Cultura

Tramposo orador, un innoble oficio para obtener dinero en el siglo XIX

Bicentenario. El escritor Guillermo Prieto describió una serie cuadros citadinos, en los cuales estafadores o ladrones embaucaban a familiares y desconocidos para quitarles sus pesos/ Del tramposo orador, escribió que es un artista por excelencia. “Estudia los efectos de su palabra, tantea el sufrimiento del objeto de su explotación…”

( Cuarta parte )

Los tramposos oradores que piden dinero sin necesitarlo son unos artistas del teatro que estudian el efecto de sus palabras. Así nombró Guillermo Prieto (Ciudad de México, 1818-1897) a los estafadores e hizo una descripción detallada de quienes piden dinero con el falso argumento de que su madre murió, quienes suplican unos pesos para comprar el medicamento que indica su receta o aquellos que en las cantinas invitan una copa pero que afuera te roban el dinero.

Pero no sólo ese tipo de personajes fueron retratados por el autor de La musa callejera para el periódico La Corona Española bajo el pseudónimo Fidel, en dichos cuadros de costumbres que no están incluidos en las Obras completas de Prieto, también aparecen los sinceros, como el pintor Manuel Ocaranza y el escritor José María Vigil.

 Crónica retoma algunos de esos retratos a partir de la edición crítica Los San Lunes de Fidel y El Cuchicheo Semanario hecha por Lilia Vieyra Sánchez, investigadora del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien halló estos nuevos textos de Fidel en el Fondo Reservado de la Hemeroteca Nacional.

ENGAÑOS Y ASALTOS. Los sinónimos que en el siglo XIX se usaban para decirle a alguien ladrón eran: chapuceros, petardistas, drogueros y estafadores, palabras que Guillermo Prieto utilizó para describir los diferentes ladrones, aunque en ocasiones, añadía otro adjetivo, por ejemplo: petardista Circunloquio, petardista Desparpajo o petardista Socio.

“El petardista ‘Circunloquio’, el que se sirve de la oratoria para pintar sus malos negocios, las estafas que le hizo cierto prócer que sedujo a la hermana o a la madre que le dio el ser…Este petardista de la alta escuela, estafa, pero como quien negocia; viste bien, frecuenta los teatros y las cantinas y es de rigor que costee a su víctima la copa”, detalló el autor.

En otra crónica de 1879, Prieto explicó que por regla, el tramposo orador es un artista por excelencia. “Estudia los efectos de su palabra, tantea el sufrimiento del objeto de su explotación; (es) el que nos ve la cara de simple, tiene mucho de actor, es fácil para el llanto, remeda la ira”.

 Un robo que le molestaba al poeta era cuando alguien pedía dinero basándose en una inexistente tragedia.

“La degeneración de esta familia está representada en los que necesitan para la compra de una receta que va a salvar su vida, en los que acaban de perder a la madre o a un niño, que no tienen con qué enterrarlo, y en los que tienen un boleto del Montepío que va a cumplirse si no se les da para el refrendo”, sentenció Prieto.

Después narró el modus operandi de quienes te inscriben en una rifa de alguien sin casa ni esposa, cuando te envían un regalo con los cargos a tu cuenta o los obsequiantes que te ponen en las manos un dulce diciendo que es una dádiva pero cuando les das 8 pesos te piden 10.

En los textos de Prieto no podían faltar los asaltos y les compartimos uno:

Desparpajo es bullicioso, alegre, buen bebedor y de apetito inextinguible, anda veloz, lleva el sombrero medio caído hacia atrás, tiene descuidada la corbata, suena en el bolsillo del pantalón un manojito de llaves, gasta anillo enorme en el dedo pulgar y masca el puro que no se le cae de la boca.

No hace su caza con precaución ni de escondite, se acerca a su víctima en una reunión, poniéndole acaso la mano en el bolsillo.

—Chico, dame ahí tres pesos.

Y el tono es tan imperioso y tan decisivo que tal parece que el infeliz asaltado le tiene guardado el dinero”

RETRATISTA. Guillermo Prieto fue un buen retratista y da cuenta de ello en dos crónicas. En una describe el cuadro El amor y el interés del michoacano Manuel Ocaranza, y en la segunda, detalla el rostro del escritor José María Vigil.

“La buena elección de sus asuntos, la gracia y la profundidad de intención y soltura y propiedad del desempeño, son las dotes que posee Ocaranza y que nos recuerdan felicísimos rasgos de la escuela alemana, de la francesa y española”, dijo el poeta.

Esa buena impresión ocurrió después de que Prieto conociera la obra El amor y el interés, en donde un joven recibe una carta que le conmueve y el mensajero le está pidiendo su propina.

“Representa un joven elegante que en su estudio acaba de recibir una misiva querida, de las manos de un pilluelo vivaracho, desbaratado e intruso. La fisonomía del joven está iluminada por la felicidad que está derramando en su alma la lectura de la carta; su mirada es ávida, sus labios sonríen, sus facciones todas son un espectáculo de ventura”.

Del niño mensajero, Guillermo escribió: “Este vivaz y despabilado, blanquillo con el pelo a la frente, el pantalón destrozado, en desorden la camisa y con averías tremendas la chaqueta; sombrero en mano espera regocijando su propina y sigue curioso y alegre los movimientos de la mano que le va a recompensar”.

 Durante una ceremonia que premió a los mejores alumnos de la Escuela de Ciegos (en la actual esquina República de Brasil y Luis González Obregón en la CDMX), asistió José María Vigil, a quien Prieto definió como un literato de selecta erudición.

“Es un hombre de regular estatura, delgado y de color moreno cobrizo, con cierta palidez enfermiza. Su cabello negro y luciente se ve atravesado por algunas canas, como si quisiera denunciarse su inteligencia con algunos rayos de la luz que encierra su cerebro”.

También destacó que lo característico en Vigil era su mirada, “penetrante, dulce y llena de bondad, casi humilde: dan tentaciones de advertir a Vigil de su mérito; tal es su modestia. Es una grande inteligencia al servicio de un generoso y tierno corazón”.

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