Paraísos artificiales - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 25 de Enero, 2018
Paraísos artificiales | La Crónica de Hoy

Paraísos artificiales

José Carlos Castañeda

Ante la inminencia de la batalla electoral, propongo una breve distracción para abrir un remanso de calma antes del inicio de la tormenta. Para tomar un poco de distancia frente al ruido ensordecedor de los spots, nada mejor que el silencio de la lectura. En una estación de discrepancia: una novela como meditación sobre el arte y la utopía.

Hace ya varios años, en el museo del Art Institute de Chicago, se presentó una exposición homenaje a la amistad de dos artistas que compartieron una visión subversiva de la tradición clásica. En una época de grandes transformaciones políticas y culturales, su relación en los límites de la lucidez ejemplifica el desafío de la creación. Para analizar el itinerario de una hermandad y la controversia entre dos temperamentos, protagonistas del arte moderno, invitaron a Mario Vargas Llosa. En su conversación retomó los puntos de fuga donde la obra y la vida de Vincent Van Gogh y Paul Gauguin se cruzan como en un laberinto de espejos que distorsionan la realidad para exponerla en su entraña.   

Ya en su novela Los cuadernos de Rigoberto, donde narra la vida del Egon Schiele, Vargas Llosa había mostrado su deseo de indagar en la mirada del artista plástico para comprender los secretos que animan a un pintor a descubrir o expresar en el lienzo las tensiones internas, el desasosiego y la zozobra, que reflejan los rostros y la personalidad del cuerpo. Egon Schiele como un artista de las emociones.

En la amistad de Gauguin y Van Gogh, Vargas Llosa revisa una etapa en particular: la estancia en Arles, Francia, donde su convivencia tuvo una influencia central en el futuro de su obra. En esa temporada vivieron en la intemperie de los sueños rotos. El desencuentro con Van Gogh fue la última gota antes de renunciar al espejismo de la modernidad y abandonar Europa para comenzar una búsqueda propia en lo más profundo de los reinos perdidos. ¿Qué oscuros motivos los separaron de manera tan abrupta? ¿Por qué Gauguin decidió irse a vivir a una isla perdida en el pacífico?  ¿Cómo surgió esa ilusión utópica en su pintura?

Gauguin se embarca en un viaje a la utopía perdida para reconquistar la pasión de una comunidad en su estado natural, antes de la invasión atroz de la civilización. Sus pinceles crearon una comunidad utópica, donde el progreso no ha destruido la armonía natural. Como artista inventó ese reino ideal, que sólo tiene lugar en su ima-ginación creadora, más allá de la historia. La utopía sólo abraza la realidad, cuando el artista tiene la tentación de encarnarla en su obra.

No fue esta exposición la causa del repentino interés de Vargas Llosa en la obra de Gauguin. Existe un trasfondo remoto. Ya en sus memorias de campaña, El pez en el agua, relata sobre su deseo de escribir sobre la vida insólita de una mujer peruana: Flora Tristan, una activista política del socialismo utópico. Una mujer que se
adelantó a su época, no sólo por sus actividades en la lucha a favor de los derechos de la mujer, también por su crítica de la explotación capitalista y la vida moderna en Inglaterra. Este personaje insólito del siglo XIX latinoamericano fue abuela de Paul Gauguin. De esa mujer radical, su nieto aprendió a criticar la opresión en esta sociedad industrial, atrapada en sus contradicciones sociales y culturales. Vargas Llosa retoma esta historia en la novela: El paraíso en la otra esquina. El relato de las tribulaciones de una dama socialista y su nieto un pintor anti moderno invita a pensar el fracaso político de las utopías en el siglo XX. Mientras unos imaginan que la derrota de esa esperanza es una condena; otros, se resguardaron en la vida privada: el arte como utopía. Quizá porque los paraísos artificiales no son de esta tierra.


@ccastanedaf4

 

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