Ibargüengoitia

Edgardo Bermejo Mora

Esta semana  se recordó el 90 aniversario de  Jorge Ibargüengoitia cuya figura a más de tres décadas de su fallecimiento en un accidente aéreo crece y se consolida como uno de los autores centrales de la literatura mexicana del siglo XX. Es notable por lo demás que los años pasan y que su ausencia aún se recienta no sólo en la literatura sin en el periodismo,  el cual que ejerció con gran originalidad y disciplina, y que quedó finamente  reunida en cuatro volúmenes publicados hace muños años por la editorial Joaquín Mortiz.

Su ausencia representa un vacío aún insuperable en la prosa de la inteligencia y el humor refinado de la que él fue acaso el  máximo representante de una tradición que, pese a todo, no  sucumbe en México, y al contrario, se renueva cada día, aunque no sea nunca lo mismo. Con todo, tal y  como ha afirmado Juan Villoro, el humor en la literatura mexicana sigue en déficit,  y estos días en  los que recordamos  un tanto huérfanos a  Jorge Ibargüengoitia así nos lo confirman.

Ninguna como la muerte inesperada de Ibargüengoitia, me parece, ha creado un vacío tan remarcable en nuestra tradición periodística-literaria de nuestro país. Hay, por supuesto, sucedáneos para reinventar el humor  literario en México nada desdeñables. Con mayor o menor fortuna, valga decir que prosas como las de Guillermo Sheridan, Enrique Serna, Fabricio Mejía Madrid o Juan Pablo Villalobos han contribuido a paliar la ausencia.

Podemos reconocer también otras voces que en los últimos años han hecho un esfuerzo notable para llenar ese enorme hueco en las páginas de los diarios. Especialmente Rafael Pérez Gay ha recorrido un largo trecho en el periodismo de opinión para suplir esta ausencia con las mejores herramientas del humor afilado y la crítica desenfadada y certera.

Otros en cambio fracasan en el intento, pienso por ejemplo en las entregas de Jairo Calixto Albarrán, cuya velocidad para escribir y publicar casi a diario salta pocas veces el muro de las ocurrencias,  hasta terminan sus líneas diluidas en la  inmediatez de la sorna fácil, ingeniosa pero fácil, una suerte de “meme” en prosa, tocada por el manto irremediable de lo efímero.

Los vacíos que dejaron en las páginas de la prensa diaria Jorge Ibargüengoitia, primero, y años después, Carlos Monsiváis, o incluso Germán Dehesa, aún es notorio.

De regreso a la literatura, con otro talante, autores como Juan Villoro, Francisco Hinojosa y Xavier Velasco mantienen viva la impronta de Ibargüengoitia, pero desde un ámbito de autonomía como constructores que son de una obra propia y singular.

Al final lo que nos queda de nuevo es el vacío reincidente y desolador al cumplirse 90 años del gran humorista de la literatura y el periodismo mexicano.

No queda más que lamentarse por el gran maestro que murió en el avionazo de Bogotá. Aún ahora, del estupor paso a la sonrisa malévola cuando imagino su cuerpo regordete consumiéndose sin remedio en las mismas llamas que broncearon, primero, y devoraron, después, las piernas antológicas de Fanny Cano. ¿Qué habría escrito Ibargüengoitia de su propia y absurda muerte?

A cambio de su genio  perdido, hoy vemos nuestros teléfonos celulares  colmados de “memes”, algunos de gran ingenio, otros tantos demoledores y esperpénticos, los más, chatos y desaliñados, ningún  sin embargo capaz de explotar en toda su intensidad a la mayor herramienta con la que cuenta el humor: el lenguaje.

¿Estamos condenados a sustituir el humor caustico y atronador del idioma  español que nos legó Ibarguengoitia  por las dosis de ocurrencias que inundan las redes? ¿Terminaremos por acostúmbranos a  abrevar día tras día de ese humor torvo, previsible y efímero que florece y se multiplica en las redes? Espero que no. Por lo pronto, nos queda siempre  la posibilidad de  volver a Ibargüengoitia, a Salvador Novo, a Emilio Rabasa.


edgardobermejo@yahoo.com.mx
@edgardobermejo

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