Campaña atribulada

Wilfrido Perea Curiel

El PRI enfrenta un panorama verdaderamente complicado para el proceso electoral en curso. Han empezado a circular estudios de opinión al corte de enero, mismos que sugieren que la campaña de su abanderado a la Presidencia no ha fraguado. A José Antonio Meade los propios priistas lo siguen viendo como un “extranjero”, en tanto, los no priistas, es decir, el grueso de la ciudadanía, observan que el tricolor ya lo hizo suyo, tal y como él lo pidiera. Comunicacionalmente es muy escabroso el abordaje de tal confusión, más aún cuando se cuentan alrededor de seis voceros distintos en esa casa de campaña, cada uno de ellos emitiendo mensajes por su cuenta, sin articulación alguna. Lo menos que se puede decir es que ha faltado orden en el proyecto del también extitular de Hacienda.

En política la percepción lo es prácticamente todo y ésta, en la presente coyuntura, no le es favorable al abanderado del tricolor. Por supuesto que nada está dicho, el camino es largo y aún hay tiempo suficiente para que Meade pueda rehacer cualquier ruta. Anaya tiene sus propios problemas, que no son pocos. Se sabe que AMLO cuenta con un misterioso mecanismo de autosabotaje, ya encontrará la manera de meterse en líos. Empero, en una fotografía del último tramo de las llamadas precampañas, en el imaginario colectivo la causa del excanciller no ha obtenido los resultados y el posicionamiento que esperaban sus estrategas.

Más allá de los yerros personales o de la desorganización, las causas reales de las tribulaciones de la campaña de Meade son, tanto el desprestigio de la marca PRI, como la baja popularidad del mandatario Peña. Poco hay de generación espontánea en ello, en realidad se trata de un proceso que trae pasado.

A pesar de que en 2015, en las llamadas elecciones federales intermedias, el PRI echó las campanas a vuelo y dio una lectura triunfalista, en realidad, en aquellos resultados se emitió una verdadera alerta para el tricolor, misma que fue soslayada.

Poniendo en perspectiva aquellos resultados, los 10.6 millones de sufragios que obtuvo el PRI en 2015, representaron el 29.1 por ciento de la votación total. Tales cifras distan mucho de los números que históricamente había obtenido el tricolor. De entrada, en 2012, el entonces candidato Peña Nieto, consiguió 19.2 millones de sufragios (38.21 por ciento); en 2009, el PRI logró 12.8 millones de votos, el 36.6 por ciento de la votación; incluso en el 2000, el candidato perdedor priísta Francisco Labastida Ochoa alcanzó 13.5 millones de votos (36.1 por ciento).

Ahora bien, si nos referimos a la antigua época priista; en 1997 el tricolor sacó 11.2 millones de votos (38.5 por ciento); en 1994 Zedillo conquistó 17.1 millones de sufragios, equivalentes al 48.6 de la votación nacional; Para 1991 el tricolor se agenció 14.1 millones de votos, un 58.4 por ciento del total de los sufragios.

En realidad los 10.6 millones de votos que el tricolor obtuvo en 2015 estuvieron más cerca de los dos procesos que han sido el piso histórico de la votación del PRI; en 2006, con Roberto Madrazo como candidato presidencial alcanzó 9.3 millones de votos, (22.2 por ciento) y en 1988 en la polémica elección de Salinas de Gortari, triunfó con apenas 9.6 millones de votos, que en ese momento significaron el 50.35 por ciento del total de la votación.

Esos son los números que la campaña de Meade trae a cuestas. Desde décadas atrás el tricolor experimenta un proceso de pérdida continua. Su voto duro es ahora más un concepto que una realidad. En estas condiciones, es complicado entender cómo en el bunker de los doctos itamitas se pueden dar el lujo de despreciar a los históricos cuadros del PRI que sí tienen experiencia y que sí han ganado elecciones. Por cierto, en 2015 de esos diez millones de votos, un millón de tales sufragios se emitieron en Chiapas. Por alguna razón, por alguna mala decisión, se ha complicado que ese caudal de votos chiapanecos favorezca a Meade en julio venidero.

pereawilfrido@me.com

 

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