“Los otros”, de L.M. Oliveira | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 03 de Febrero, 2018

“Los otros”, de L.M. Oliveira

“Los otros”, de L.M. Oliveira | La Crónica de Hoy
Adán y Eva en el Jardín del Edén, de Wenzel Peter.

(Fragmento)

Las posturas racistas y el asco de Michael no son extraños. Los seres humanos tenemos tendencias naturales, resultado de la evolución. Por ejemplo, en general somos seres egoístas que buscamos nuestra preservación. Pero también somos seres sociales. La cooperación nos ayuda a sobrevivir. Cada vez hay más investigadores que sostienen que la moralidad es una ventaja adaptativa y, así, sus bases son producto de la evolución. Aquí es bueno recalcar lo siguiente: sólo algunas bases de la moralidad son producto de nuestra naturaleza animal. Reducir todo lo moral a lo biológico no tiene sentido, es una teoría vieja y rebasada.

El primatólogo Frans de Waal dice en su libro The Bonobo and the Atheist que nadie en su sano juicio duda de la superioridad del intelecto humano sobre los primaates. Sin embargo, no tenemos necesidades ni deseos básicos que no estén presentes también en ellos. Los bonobos y los chimpancés luchan por el poder, disfrutan del sexo, buscan protección y cariño, matan por su territorio y valoran la confianza y la cooperación. La moralidad surgió de lo que hoy conocemos como nuestros sentimientos morales y de nuestras intuiciones, que es justamente, dice De Waal, donde mayor continuidad encontramos entre los seres humanos y los otros primates. La moralidad no se desarrolló de la nada. A través de la razón, los humanos recibimos un gran impulso de nuestras tendencias sociales y de la manera en la que estas nos predisponen a tratarnos entre nosotros. Lo que digo no implica que estemos determinados, pero es importante entender nuestras tendencias a actuar de cierta manera, ya sea para darles un impulso o para aprender a refrenarlas.

En su libro Moral Tribes, Joshua Greene, director del laboratorio de cognición moral de la universidad de Harvard, escribe que debemos entender la moral, al menos en parte, como un conjunto de adaptaciones psicológicas que permiten que individuos egoístas colaboren. La esencia de la moralidad es el altruismo, la disposición a pagar un costo personal para beneficiar a los demás. Lo anterior tiene una salvedad importante: los humanos estamos diseñados para cooperar sólo con los miembros de un grupo reducido. Es decir, en principio no cooperamos universalmente; de hecho, nuestra reacción natural al encontrarnos con extraños es el miedo, el odio, el asco. Nuestros cerebros no evolucionaron para cooperar con otros grupos. Somos tribales.

¿Por qué no evolucionamos para cooperar universalmente? Porque la cooperación es una ventaja competitiva sólo si se da al interior de un grupo. La cooperación universal no habría representado ninguna ventaja, al contrario: los seres sociales habrían ayudado a los ermitaños a sobrevivir y habrían perdido su ventaja. La cooperación evolucionó no porque nos haga sentir gentiles y agradables, sino porque ayuda a vencer a los otros en la batalla por la subsistencia. En un mundo con recursos ilimitados los grupos no cooperativos no estarían en desventaja, pues incluso siendo un desastre podrían alimentarse y hasta recibirían ayuda. Sin embargo, en un mundo como el nuestro, con recursos limitados, los grupos de individuos que cooperan para sobrevivir tienen ventaja. Así pues, si hoy día tenemos inclinaciones a la cooperación es gracias a que nuestros ancestros, que tenían tendencias morales, vencieron a sus contemporáneos menos cooperativos. Esto implica no sólo que la moralidad como adaptación biológica pone al nosotros sobre el yo, sino, y esto es fundamental, también al nosotros sobre el ellos.

En su libro Just Babies. The Origins of Good and Evil, Paul Bloom refiere un interesante experimento realizado en 1954 por Muzafer Sherif en el parque estatal Robbers Cave, en Oklahoma, para tratar de determinar lo mínimo que los humanos necesitamos para dividir el nosotros del ellos. El experimento consistió en lo siguiente: Sherif invitó a 22 niños blancos de aproximadamente 12 años a un campamento de verano. Ya en el parque, los dividió en dos grupos y los hospedó en cabañas distantes; cada fracción ignoraba la presencia de la otra. Durante la primera semana, los sujetos se dedicaron a pasarla bien: exploraron su zona del parque y se divirtieron con distintos juegos. Cada “clan” se puso un nombre: Los Águilas y Los Cascabeles. Entonces los experimentadores establecieron el primer contacto entre los grupos. En ese momento, Sherif se percató de que uno de los niños se refirió a los otros únicamente al escucharlos hablar, pues no los vio, como los campistas negros (nigger campers). Más adelante, los investigadores organizaron torneos entre los “clanes”, lo que poco a poco fue tensando las relaciones entre ellos. Estas pequeñas sociedades, dice Bloom, comenzaron a enfatizar sus costumbres: los Cascabeles maldecían, los Águilas se sentían orgullosos de su lenguaje impoluto. Hicieron banderas y se negaron a comer juntos. Además, continuaron refiriéndose a sus rivales con epítetos raciales, pese a que todos eran blancos. Después de que los Cascabeles ganaron una serie de competencias, los Águilas les robaron su bandera y la quemaron. Los Cascabeles, como represalia, destruyeron la cabaña de sus rivales.

Una vez que fue declarada la guerra, el siguiente nivel del experimento fue buscar la paz. Sharif intentó amistarlos en comidas conjuntas o mediante la convivencia al ver una película en la misma sala. Sin embargo, se topó con que lo único que logró unir a los dos grupos fue un enemigo común que amenazara a la existencia de ambos: una tubería dañada que ponía en peligro el campamento y exigía el trabajo conjunto.

Hay más experimentos que muestran esta tendencia a formar grupos. Henri Tajfel ejecutó un experimento que buscaba comprobar lo mismo que el de Sharif, pero sacando de la ecuación el tiempo previo (una semana) que pasaron los niños de cada grupo para conocerse. Quería demostrar que los humanos necesitamos menos todavía para formar grupos. Lo que hizo fue invitar gente a su laboratorio y les pidió que jerarquizaran una serie de pinturas abstractas. Luego las dividió aleatoriamente diciéndoles que en realidad lo hacía basándose en sus elecciones. Supuestamente unas preferían a Klee y otras a Kandinsky; era falso, la división, insisto, fue aleatoria. Esta división por grupos con supuestas preferencias fue suficiente para que las personas experimentaran cierto sentido de pertenencia. Luego, cuando Tajfel les pidió que repartieran entre los demás participantes cierta cantidad de dinero, sucedió que las personas decidieron darles más a las del grupo al que pertenecían.

Sin la educación adecuada y en ciertas circunstancias, que desgraciadamente son sumamente comunes, los seres humanos tendemos a ser racistas y clasistas, a hacer distinciones entre individuos basadas en la religión o en algún otro factor social.

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