Meade, la metamorfosis - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 26 de Enero, 2018
Meade, la metamorfosis | La Crónica de Hoy

Meade, la metamorfosis

Aurelio Ramos Méndez

Tan sólo un mes y medio le llevó a José Antonio Meade percatarse de que —según sus propias palabras— los ciudadanos “exigen que se prevenga y se combata frontalmente a la corrupción, castigando con fuerza a los corruptos y regresándole a la sociedad lo que se le quitó”.

Hasta antes de su postulación, el precandidato de la coalición Todos por México sostenía, en torno de la corrupción —al igual que de otros acuciantes problemas—, criterios contra los cuales conspira la inexorable realidad.

Meade se decía convencido de que, en materia de combate a la deshonestidad, el presidente Enrique Peña Nieto “ha sido entrón”. Y que prueba de ello es el alto número de exgobernadores y funcionarios indiciados en la presente administración.

Prueba también de ese talante entrón era, según su leal y disciplinada opinión, que escándalos periodísticos presentados como sagaces investigaciones y revelaciones sobre empresas fantasma y otras pillerías, simplemente mostraban información pública. Datos susceptibles de ser conocidos por cualquiera que se tomara la molestia de visitar las páginas web del gobierno federal, entre éstas las de Hacienda.

Y ni por equivocación reconocía el patente, indisimulable obstruccionismo del gobierno federal a la instrumentación del Sistema Nacional Anticorrupción, aún hoy en obra negra.

El miércoles pasado, sin embargo, Meade dio muestra de radical mutación en su punto de vista respeto a que la corrupción ha venido siendo combatida con energía, y que el presente gobierno trabaja en casa de cristal. ¡Bienvenido el cambio de parecer!

Sólo que, al escuchar a quien durante dos décadas ha sido altísimo servidor público, resulta imposible dejar de preguntarse si ante la forma de abordaje gubernamental de problemas tan monumentales como la corrupción, la inseguridad, la guerra contra el narco, la desigualdad y muchos más, en todo este tiempo él ha mostrado convicción o pusilanimidad.

El extitular de Hacienda dijo este miércoles —“para dar una muestra de que hablo en serio”— que presentaba un proyecto legislativo para el combate a la corrupción, porque “en muchos de los retos que tiene el país, empezando por la seguridad, está la raíz de la corrupción y la impunidad”.

La hidra de mil cabezas que representa el fenómeno de la falta de probidad, es cierto, debe ser inconmensurable. Y fabuloso su importe económico para el país.

No se explica de otro modo que muchos políticos, aspirantes a puestos de elección y líderes de opinión han adoptado como propio el discurso del puntero en la contienda presidencial, del cual hasta hace poco se mofaban.

¿Cuál? El discurso relativo a la envergadura de los cambios que pueden operar con sólo contener la sangría de recursos malogrados por la corrupción. Algo que aquellos personajes tenían por mero  voluntarismo o franca ocurrencia.

A guisa de ejemplo puede mencionarse la plataforma electoral del bloque Por México al Frente, que propone emprender una campaña nacional por el establecimiento de un genuino estado de derecho y de guerra a la impunidad.

Por este camino Ricardo Anaya espera impulsar y financiar la democracia, la seguridad, la inversión, la creación de empleos, la calidad de vida y la marca país. Casi nada.

En otro nivel electoral, Mikel Arriola también tiene cifrada su esperanza en los recursos que reportaría el poner un hasta aquí a los despojos, trafiques, robos, venalidades y toda suerte de prácticas inmorales de que es blanco el Estado.

En su aspiración de gobernar la capital, Arriola ha planteado compromisos a cual más descomunales: 100 kilómetros de Metro; trenes suburbanos; un millón de cámaras de seguridad; circuito exterior; agua potable para todos y comedores en todas las escuelas de tiempo completo.

Miembros del Colegio de Ingenieros le preguntaron al exdirector del IMSS cómo espera financiar la concreción de tales promesas. “Con orden en las finanzas y ¡cero corrupción!”, dijo.

Al presentar su iniciativa, Meade expresó que a los ciudadanos los indigna, “y con absoluta razón”, que dinero que debió ser utilizado para apoyar a quienes más lo necesitan termine en manos de corruptos. Por lo mismo, dijo, “voy a fondo contra la corrupción y la impunidad”.

En cuanto a la exigencia social de combate frontal y fuerte castigo a corruptos, fue asimismo categórico: “Yo comparto y respaldo esa demanda”.

El cambio de mentalidad en el cuatro veces secretario de Estado había operado, en realidad, cinco días antes, el 19 de enero.

Ese día, como si se tratara del burócrata Gregorio Samsa al cabo de una noche de sueño intranquilo, el precandidato presidencial amaneció no panza arriba ni con el vientre segmentado como un arácnido; pero sí con una nueva manera de pensar frente a la corrupción.

De gira por Cancún, habló del tema de la deshonestidad en términos rudos. Se manifestó por la confiscación, sin miramientos, del dinero, propiedades y bienes obtenidos ilícitamente por corruptos, criminales y testaferros.

Habló de confiscar “todos los activos registrados a nombre de corruptos y delincuentes, y también aquellos que no lo estén pero en los que se presuma que son propietarios y aparecen registrados por prestanombres”.

El precandidato que, en Sonora, ayer, se hizo acompañar por Manlio Fabio Beltrones, precisó que su plan es “un nuevo modelo para recuperar todos los activos de los corruptos y los criminales”, pues —adelantó— la confiscación de bienes se aplicará asimismo a la delincuencia organizada. La cual,  según sus cálculos, maneja unos 250 mil millones de pesos al año.

El cambio en el ideario de Meade para combatir la inmoralidad ha sido profundo. Aunque, sin salirse de la línea que en teoría han seguido los gobiernos que él ha servido en puestos envidiables.

Dijo que es urgente quitarles dinero e inmuebles a los grupos delictivos, castigo para el cual —¡haberlo dicho antes!—“la Ley de Extinción de Dominio ha demostrado que no es la mejor práctica; que no es eficiente ni ha probado ser exitosa”.

Bien por la propuesta de ajustes a la legislación. Más la verdad de las cosas es que, en materia de corrupción —se ha dicho hasta la exasperación—, el problema es menos de leyes que de voluntad política.

Los ciudadanos del común intuyen que la corrupción y aun la ineptitud en el servicio público terminarán el día que los corruptos sean despojados de todos —todos— sus bienes, no únicamente de los probadamente malhabidos.

Y cuando los incompetentes tengan que pagar de su peculio las consecuencias de su incapacidad o sus cochupos.

Terminarán, asimismo, esos fenómenos, cuando los funcionarios y políticos ladrones dejen de beneficiarse de prácticas tales como esa aberración de  casa por cárcel. Es decir, eso de pasar unos cuantos meses a la sombra y terminar de “cumplir sentencia” en una mansión de insultante lujo, para seguir luego disfrutando de sus fortunas esquilmadas al erario público.

 


aureramos@cronica.com.mx

 

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