No es un cuento chino, Francisco

Fran Ruiz

De regreso esta semana en el avión a Roma, el papa Francisco respondió a la pregunta de una periodista sobre por qué fracasó su visita a Chile, diciendo, con su habitual campechanería, que eso “es un cuento chino”. Siento contradecir al que por su condición de heredero del Trono de San Pedro se tiene como infalible, pero no es, en absoluto, un cuento chino.

En sus más de once horas de vuelo con destino a Santiago, el argentino Bergoglio tuvo tiempo de leer (y de preocuparse) sobre cómo Chile pasó en tiempo récord de ser una nación profundamente católica y conservadora a la que más fieles han desertado de la región. Su visita pastoral era una oportunidad de oro para recuperar tanta oveja extraviada y enojada. Pero hizo lo contrario y cuando se lo hicieron saber reaccionó de forma inquietante: con soberbia.

Mucho antes de emprender su gira ya sabía que no iba a ser una visita fácil. Con apenas 18 millones de habitantes (menos que el área metropolitana de México), Chile acumula hasta 80 casos de abusos sexuales cometidos por miembros de su Iglesia, pero un caso en particular es una herida a la que él mismo echó sal hace tres años y que explica por qué Chile es el país latinoamericano donde menos entusiasmo levanta el Papa.

El padre Karadima fue de 1980 a 1990 guía espiritual de jovencitos de la clase acomodada de Santiago, y el seminarista Juan Barros fue su ayudante en la parroquia donde, aparentemente, impartía “lecciones de espiritualidad”.

“Juan Barros estaba parado ahí, mirando, cuando me abusaban a mí. No me lo contaron, me pasó”, relató a la BBC un ya adulto Juan Carlos Cruz, quien, junto con otras víctimas denunciaron años atrás lo que estaba pasando al cardenal Juan Francisco Fresno. Sin embargo, esas primeras denuncias no prosperaron: “Las cartas las rompía su secretario personal”, declaró Cruz. Pronto se descubrió que pasaba: el secretario del purpurado que se encargó de destruir las cartas no era otro que el ya sacerdote Barros.

Cuando el Vaticano comprobó la veracidad de los graves delitos confinó de por vida a Karadima, pero no tocó a Barros. Peor aún, Juan Pablo II lo ascendió obispo castrense.

Por eso, la elección en 2013 del primer Papa latinoamericano y su promesa de renovar la Iglesia, dignificando el papel de la mujer, mostrándose compresivo con los divorciados, compasivo con los homosexuales e intolerante y vengativo con los pederastas, entusiasmaron a millones de fieles desencantados. Sin embargo, cinco años después, las mujeres siguen sin poder ser ordenadas sacerdotes, la homosexualidad sigue siendo igual de tabú y los curas pederastas siguen sin pisar la cárcel. Pero lo que nadie esperaba es que Francisco despreciara a las víctimas de Karadima que señalaban a su cómplice Barros, nombrándolo obispo de la diócesis de Osorno, sur de Chile.

Semejante humillación provocó un hecho insólito en la historia moderna de la Iglesia Católica. El 21 de marzo de 2015, cuando el obispo Barros entró por primera vez en “su” catedral de Osorno, una turba de feligreses empezó a llamarlo encubridor de pederasta y a pedir, entre gritos y empujones, que se fuera de allí.

Francisco tuvo que haber visto esa ira de los chilenos y tuvo, el pasado fin de semana, la oportunidad de enmendar su error al ascenderlo hace tres años. Parecía que iba a ser así cuando, nada más llegar a Chile pidió perdón y dijo sentir “dolor y vergüenza” por tantos casos ocurridos en el país. Sin embargo, millones de chilenos pudieron observar desde la tele, durante su primera misa masiva en Santiago, que a pocos metros del pontífice estaba sentado, presidiendo el altar junto con otros compañeros, el obispo Barros.

Minutos después apareció en las redes el siguiente tuit: “Barros participa de la ceremonia en el parque O’Higgins. ¡Qué vergüenza! ¿De qué pide disculpas el Papa? No le creo nada, dice una cosa y hace otra”. No lo escribió una víctima, sino la ex primera dama Marta Larrechea. Muy mal debe estar la situación en Chile para que la esposa de quien fuera presidente Eduardo Frei, democristiano como ella, haya hecho público así su enojo con el Papa.

El escándalo puso a Francisco a la defensiva, pero siguió hundiéndose un poco más al declarar, visiblemente molesto y desafiante, que “el día que me traigan una prueba del obispo Barros, ahí voy a hablar. No hay una sola prueba en contra, todo es calumnia. ¿Está claro?”.

Esta perfectamente claro. El Papa, cuya misión existencial es mantener la fe de los fieles en su religión, se niega a tener fe en las víctimas. Les retó a que aporten pruebas, ya que consideró que no es suficiente la palabra de ellos contra los que abusaron o guardaron silencio. De poco le sirvió que, tras darse cuenta de su error, pidiese (otra vez) perdón a las víctimas y admitiese que “mucha gente abusada no puede aportar pruebas”. Sin embargo, insistió en que no puede condenar a Barros “sin evidencias” (ya no habla de pruebas) y, por consiguiente, está “convencido de que es inocente”.

Y así, satisfecho consigo mismo, regreso Bergoglio a Roma, retomando una última vez el caso para decir que no es cierto que muchos chilenos se hayan sentido decepcionados por no haber movido un dedo por las víctimas: “Eso es un cuento chino”, dijo.

Y colorín colorado, el cuento del revolucionario Francisco (al menos para mí) se ha acabado.

fransink@outlook.com

 

 

 

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