La sombra del fascismo

Isidro H. Cisneros

Un creciente sentimiento antidemocrático se asoma en diferentes sistemas políticos. Se trata del fascismo como agresividad autoritaria y hostilidad frente a quienes violan los valores convencionales y las normas prevalecientes. Frecuentemente se asimila el fascismo al totalitarismo, lo cual es un error. Cuando se habla de totalitarismo la referencia es a los regímenes militaristas, genocidas y personalistas gobernados por la tiranía de un solo partido y donde aparece una ideología racial con objetivos políticos. Los horrores producidos por el nazismo encuadran perfectamente en esta definición. Muy diferente, por el contrario, es el caso del fascismo en cuanto expresión de un autoritarismo social y un proyecto político orientado a instaurar un corporativismo estatal con autoridad para intervenir en la vida colectiva. El fascismo es una de las tres respuestas al desafío de organizar la sociedad de masas, representadas por la democracia, el socialismo y el autoritarismo, siendo una variante de este último que ofrece soluciones a una sociedad política fragmentada bajo el impacto de crecientes tensiones económicas y sociales.

Vivimos tiempos en que las palabras han perdido significado. Hoy todo mundo se acusa de fascista sin importar quién lo diga. La palabra fascismo que se ha convertido en un término vacío de significado, en un “concepto elástico”, para usar las palabras del politólogo Giovanni Sartori, que es utilizado tanto por la izquierda para caracterizar a los gobernantes de los partidos considerados derechistas, lo mismo que por los políticos conservadores para acusar a los grupos de la sociedad civil que protestan en las calles. Gran parte de la confusión y la ambigüedad que rodean a la interpretación de los movimientos fascistas se debe al hecho de que en pocos casos lograron pasar a la fase de participación en el gobierno. Además de que el término fascismo es el más vago de los conceptos políticos contemporáneos, debido a que la palabra en sí no contiene ninguna referencia política implícita, como en el caso de los términos democracia o socialismo.

Las concepciones fascistas sobre el Estado no se limitan a la doctrina autoritaria tradicional, como la monarquía o el corporativismo, sino que plantean un nuevo y moderno sistema de dominación política. La ideología y la cultura fascista merecen más atención de la que reciben normalmente, pues la doctrina fascista se deriva de ideas que tienen claras bases filosóficas, pese a frecuentes afirmaciones en contra. La cultura fascista encarna el idealismo y la metafísica de la voluntad para la creación de un individuo capaz de sacrificarse por los ideales y de mostrar valor y osadía en la superación de los límites impuestos. Postula un nuevo orden nacionalista con un estilo de mando personal, autoritario y carismático.

El fascismo se encuentra vivo en nuestros días. Mimetizado en la sociedad, pregona la sumisión a la autoridad de forma acrítica y sobre bases emocionales, así como un gobierno fuerte y autoritario. Enfatiza las diferencias sociales y pregona la discriminación política. El culto a la personalidad carismática no se limita solamente a los movimientos fascistas. Hoy representa el gobierno de las élites, el control de las mentalidades y la persecución de los disidentes. Es una arquitectura política del miedo con fines de dominación.

 


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