El río que se traga a los demás ríos

Ricardo Becerra

Es una historia de crueldad, “quizás la más cruel de todas” (Josep Conrad).

Ocurrió en África, en su centro, en su arteria principal: en el río Congo (el que se traga a todos los demás” en el dialécto nzere. Todo ocurrió -como no- por codicia, especialmente por la voracidad del Rey Leopoldo II, de Bélgica, quien poseía un extraordinario talento diplomático para enfrentar a las potencias europeas en su beneficio y un extraordinario cinismo que lo hizo capaz de disfrazar su ambición desenfrenada bajo el piadoso manto de altruismo y cristiandad.

De repente, a finales del siglo XIX, en tan solo diez años de posesión territorial, aparecieron centenas de miles de manos cortadas; decenas de miles de mancos, cojos, decapitados: los miembros corporales de los hombres nativos del Congo se convirtieron en moneda, en forma de intercambio, representación de dominio y de terror.

Las tribus fueron esclavizadas, sometidas a hierro y fuego y si no producían la cuota de marfil y de caucho –especialmente de caucho- designada por la Force Publique, entonces eran castigadas... ejemplarmente. Quienes no entregaban la tajada exigida -esa que se produce en las gigantescas enredaderas selváticas allende el río, en Zanzíbar, Kinshasa, Lusambo o Kabongo- eran mutilados. Un misionero danés describió esto:

“Si el caucho no llega en la cantidad requerida los centinelas atacan a los aborígenes. Matan a algunos, y traen las manos y las cabezas al comisionado... a menudo las manos eran ahumadas hasta que pudieran mostrarlas ante el oficial europeo, representante de su majestad, Leopoldo II”.  

Así pues, las cestas de manos cercenadas eran puestas a los pies de los comandantes, “señal de que se está trabajando”, y se convirtieron en símbolo mercantil de diabólica brutalidad, pues un soldado llegaba a recibir su pago en razón directa al número de manos, de cabezas, de testículos que presentara a su superior (prácticas de inquietante actualidad, gracias al alliornamiento de nuestros modernos narcos, sus guerras y sus mensajes).

Fue entonces que las manos adquirieron valor, se transformaron en una especie de moneda. Y esa locura provocó atrocidades inmensas. Roger Casement, un irlandés ejemplar que trabajaba para el gobierno británico, escribió un devastador informe en 1903, en el que contenía cosas como esta:

“Entrevisté a un niño sin manos que había sido herido en una correría lanzada contra la aldea. Mientras se hacía el muerto, sintió como le cercenaban la muñeca, pero no se movió por temor a que lo asesinaran”. Más adelante describe esto: “Otro joven fue hecho prisionero en las profundidades del río, lo ataron tan fuerte con las correas en las manos, que estaban inflamadísimas luego de doce horas calculadas; entonces los soldados amarraron sus brazos a un enorme árbol y golpearon las muñecas con la culata de sus rifles hasta que las manos se desprendieron”. Una mujer le contó a Casement “...corrí despavorida pero tropecé y mi pequeño hijo se cayó, un oficial lo tomo de los brazos y le cercenó las manos con un cuchillo... mi hijo murió desangrado o de dolor”.  

Fue de tal magnitud la masacre que entre 1880 y 1920 la población del Congo se redujo a la mitad, por esclavitud, hambre, asesinato, mutilación o enfermedad. Y el móvil de esta crueldad sin límite fue la causa humanitaria, la impostura y la codicia de un hombre que todavía hoy tiene su apacible estatua en Bruselas, pero que por su vesania, debería figurar junto con Hitler y Stalin, como uno de los peores políticos criminales del siglo XX: Leopoldo II de Bélgica.  

Peter Forbath, quien fuera historiador y novelista de la revista Time y de quien tomó estas notas dice lo siguiente: “…en los años 70, un funcionario congolés me reprendió: comprenderá que la palabra Congo es muy pesada. Es una palabra muy pesada como para que un pueblo pueda llevarla sobre los hombros en estos tiempos modernos. Cuando estudiaba en Europa, nunca me gustó decir que era congolés. Me hacía pasar por guineano, porque en el mundo entero, Congo ha llegado a representar todo aquello que queremos dejar atrás, todo el pasado salvaje, cruel y primitivo” (El río Congo: descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra. Turner-FCE, 2002)

Como nosotros, en algún momento quisieron redención rebautizando a su nación como el higiénico Zaire. Pero no: nada está más presente que el pasado y, como nosotros, han regresado a ser un pueblo en vilo… el Congo.

Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática

ricbec@prodigy.net.mx

@ricbecverdadero

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