Cultura

Falsa liebre, de Fernanda Melchor

(Fragmento)

2

Pachi no quería abrir los ojos. Sabía que el sueño había terminado, que estaba echado sobre la cama, de lado, y que Pamela, en su afán por despertarlo, acababa de abrir las ventanas para que lo bañara el sol. No sabía por qué sentía la necesidad de repasar el sueño ahora que aún estaba fresco, de esforzarse en recordar las imágenes antes de abrir los ojos, antes de despertarse por completo.

Estaban en el mar, él y Vinicio, sobre una especie de balsa. El sol quemaba la cara de Pachi, convertía sus cabellos en alambres al rojo vivo. El viento, en cambio, era helado y los empujaba hacia el este, hacia un telón plomizo que cubría el horizonte, justo ahí donde debía verse el puerto. Pachi jamás había visto una niebla semejante: opaca y espesa, nada que ver con la bruma pálida de las mañanas calurosas. El mar también lo distraía; lucía revuelto —como era usual— pero no se movía. Parecía la superficie de una laguna gris. Pachi pensó en una tina, una gigantesca bañera concebida para engañarlo: el contor­no del puerto detrás de la niebla era la escenografía; la niebla misma, un efecto producido por máquinas. Deseó que la balsa tuviera motor, o cuando menos un par de remos o una pértiga con que apre­surar el impulso que los conducía hacia la orilla. Vinicio estaba ahí, a su lado, aunque no hablara ni dijera nada, aunque apenas se le viera un hombro manchado de pecas. La presencia de Vinicio la sentía Pachi en los poros, como una corriente: Vinicio tenía miedo.

—Eres un maricón —le decía, una y otra vez, en el sueño.

—¿Ya viste? —contestaba su amigo.

La niebla se redujo hasta desaparecer y Pachi pudo ver el puerto, o al menos, los contornos magenta de los edificios del sur, puro cro­mo y cristal entintado bajo el sol. El muro blanco de la costera refulgía y se perdía tras la punta de la colina coronada de palmeras.

—Estamos cerca —dijo Pachi.

—¿Ya viste? —seguía diciendo Vinicio.

El sol cambió; se opacó como si una nube lo cubriera. El firma­mento seguía claro. El contorno de la ciudad cambiaba: de repente ya no había cristales ni fulgores por ningún lado en el puerto sino masas tristes de escombros humeantes. La barda se desmoronaba sobre la playa, reguero de concreto y troncos en donde rompían olas verdes.

Pachi pensó en su mujer, en el hijo dentro de ella. Saltó al agua, que apenas le llegaba a la cadera y avanzó hacia la playa. El mar apestaba a peces muertos; no lo había notado antes, quizás debido al viento. El fondo del agua estaba sembrado de bultos inflados que reventaban bajo sus pies, trozos de hueso y espinas que le herían las plantas desnudas. No sentía dolor, sólo lástima por sus piernas. Vinicio tampoco se quejaba; su estúpido miedo seguía electrizando el ambiente.

Treparon juntos el cerro de cascajo que aislaba a la playa. Al lle­gar a la cima se estremecieron: ya no había calles ni aceras ni casas sino una cordillera de escombro formada por pedazos de paredes y autos calcinados. Al pie de la colina más cercana había un enor­me hueco desde el que asomaba una miríada de rostros. ¿Estaría su mujer entre ellos? Vinicio lo sujetó del brazo antes de que iniciara el descenso; tiró de él, a pesar de él, hacia la playa. Pachi lo golpeó y corrió colina abajo. La gente de la cueva salía a su encuentro, se em­pujaban unos a otros para sacar sus cabezas de la oscuridad. Pachi se detuvo. Pensó que aquella no era gente; tenían los rostros tiznados y los ojos tintos en sangre, y olisqueaban en su dirección, como si estuvieran ciegos, como si se guiaran por el olfato. Uno de ellos, al pie de la colina, lanzó un bramido y cargó contra la broza. Los demás lo siguieron; trepaban hacia él por los escombros, ayudados de manos que más bien eran garras. Pachi alcanzó a Vinicio y tiró de él hacia la costa. La balsa no aparecía. Los monstruos los rodeaban; ahora podía comprobar que no tenían ojos, ninguno de ellos; sólo un par de llagas vivas arriba de las fauces. Esquivó la embestida del más atre­vido. Lanzó un puñetazo a otro que se acercaba; le rozó apenas. Era como si el aire se hubiera convertido en líquido, en algo espeso que le hacía moverse en cámara lenta. Sintió una dentellada en la espalda, en el cuello. Vinicio, a unos metros, ya estaba en el suelo. Los mons­truos le sacaban las tripas pero él no gritaba, sólo miraba a Pachi.

Despertó con el cuello empapado de sudor, la almohada húmeda bajo su mejilla y la convicción de que no debía olvidar el sueño, de que debía repetir sus imágenes, una y otra vez, en la pantalla de su mente, antes de que las molestias y el maldito calor adquirieran de­masiado peso. Se resistió a despertar, se hizo ovillo bajo las sábanas y apretó mucho los párpados pero la luz que bañaba el cuarto volvía anaranjado el interior de su cabeza. Tomó la almohada de Pamela y se la colocó en la cara. Después de un rato, su propio aliento le pa­reció insoportable. Arrojó la almohada al suelo y pataleó enfurecido contra el colchón, maldiciendo a Pamela y su maldita costumbre de abrir la ventana. La lavadora de la vecina inició el ciclo de centrifuga­do entre estertores y sacudidas, lo que obligó al borrachito del 5 a su­bir el volumen de su radio, fijado en la sempiterna estación de música romántica. Una voz de mujer madura berreaba entre sintetizadores:

Lo cierto es que te quiero más que a mí.

Pachi bramó. Se giró de nuevo en la cama hasta quedar bocabajo. No era justo; quería dormir más pero aquel barullo se lo impedía: la lavadora, la radio, los gritos de la niña desde el baño, el camión de la compañía del gas, los ladridos atiplados de Coco —el insufrible schnauzer de la gorda del 3—, los graznidos insolentes de los zanates posados sobre el árbol del terreno de atrás. El calor del sol aumenta­ba. Tuvo que arrastrarse hacia el otro lado del colchón; buscó alguna bolsa de frescura atrapada entre las sábanas, sin suerte: ya tenía la frente y el bigote y hasta la raja del trasero bañados de sudor. Apartó la ropa de cama a tirones y liberó su cuerpo. Ya estaba despierto por completo, sólo le faltaba abrir los ojos.

Uno. Dos…

Su mujer canturreaba tras la puerta cerrada del baño.

Entreabrió los párpados. El cuarto estaba inundado de luz blanca.

—Perra —masculló Pachi.

En cualquier momento, Pamela saldría del baño y aparecería en el umbral de la recámara, con el cuello talqueado y el fleco alisado y diría, con fingida inocencia:

—¿Ya estás despierto, gordito? Ay, ¿por qué no vas a dejar a la niña? Total que hoy no tienes nada que hacer.

—Estás pero si bien pendeja —gruñiría Pachi.

O no, mejor:

—Vete a la verga y déjame dormir.

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