con sólo 3.2 puntos de diferencia. Y el priista no se halla lejos del panista, apenas a 2.2 puntos.

Lo cual significa —sostiene el mercadólogo— que todavía no puede hablarse de una pelea de tres; pero ya casi. Y, mejor aún, que la distancia entre el primero y el tercero es de apenas 5.4 puntos. De ahí al rebase no hay más que un paso.

Encuestas aparte la precampaña no levanta y eso es cierto. Sin embargo, esto se debe a razones que nada tienen qué ver con el desempeño, la dedicación, el perfil general, ni las actitudes y aptitudes del abanderado de la alianza PRI-Verde-Panal.

No es cualquier cosa eso de llevar sobre las espaldas el pesado fardo del PRI y del PAN, en especial el lastre de los gobiernos que se han desempeñado en lo que va del siglo, Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Menos aun si en dos de ellos uno ha sido pieza clave.

Esto explica porqué prácticamente no hay un solo tema, entre los más acuciantes —de la corrupción a la seguridad y la guerra antinarco, pasando por la precariedad del empleo y el desastre de la educación y el campo— en que el discurso del abanderado de la alianza Todos por México no resulte fácilmente rebatible para sus adversarios. O parezca tramposo, inexacto o francamente mentiroso.

Si de la reforma educativa se trata y se condena con toda energía la venta y tráfico de plazas, resulta imposible no reparar en la añeja y perversa relación del PRI con el SNTE.

Si de combatir la corrupción hablamos, ¿alguien reconoce aquello de que el presente gobierno “ha sido muy entrón” en el tema porque ha perseguido un pelotón de gobernadores?

No se requiere andar en la oposición para sostener que los hallazgos de corrupción en la cima del poder público dejaron al gobierno en condición de lisiado desde noviembre de 2014, cuando apenas concluía el primer tercio de la administración.

Por lo mismo, al escuchar propuestas sobre confiscación de bienes y pena máxima de cárcel a corruptos —como ayer se escucharon desde Cancún— uno se pregunta, entre muchas cosas, si habría retroactividad o una virtual amnistía para los amigos.

Para no hablar de OIdebrech ni Chihuahua, asuntos en los cuales nomás no encaja aquello de que es traición a la Patria ofrecer a los delincuentes perdón y olvido, si resulta patente en estos casos luchar contra la corrupción es lo que menos importa.

Para no hablar tampoco de los vehementes pero fingidos y mentirosos y extemporáneos llamados a la terminación de la estructura del Sistema Nacional Anticorrupción, descaradamente saboteada a lo largo del sexenio.

Visto así el asunto, está claro que Meade ha hecho lo que ha podido. Y que la entrada del Jefe del Estado a la contienda significa menos un respaldo que un pesado lastre. Tanto como el de Calderón.

No andan desencaminados quienes creen llegado el momento de desmontar el PRIAN. Esa hibridación semejante a un burdégano partidista, producto del aberrante ayuntamiento consumado a finales de los 80, en el que oficio de mamporrero el mandamás de turno.

Así y todo, puede darse por seguro que el primer domingo de julio veremos al Peje empacando rumbo a su rancho —donde ahora funge de cachicán Nico Mollinedo.

El triunfo lo perfila, nítido, la gran alianza que ya se avizora entre los factores reales de poder, esos que hacen las elecciones en nuestro país. Lo veremos.

aureramos@cronica.com.mx

 

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