C.C.P. Carlos de Icaza González, subsecretario de Relaciones Exteriores

Arturo Maximiliano García

Uno de los lastres políticos con los que ha cargado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, es el papel que jugaron los rusos en la elección de 2016 y una posible intervención principalmente vía el hackeo de correos electrónicos de la campaña de Hillary Clinton, esto con el objeto de influir en la decisión de los electores norteamericanos, existiendo indicios para determinar que algo de esa ayuda no llegó de motu proprio, sino a invitación de parte.

El Rusiagate no es una teoría asilada de los demócratas. Tanto investigaciones de la CIA, como del FBI y la Agencia de Seguridad Nacional, NSA por su siglas en ingles, apuntan a una intervención rusa con ayuda de personajes cercanos al hoy presidente. Paul Manafort, coordinador de la campaña presidencial republicana en 2016, actualmente en arresto domiciliario, a quien le ha sido retirado su pasaporte y se le fijó una fianza por 10 millones de dólares, acusado de servir como agente de gobiernos pro rusos. El yerno del Presidente, Ashton Kutcher y el propio Donald Trump Jr. también han sido señalados como partícipes en una serie de reuniones con representantes del gobierno ruso previamente a las elecciones.

Tanto el debate durante la elección estadunidense de 2016, como este escándalo de los vínculos de personajes ligados directamente a la campaña de Donald Trump, me hacen recordar las películas de Hollywood durante la Guerra Fría y aun un poco después. Los malos, es decir, los rusos, contra los buenos, los norteamericanos. Así encontrábamos una cantidad de historias antagónicas entre el bien y el mal representado por estos países y sus colores. Desconocía que en México algunos académicos y políticos visualizaran un esquema similar donde hemos tomado esa bandera de etiquetar con negativos a países con quienes tenemos buenas relaciones diplomáticas. Pareciera que algunos pueden intervenir y trasgredir, pero otros no.

Hoy por ejemplo nuestro gran vecino apunta gran parte de su fuerza en contra de México, siendo uno de sus blancos favoritos, en campaña y en el ejercicio del gobierno; sin embargo, nuestra liga es estrecha,  nuestros vínculos profundos.

Cuántas veces escuchamos o solemos decir que “los norteamericanos no dejarán llegar a algún candidato” o que “preferirán a tal partido o político”. Cuando había izquierda en México se daba por sentado que los norteamericanos no permitirían un régimen de esa ideología como vecino. Cuando se asegura eso a nadie parece generarle escozor ni herir el nacionalismo, se dice como algo normal, incluso cotidiano, es decir, está bien.

La dinámica de hoy, tanto de construcción del muro, como de deportaciones y el ICE, amenazas de romper con tratados comerciales, etiquetar a nuestros connacionales como violadores  y “bad hombres”, emprender una guerra contra las ciudades santuario, es algo que difícilmente se puede definir como amistoso. ¿Debemos entonces preocuparnos? ¿Podría alguien intervenir de alguna forma en nuestras elecciones, con recursos, hackeos o mensajes a los mercados? ¿De quiénes nos tenemos que preocupar en México que cuenten con capacidades técnicas y económicas para verdaderamente involucrarse en nuestro proceso electoral? 

¿Declaramos alguna vez a Rusia nación enemiga de nuestro Estado? Quizá vimos muchas películas de la Guerra Fría y hoy lo trasladamos al “gran peligro” que nos representa la inminente intervención rusa en nuestras elecciones, directamente vulnerando nuestra soberanía y democracia. Los rusos, nadie más.

 

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@maximilianogp

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