Nacional

Escuela-vagón, sin energía eléctrica y acechada por narcomenudistas

En San Bartolo, Naucalpan, queda el último colegio de este tipo. Estudian en un furgón niños de tercer y cuarto grado. “Me imagino que el tren me lleva a una universidad bonita para ser doctora”, dice Kenia, de 9 años

  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx

A veces los pequeños imaginan el vagón en marcha y hasta escuchan la campana y el silbido añejo de locomotora…

—¿Y hacia dónde viajan? —pregunta el reportero, atrapado en la metáfora.

Kenia, de nueve años, y a quien su madre abandonó hace tiempo, esquiva sus miedos:

—Imagino que el tren me lleva hasta una Universidad bonita, donde podré estudiar.

—¿Para ser qué?

—Tal vez doctora o policía, pero de las buenas.

Así de elevadas son las aspiraciones infantiles en esta escuela-vagón, única en el país. Hace décadas, mientras operaba Ferrocarriles Nacionales de México, esta modalidad era usual para la enseñanza de los hijos de trabajadores ferrocarrileros, quienes iban de pueblo en pueblo, conforme al programa de itinerarios y mantenimiento de la paraestatal.

Siempre se usaron furgones o góndolas como aulas ambulantes; algunos maestros eran contratados de manera directa por FNM, y otros asignados por la SEP, como el profesor Jaime Contreras Parra: llegó al vagón hace 41 años y es el actual director y aún más: el principal motor de esta aventura escolar sobre vías.

“Para estudiar o ser un buen estudiante no se necesita un palacio, se puede en una palapa, debajo de un árbol o en un viejo furgón”, dice él.

Llegamos aquí, tras las historias de descarrilamientos e indiferencia institucional...

Todos los colegios de este tipo desaparecieron de manera paulatina tras la privatización del sector… Pero no éste, ubicado en el pueblo de San Bartolo, en Naucalpan, Estado de México.

Se trata de una zona en desventura, porque la descascarada terminal ferroviaria, frente a la escuela, es utilizada por pandilleros para distribuir droga, lo mismo a pie o en motocicletas. A unos metros de donde 69 chiquillos aprenden fracciones y reglas ortográficas, vagan los adictos, estopa en mano.

La primaria Artículo 123 —el título de todas aquellas nacidas en el seno ferroviario—, cuyo nombre distintivo es: Adolfo López Mateos, se conforma de un furgón empleado en el pasado para transportar maíz, arroz y frijol, y el cual sirve ahora de salón para los niños de tercer y cuarto grado. Cuenta además con tres salones de lámina: uno para primero y segundo, otro para quinto y sexto, y un tercero de reciente creación, aún sin vidrios en puerta ni ventanas. Apenas esté listo, servirá para desahogar algunos proyectos pendientes…

Otro vagón aledaño fue habilitado como casa del director.

Es de tiempo completo: el alumnado sale hasta las cuatro de la tarde y goza de comedor gratuito. El menú de hoy, escrito en un gastado pizarrón al aire libre, es: arroz, pechuga asada, ensalada de pepino y lechuga, agua de guayaba, tortillas y una naranja.

Las instalaciones están cercadas por un alambrado provisional, el cual expone a los chicos al deambular de viciosos y narcomenudistas…

“Antes el recreo de los niños era sobre las vías, con esfuerzo se puso la malla, pero no es suficiente. Necesitamos una barda para mayor protección. Las autoridades educativas prometen ayuda, pero se queda en papel”, reprocha la maestra Samantha Ramírez, a cargo de primer y segundo año. El sistema aquí es múltiple: un mismo profesor se ocupa de dos grados distintos.

Los niños deben forzar los ojos para ver letras o números, oraciones o formulas. Son constantes las fallas en la energía eléctrica y la lectura casi siempre es a oscuras. No puede ser distinto en un poblado donde la mayoría de las familias se roban la luz de los postes y el desgaste de redes y cableado es irreversible.

Hoy, de nuevo, falta luz en los salones… Sin energía eléctrica, transcurre el viaje en tren.

En el vagón donde hace décadas se cargaban granos, ahora estudian 27 chiquillos: 15 de tercero y 12 de cuarto… En la estructura exterior se pintó el nombre y la clave oficial, y cuelgan un par de anuncios sobre becas y seguros escolares. Dentro, está adornado con manzanas de barro y retratos de personajes cruciales en la historia de México: desde Cristóbal Colón hasta Benito Juárez.

Fany Flores, con ocho años de experiencia magisterial, es la maestra de grupo. “Me gusta dar clases aquí: aunque tenemos poco espacio, los chicos están contentos, el tren los inspira, despierta su creatividad e imaginación”, dice ella. Tres de sus alumnos no sólo estudian en un vagón, viven en uno. Son descendientes de ferrocarrileros, cuyas casas también son furgones donados por FNM. Ellos formaban parte de las cuadrillas itinerantes de la empresa: iban de ciudad en ciudad con sus fierros, sus rieles y su caravana escolar. Juntos llegaron a San Bartolo hace 25 años y ahí instalaron su villa férrea.

Se viven, quizá, los últimos días del vagón escolar con este aire antiguo y tradicional. Está en marcha un proyecto comunitario para modernizarlo y convertirlo en aula inteligente. Son los días de despedida…

El maestro Contreras Parra tiene 61 años y es originario de Puebla; además de director imparte clases a los grupos de quinto y sexto. Suspende el tema sobre la fuerza de gravedad, para contar sus andanzas …

“Tenía 20 años y me urgía trabajar, por las necesidades en casa. Por suerte la SEP me dio una oportunidad, aunque me envió hasta Tamaulipas y a un vagón-escuela. Nunca me había subido a un tren: cuando comenzó a moverse, quería agarrarme hasta con las uñas de los pies. Así comenzó la vida ambulante, de un lado a otro del país”.

—¿Cómo llegaron a Naucalpan?

—Viajamos desde Mazatlán hacia Toluca, ahí anunciaron que Ferrocarriles Nacionales se privatizaría. Muchos trabajadores se jubilaron y otros volvieron tristes a sus lugares de origen. La última reparación de vías se programó para Naucalpan y aquí nos quedamos, tenemos ya 25 años…

—¿Tiene en la actualidad alumnos cuyos padres sean ferrocarrileros?

—En activo hay como 8; otros se jubilaron, pero todavía viven en las casas-vagón.

—¿Qué planes se tienen para el vagón-escuela?

—Un diseñador presentó un proyecto para modernizarlo, transformarlo en un salón de cómputo, con la más alta tecnología. Tendrá calefacción y aire acondicionado. Tal vez durante febrero tendremos que desocuparlo, despedirnos de él tal y como está, con sus recuerdos e historia ferrocarrilera.

—¿Y qué será de usted?

—Los niños me inyectan energía, pero cada vez me siento más cansado y con problemas de salud. Es muy pesado mantener una escuela en estas condiciones. A partir de muchas carencias, he entregado mi vida aquí… Por eso a veces me llega la idea del retiro.

—¿Y?

— No quisiera retirarme por temor al futuro de la escuela, unos dicen que ya no debería existir, pero hemos demostrado calidad y ganado muchos concursos. Si no me he ido, es por conservarla: en otros casos, el maestro se fue y la desaparecieron. Es herencia cultural del ferrocarril. Sueño llegar en el tren hasta los últimos instantes de mi vida.

Kenia extraña a su mamá, “pero los maestros y compañeros de la escuelita del vagón se han vuelto mi familia”, dice. E imagina otra vez el chucu-chucu rumbo a la Universidad… Suena la campana y escapa el humo de la locomotora. Y cada niño tiene su destino: Gabriel quiere llegar a una montaña con nieve; Zoe a un parque verde y limpio, “con muchos juegos y sin violencia ni cosas feas como las que vemos en la calle”; y Alison planea arribar a Estados Unidos, donde emigraron muchos de sus familiares “para ganar dinero, porque ya no querían ser pobres”…

 

Imprimir