Cultura

Salón Destino, un experimento gráfico para retratar la música y enamoramientos

Novela gráfica. Es una historia sin texto y quería que cada elemento contara algo. Entonces el color es un elemento muy importante para narrar las emociones que le suceden al personaje, porque no podía poner: ‘entonces estaba triste’, dice el ilustrador Carlos Vélez

Un oficinista rompió su rutina al inscribirse a clases de baile. Ahí conoció a una mujer de la que se enamoró, pero ella tenía novio y sin conocer otra forma de salir de la tristeza, el refugio del joven fue aprender a bailar son, salsa y demás ritmos. Es así como el ilustrador mexicano, Carlos Vélez, busca en su libro Salón Destino, sacar del cliché la frase de que el baile cura el alma.

“Este libro ilustrado fue un experimento gráfico de retratar la música, el baile de salón y hablar un poco sobre las relaciones, encuentros y enamoramientos. Empiezo a narrar con un estilo muy detallado, en blanco y negro, como si fuera una historia muy estática, pero al final todo se torna en expresividad y en una explosión de color”, comenta el ilustrador.

Al principio, la vida del oficinista y sus primeras clases de baile son contadas en blanco y negro, páginas más adelante aparece el color rojo en el cabello, labios, ojos y ropa de su pareja de baile, después él adquiere esa misma tonalidad rojiza hasta que descubre que ella tiene novio. En ese momento la historia regresa al blanco y negro.

“Es una historia sin texto, quería que cada elemento contara algo, entonces el color es un elemento muy importante para narrar las emociones que le suceden al personaje, porque no podía poner: ‘entonces estaba triste’. El color me sirvió para ser claro con los lectores, para que entendieran que el joven estaba pasando tristeza, que estaba feliz o que sentía pasión por la chica”, explica Carlos Vélez.

A la mitad de la historia editada por La Cifra, comienzan a asomarse los colores amarillo, verde, naranja y azul, cada uno relacionado con diversos ritmos musicales como salsa o sones, hasta que la vida del oficinista es una mezcla de tonalidades.

“Es un poco biográfico el libro. Tomé clases de baile de salón porque a veces mi trabajo es estresante e implica estar encerrado. De repente encontrar en una ciudad caótica como la Ciudad de México, un salón de baile en donde todo transcurre con otro ritmo, en donde hay encuentros con gente muy distinta, es motivante porque liberas tu cuerpo”, indica.

 El ilustrador añade que también quiso retratar la idea de que los hombres toman clases de baile con el gancho de ligar mujeres. “A las mujeres siempre les gusta bailar y creo que a los hombres también, pero por cuestión de género, de que ellos siempre deben hacer deporte, no es tan común verlos en estas actividades. Pero al final, al igual que en mi historia, a ellos les acaba gustando el baile”.

¿Por qué iniciar la historia con el tango?, se le pregunta. “Son diferentes tipos de música, personas y sentimientos los que se van incorporando a la vida de este personaje, de tal manera que es la diversidad lo que enriquece su vida. Cuando el baile te cura es porque haces diferentes tipos de relaciones”, responde.

En opinión de Vélez, la vida es soportable gracias a la música, al baile, a las pinturas, “es todo lo que nos hace humanos, es una educación relacionada con las artes y con lo humano. Por ejemplo, no concibo mi vida sin el dibujo porque sí me hace libre y en el caso del baile, me genera alegría”.

RITMO INTERNO. Carlos Vélez, que desde hace 10 años trabaja ilustrando libros infantiles y juveniles, propuso Salón Destino para una convocatoria de jóvenes creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) como una de las cinco historias relacionadas con el baile y lo cotidiano.

Sobre la técnica, el ilustrador detalla que usó acuarela, lápiz grafitos y, al final, una mezcla en computadora para crear un buen manejo del color.

“Hice muchas pinturas, vi la pintura abstracta y a los expresionistas como Kandinski, ellos trataron de expresar la música a través de la pintura, me guié un poco de eso. Empecé con formatos muy pequeños, el detalle era muy controlado, pero al final hice un símil del dibujo con el baile, es decir, encontrar mi ritmo interno en el dibujo, entonces los formatos eran más grandes porque ya podía moverme más, el trazo fue menos rígido y eso tiene que ver con la liberación del personaje”, detalla Vélez.

— ¿Qué piensa de que una imagen vale más que mil palabras?

—A veces una palabra es tan concreta que por más imágenes que uses, no se puede suplir. Si me piden ilustrar una manzana, a veces eso podrá valer más que la palabra, pero su sabor o un concepto más complejo como la felicidad y el tiempo, es complicado dibujarlos. Creo en el conjunto, en la conexión de imagen y palabras.

“Cuando la pregunta es ¿cómo es?, vale más una imagen; pero si la pregunta es ¿qué es?, ahí una imagen ya no vale lo mismo. Las imágenes sí hablan de cosas que a veces no tienen nombre, dibujar lo invisible como el amor es una imposibilidad, eso es lo difícil y tiene que ver con la poesía, con alcanzar los límites de lenguaje para expresar algo más allá”, responde.

Por último, Carlos Vélez opina que su libro no está dirigido a un público específico, aunque es una historia que buscan más los adolescentes y adultos. “Le narrativa gráfica, cómics y los libros-álbum se ha dicho que son para niños pero ha sido tan fantástico el desarrollo de los ilustradores que existe un boom de los libros ilustrados, tanto que hoy se consideran literatura”, opina.

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