Cultura

Conferencia sobre la lluvia, de Juan Villoro

The bookworm (1850), de Carl Spitzweg (1808 - 1885).

(Fragmento)

Un conferencista ante una mesa, con un vaso de agua. Es un hombre enjuto, canoso, de una edad variable entre los cincuenta y los setenta años. Tiene un par de libros con separadores que señalan páginas y una carpeta con hojas revueltas. Por momentos lee, en otros se aparta de las páginas y parece no sólo ignorarlas sino hablar en contra de ellas.

Conferencista: ¡Perdí los papeles! (Revuelve hojas.) Sí, perdí la conferencia. Pido disculpas. Perder los papeles es perder la compostura. No sé qué me sucede; mi vida entera gira en torno al orden. Clasifico una biblioteca, y sin embargo, se me escapan las cosas. Seguiré adelante, puedo hacerlo. Las mejores conferencias son improvisadas. Para leer, podemos traer a un notario. Leer es una actividad mecánica. Puede ser cumplida por un autómata, un autómata ilustrado, eso sí. La lectura no exige tener ideas propias, pero sí seguir el ritmo de las frases, algo más difícil de lo que parece…

Hay dos escuelas básicas de exposición: la del conferencista que produce el discurso a medida que lo dice y la del que se limita a leer. La primera es más original y emocionante pero más insegura. El que diserta sin guion fijo se mueve en la línea del vértigo. Puede perder la concentración y caer al abismo en la siguiente frase. Nadie piensa en los riesgos del conferencista, en el peligro de tener –de pronto y sin razón alguna– la mente en blanco, o de que un nombre se te escape como se me escapan los objetos. Cuando no son las llaves, es la cartera, o los papeles de la conferencia. ¿Dónde pongo las cosas? O mejor aún: ¿en qué pienso mientras dejo las cosas en un sitio?

Coloco la taza de café en la repisa de un librero, pero mi mente está en otro lugar, no registra ese acto poco apasionante pero necesario. La taza de café se esfuma de mi memoria porque en realidad nunca estuvo ahí. ¿Dónde estoy cuando olvido lo que tengo enfrente? Lo peor es extraviar los anteojos. ¿Cómo buscarlos sin ver nada? Acabaré reconociendo el mundo a tientas. No busco excusas, soy sincero con ustedes, seguiré con la conferencia.

Me interesa definir mi metodología. No pensaba leer; pertenezco a un género intermedio, el del conferencista que improvisa a partir de un borrador. Necesito anotar el orden de los temas, las citas, los nombres escurridizos. Es un poco como la lista del supermercado. ¿Habré olvidado ahí los papeles? Esta mañana estuve ahí. Llevaba varias hojas, lo recuerdo bien, anotadas por Yola. Mi sirvienta pertenece a la escuela naturalista y cree que el mundo es descriptible. Escribe más que yo. Eso no es raro; soy bibliotecario, no escritor. Ella es una consumidora obsesiva, que lee todas las etiquetas y conoce todas las marcas; su relación con la narrativa es torrencial. Yo camino por los pasillos del supermercado sin leer absolutamente nada. En ese sitio de temperatura controlada, más fresca de lo que me gusta, soy analfabeta. Me pregunto si Yola recorrería la biblioteca con la misma indiferencia. No lo creo; acomoda mis libros, conoce el orden alfabético. Me intriga ser más ignorante que ella en un campo ajeno, el de las conservas, los envases, las cajas de cereal narradas. Tal vez tomé todos los papeles y los llevé al súper donde, en ningún momento, pensé en lo que tenía frente a los ojos. Estuve ante un indiscriminado universo de acelgas, detergentes, palmitos y carne molida. Seguramente ahí dejé mis apuntes.

¿No es raro pasar dos horas en un sitio en el que apenas estuviste mentalmente? ¿Cómo puedo deambular por los pasillos para encontrar cada uno de los productos anotados, si no tengo una predisposición personal para darcon ellos? Cuando busco un libro, tengo una cita especial. Conozco el color, la textura, el peso, la ubicación y la vecindad que tienen los libros que son míos. Olvido dónde dejé las llaves pero detecto cualquier cambio en un librero. Descubrí que Yola tenía sentido del humor por la inocente broma que me hizo. Alteró el orden de las novelas de Balzac. Tardé tan poco en descubrirla que no repitió la broma; su astucia carecía de misterio ante un obsesivo como yo. La biblioteca donde trabajo no puede ser dominada del mismo modo que la mía, pero sé adónde van sus rutas; no hay desvíos raros ni ubicaciones imprevistas. Incluso los libros distantes o inconseguibles ocupan un anaquel imaginario.

El supermercado es un misterio de otro tipo, una terapia de realidad que me interesa por vía negativa: nunca podré pensarla. Se extiende, olorosa y colorida, sin interpretación posible. Me hace bien recorrer esos pasillos donde todo me es indiferente.

Me gustan más unos platillos que otros, claro está, pero la compra es para mí una operación neutra. He logrado, incluso, suprimir la irritación por los precios. Sé que todo está cada vez más caro, pero no me altero. Soy un budista entre los vegetales, en dichoso olvido de mí mismo. Me hace bien esta terapia, recorrer un mundo que puedo no leer.

En el supermercado hago abstracción de las etiquetas y sus urgencias narrativas pero las voces comerciales acaban llegando a mí. El otro día me hablaron a las ocho de la mañana para ofrecerme una cripta en Mausoleos de la Piedad. Por lo visto, califico para su programa de cadáveres a corto plazo. Un muerto joven, eso soy. La voz que me habló ya estaba muerta: “Esta llamada está siendo grabada para su seguridad”. Así dijo. Luego me ofreció una “tumba premium”, en cómodas mensualidades. Iba a decir un insulto pero me limité a colgar. Es lo que hago a últimas fechas. Cierro los ojos, cuelgo, trato de no oír. ¿Dónde diablos dejé la conferencia?

Es un género en desuso. Hoy en día te puedes comunicar por Skype con un ocioso que debería estar dormido a las cuatro de la mañana, en Australia. Es algo estupendo, lo sé, pero prefiero hablar en salas pequeñas, que pactan con la discreción y sólo a veces alcanzan la cifra un tanto excesiva de diecisiete o dieciocho escuchas. No doy conferencias para lucirme; no promuevo mi visión del mundo, y acaso no la tenga. He leído a otros y me interesa congregarlos. Se trata, seguramente, de una manía de solitario, y también de un aprendizaje; hay ideas que sólo surgen cuando ejercitas tu cerebro ante los otros. La conferencia es un laboratorio mental; surge ante los oyentes y el primer sorprendido es el que habla. Es bueno que haya perdido los papeles.

Se quita el reloj. Lo pone sobre la mesa.

El tema de mi charla es la lluvia. Hoy en día hasta un empresario habla de “lluvia de ideas”. Las metáforas se abaratan. No hablaré de “lluvia de ideas”. Me interesa entender el agua imaginada por los poetas. Comenzaré lejos, en una Gruta del Origen, el Purgatorio, de Dante.

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