Fray Servando Teresa de Mier regresa de ultratumba y se convierte en atracción de circo

Bertha Hernández

En aquel inicio de 1861, la fantasía corría desbocada por las calles de la capital mexicana. La supresión de conventos y la demolición de aquellos recintos  dio para especulaciones: que si los representantes del gobierno liberal estaban robándose los ricos ornamentos de cada templo, que si frailes y monjas habían dejado sus hogares dejando bien ocultos y enterrados en rincones ignotos, cofres con mucho dinero y muchas alhajas. Lo que era una realidad atronadora es que un día sí y otro también, los repiques de las campanas habían sido sustituidos por el sonido de los  mazos que echaban por tierra bardas, patios y habitaciones.

Los operarios solamente obedecían órdenes: el convento de Santo Domingo desaparecería en su totalidad. Solamente quedaría el templo, sin la alta pared del atrio, y el claustro sería reducido a polvo. Nada quedaría del hogar novohispano de la poderosa orden dominica. Desaparecieron dos capillas, la del Rosario y la de la Tercera Orden y en los derrumbes desaparecieron lienzos pintados por la élite de los pintores novohispanos.  Se perdió una Vida de Santo Domingo pintada por Miguel Cabrera y algunas piezas pintadas por Juan Correa. Se insistió en que los frailes, antes de abandonar el convento, habían dejado por ahí un tesoro enterrado.

El resultado de la demolición fue una pequeña calle que, desde ese lejano 1861, y ya han pasado 156 años desde entonces, se ha calificado como la más inútil de la Ciudad de México, pues no resuelve nada, no conduce a ninguna parte y no aportó nada al paisaje urbano. A mediados de aquel año, se le encontró una misión ideológica a la callejuela: se le bautizó con el nombre de uno de los generales más jóvenes y brillantes del partido liberal, ejecutado por órdenes del general conservador  Leonardo Márquez, quien no se resignaba a la derrota de su partido. La pequeña calle todavía se llama Leandro Valle.

Entonces encontraron las 13 momias.

Si se estaba destruyendo el convento que había albergado a los dominicos desde hacía más de 150 años, resultaba muy natural encontrarse con las tumbas de los frailes. De hecho, la parte trasera del convento se conocía como Sepulcros de Santo Domingo. Pero lo que nadie se imaginaba era que aparecerían momias: cuerpos desecados, con la piel apergaminada, las bocas abiertas, los ojos fijos en cosas que no eran de este mundo.

A la sorpresa siguieron la curiosidad y el morbo. Aquellos cadáveres incorruptos desataron la fantasía de los ingenuos y la indignación de la élite liberal. Empezaba el primer acto del gran espectáculo de las momias de los padres dominicos.

EL ENIGMA DE LAS MOMIAS. Eran fines de febrero cuando las momias se convirtieron en un espectáculo aterrador y gratuito, por lo tanto irresistible, para los habitantes de la Ciudad de México, de por sí ya impactados por la embestida de la reforma liberal. En grupos pequeños y grandes, jaloneándose por entrar a lo que quedaba del atrio de Santo Domingo, la gente se arremolinaba para ver a las momias. 

Se crearon tres grandes grupos que defendían otras tantas hipótesis acerca del origen y la identidad de los cadáveres momificados. Los había, creyentes de buena fe, que estaban convencidos de que se trataba de santos varones que, en vida, habían sido ejemplo de virtud. Nada raro era, por tanto, que sus cuerpos no se corrompieran.

Otros aseguraban que aquellos pobres hombres habían sido enemigos de los padres dominicos y éstos, en venganza, les habían mandado al otro mundo emparedándolos en los muros del convento.

Como el enfrentamiento ideológico estaba lejos de desaparecer, muchos liberales, prensa incluida, especularon acerca de una posibilidad más aterradora y acorde con el clima político: Afirmaron que aquellos 13 cuerpos pertenecían a víctimas del tribunal del Santo Oficio, la temida Inquisición, que había ocultado sus atropellos en los muros del convento. No podía ser de otra manera, dijeron. Ésa era la causa de aquellos gestos de dolor, de aquellas bocas abiertas y desdentadas, de esos rostros que denunciaban crímenes del pasado. Periódicos liberales como El Siglo Diez y Nueve y El Monitor Republicano no sólo hicieron crónica del hallazgo, sino que animaron a la gente a que fuese y contemplara el triste legado del conservadurismo católico.

Pero la realidad era, como suele ocurrir, bastante más sencilla, para desencanto de unos y de otros.

APARECE FRAY SERVANDO EN ESCENA. Indignado por las habladurías, un anciano dominico, Fray Tomás Sámano, usó las páginas de un periódico conservador, El Pájaro Verde, para aclarar el origen e identidad de las 13 momias. Comenzó a circular, al mismo tiempo, un folleto sin firma, producido por la imprenta de Inclán, de la calle de San José El Real número 7. Aquella publicación, titulada “Apuntes biográficos de los trece religiosos dominicos que en estado de momias se hallaron en el osario de su convento de Santo Domingo de esta capital”, contenía una rápida crónica del alboroto armado en torno a los cadáveres, de los que hacía una descripción fiel.

Aunque el folleto no estaba firmado, trascendió que había sido elaborado por un “Doctor Orellana” del que no se supo mucho más y que posiblemente fuese un seudónimo del dominico Sámano.

La publicación llamaba la atención del lector sobre detalles que disolvían las maledicencias. Primero, las momias provenían del osario de los dominicos, no de muros ocultos o celdas malolientes. Segundo, que, pese a lo impactante del aspecto de las momias, espectáculo que  a muchos causaba “terror o asco”, había en ellas numerosos detalles que permitían identificarlas como dominicos: “Tenían algunos el cinto, otros zapatos o fragmentos de los hábitos, señas del cerquillo, y uno de ellos el hábito entero, por lo que luego todos se convencían de que las comentaciones hechas en el público no  eran otras cosa que mentiras fraguadas por algunos charlatanes que por ignorancia o malicia esparcían tan extraviados conceptos”.

Era evidente que Orellana contaba con los papeles del convento que, incluso, le permitieron enunciar los nombres de todos y cada uno de los cuerpos, de acuerdo al orden en que habían sido depositados en el osario.

Así, pudo establecer que la momia a la que le asignó el número 2, no era otro que Fray Servando Teresa de Mier. Orellana detalló que en 1817, en los días que llegó a la Nueva España en la expedición de Xavier Mina, el padre Mier fue herido en un brazo que le quedó inutilizado: la momia tenía un brazo doblado.

Así, Fray Servando, célebre por defender el proyecto republicano y federal, por haberse enfrentado al emperador Iturbide, por haber sido enjuiciado por la Inquisición y haber vivido para contarlo; notorio por incómodo, claridoso, mitómano y candoroso cuando le convenía, volvió a la escena pública.

Orellana dio cuenta de que una de las momias fue donada a la Escuela de Medicina para ser estudiada. Otras cuatro momias fueron entregadas a “un viajero” que, imitador de P.T. Barnum, las exhibió por Europa en lo que llamó “El Gran Panóptico de la Inquisición”, continuando la leyenda macabra en torno a los dominicos momificados. Se dijo que una de esas momias viajera no era otra que la de Fray Servando.

Poco después, Manuel Payno, atraído por el caso de las momias, dijo tener novedades: estaban de gira por Chile y Buenos Aires, y allí las admirarían como huella de un pasado superado. Llegó otro chisme: el barco que las transportaba zozobró en las costas argentinas, y allí, tal vez, Fray Servando habría encontrado, tan lejos del México de sus amores, el descanso eterno, a varios cientos de metros de profundidad marina.

En algún momento de ese agitado febrero de 1861, alguien fotografió a algunas de esas momias, entre ellas la del padre Mier. La imagen, rara y difícil de encontrar, sí tiene un dejo alucinante: digno corolario a la agitada vida de escapista y aventurero del, como lo han llamado tantos, increíble Fray Servando.

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