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“¿Sable o pistola?” De honor y orgullosos caballeros: Los duelos en el México viejo

Como defensa de la honra propia que era, un duelo se llevaba a cabo con la mediación de representantes de cada oponente, médicos y amigos. Muchas veces, toda esta concurrencia intentaba, hasta el último minuto, evitar que el encuentro se diera, para evita

Qué duda cabe: eran otros tiempos. Palabras como “honra”, “honor” o “principios”, parecían tener un peso que, hoy día, muy pocos conocen a fondo, y si en el México del liberalismo triunfante se le daba especial uso y valor al debate de ideas y a la polémica encendida, recursos ambos que llenaban las planas de los periódicos, no menos cierto era que, superados los niveles del combate verbal, había caballeros que no vacilaban en echar mano del sable o de la pistola para arreglar diferendos.

Entrenamiento, lo tenían. En los días posteriores a la caída del imperio de Maximiliano, no eran pocos los señores con entrenamiento en el arte de la espada o en el uso, con regular tino, de un arma de fuego. El mundo político intelectual de aquel México estaba habitado por abogados que habían llegado a generales; por periodistas que en alguna ocasión tuvieron que defender la piel a punta de machete, por poetas que, en caso de necesidad, no le veían reparo a soltar un tiro o dos para defender su honorabilidad.

Pero a medida que pasaban los años, ese conocimiento empírico de la defensa propia comenzó a convivir con el conocimiento adquirido en las salas de armas, con la esgrima convertida en arte distinguido. Ser diestro con las armas blancas o con una pistola, ya no era, necesariamente, producto de las existencias agitadas que muchos habían llevado en lo que después se conoció como “La Gran Década Nacional” (1857-1867): formaba parte de la educación de un caballero, y ahí comenzaban las discusiones complejas: Una cosa era ser un buscapleitos cualquiera, de ésos que se trenzaban en un atrabancado enfrentamiento por un “quítame esas pajas”, y otra muy distinta defender la honra y la dignidad.

El periodista Enrique Chávarri, uno de los grandes conversadores del México decimonónico y que formó parte de la redacción de El Monitor Republicano, le escribía a uno de los famosos maestros de esgrima de aquella época, don Joaquín Larralde, a propósito de su afamado manual Elementos de esgrima, tan prestigiado que se usaba como texto en el Colegio Militar: “Esas reglas [las de la esgrima] forman no sólo al combatiente sino también al gentleman, esas reglas que hacen repugnante al espadachín para levantar muy en alto al hombre reposado que defiende su honra y su dignidad”.

Ni Chávarri ni Larralde eran los inventores de estos principios. De hecho, formaban parte de una herencia cultural muy antigua, que propició el establecimiento de la primera sala de armas muy a principios del siglo XIX, dirigida por un filipino, Pun Salán Zapata. Al correr de la centuria proliferaron las salas de armas dirigidas por personajes como el italiano Pagliari o los franceses Poupard y Cavantous, aparte de los mexicanos como Larralde, Eligio Dufoo o José María Arzac. Además, estaban los militares adiestrados en las aulas del Colegio Militar, prestos siempre, como se verá, a defender su honra.

Así, los duelos se convirtieron en asunto de interés general y, aún más impactante: comenzó a ser materia de interés —cuándo no— de los periódicos.

¿PISTOLA O SABLE? Así comenzó a construirse el anecdotario de los duelos mexicanos. Algunos muy sentidos y trágicos, otros interesantes por lo que de rencillas del pasado contenían. A veces, una frase cualquiera o una broma dicha sin pensar podía tener negras consecuencias. Para muestra basta un botón. A nadie le es desconocida la legendaria Rosario de la Peña, a quien muchos le achacaron el suicidio del poeta Manuel Acuña. Pero antes de aquellos días complicados, hacia 1868, Rosario tuvo un novio militar, el coronel Juan Espinosa y Gorostiza, amigo cercano de otro joven militar de apellido Arancivia. En una ocasión, estando Espinosa de comisión fuera de la capital, su amigo tuvo el desatino de bromear, delante Rosario y otros conocidos, afirmando que Espinosa huía de las bandas de delincuentes que operaban en las cercanías de la capital. Pero la broma fue escuchada por un tercero, que, indignado, le contó el asunto al coronel Espinosa no bien regresó a la capital. El asunto era peor, opinó el informante, porque el irreflexivo Arancivia lo dijo delante de Rosario.

El coronel Espinosa montó en cólera y buscó a Arancivia, quien, por más disculpas y explicaciones que ofreció, no logró apaciguar a su enfurecido colega, quien no estaba dispuesto a aceptar otra solución que un duelo a muerte. Acorralado, Arancivia tuvo que aceptar, pues no era cosa, además, de quedar como un cobarde. Se pactó el encuentro en el pueblo de Mixcoac.

La tragedia, opinarán algunos, siempre rodeó a Rosario de la Peña, pues en aquel duelo detonado por una broma, murió su novio, el coronel Espinosa Gorostiza. Aún después de tres asaltos, Arancivia insistió: eran amigos, había que dejar por la paz ese absurdo combate. Pero Espinosa seguía ciego de ira, no hizo caso, e intentando, desde un punto alto del terreno, lanzarse contra su oponente, su cuerpo chocó con el brazo, armado y extendido de Arancivia. Allí quedó el joven coronel, con el corazón atravesado de una estocada.

Llevaron el cuerpo del duelista desafortunado a enterrar en el muy elegante panteón de San Fernando. No fue el primer duelo, ni el último, en que dos amigos llegaban a enfrentare porque alguno de ellos se sintiese mortalmente ofendido.

Tal fue el caso del ingeniero Miguel Miramón, hijo del general fusilado junto a Maximiliano en el cerro de las Campanas. Aun cuando, antes de morir, aquel joven militar, gloria del partido conservador, rogó encarecidamente a Concha Lombardo, su esposa, que nunca fomentara en sus hijos el rencor hacia quienes le quitaban la vida, el joven Miramón siempre fue sensible a lo que se dijera de su padre muerto, y sostuvo tres duelos con tres diferentes personajes en defensa de la memoria del llamado “Joven Macabeo”.

En uno de esos duelos hirió a su cercano amigo, el poeta Manuel Puga y Acal. ¿La causa? Puga, en un periódico potosino, escribió un artículo donde estaba la expresión “las sanguinarias espadas de Miramón y Márquez”. Eso fue suficiente para que el ingeniero Miramón desafiara al poeta y le enviase a sus representantes.

Aquel duelo, con jueces de campo, se efectuó en las floridas praderas de Chimalistac. Aunque amigos comunes y los respectivos médicos de los duelistas intentaron disuadir al joven Miramón, todos los empeños fracasaron.  Se sucedieron siete asaltos de dos minutos cada uno, sin que el joven ingeniero se apiadara de su examigo. El duelo se interrumpió cuando la mano de Puga, agarrotada por la presión que ejercía sobre la empuñadura del sable, soltó el arma y al cruzarse en el camino de su oponente, fue atravesada por la hoja de Miramón, quedando imposibilitado para combatir. Así se detuvo el duelo, pero el poeta y el hijo de Miramón jamás se reconciliaron.

El suceso fue muy festejado por Jesús Valenzuela, bon vivant y mecenas de escritores y poetas, quien, incluso, ofreció una cena para celebrar que Puga y Acal había salido con vida del lance.

Pero hubo muchos más, poetas, militares y no pocos periodistas, que también se batieron en el campo del honor, como seguirá contando Historia en Vivo

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