Club de cuervos - Wilfrido Perea Curiel | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 06 de Febrero, 2018
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Wilfrido Perea Curiel

Hace más de cien años el sociólogo alemán Robert Michels, escribió un célebre tratado sobre los partidos políticos en las democracias modernas; destaca lo que el referido autor denominó la ley de hierro de la oligarquía. Conforme a su análisis, en realidad, los sistemas democráticos, presentan una inevitable tendencia hacia la oligarquía, es decir, siempre terminará gobernando una minoría. El Estado moderno está a merced de un oligopolio, cuya expresión concreta es el sistema de partidos y éstos, a su vez, se convierten en meras maquinarias manipuladas por el comité ejecutivo central. El hallazgo de Michels es muy esclarecedor para tratar de entender las contradicciones en los esquemas democráticos contemporáneos.

La partidocracia mexicana es hoy uno de los principales obstáculos para la democracia y el desarrollo político del país. Los partidos han dejado de representar sectores sociales para exclusivamente representarse a sí mismos, lejos de ser vehículos para que se expresen los ciudadanos en el espacio público, se han tornado una suerte de clubes VIP que velan por sus propios intereses. En realidad, nunca como ahora ha mediado tan amplia distancia entre la llamada clase política y la sociedad.

La sentencia de Michels llevada a su máxima expresión, bien podría encontrar en nuestro caso un ejemplo inmejorable. La oligarquía mexicana es cerrada, clasista y excluyente, se trata de una verdadera élite que saca provecho de la maquinaria estatal para reproducirse en el poder, sin importarle el agravio que ello genera a sus gobernados. Una sofisticada oligarquía que incluso ha incorporado, para garantizar su propia subsistencia, la posibilidad de la alternancia en Los Pinos, con tal de garantizar su propia circularidad y permanencia.

Todo es negociable, en la fase que bien podríamos denominar la reproducción ampliada del poder de la oligarquía. Si en la etapa clásica del presidencialismo mexicano, los equilibrios políticos giraban en torno a garantizar a cada grupo en el seno del PRI un trozo de poder, ahora el reparto de los espacios tiene una lógica más amplia, el sistema es más complejo, más grande, quizá más robusto; todo estará bien, en tanto a cada partido le sean resguardados sus privilegios. Para el caso de México la frase de James Carville tendría que ser: “es el poder, estúpido”, ésa es la clave. Particularmente, la reproducción del poder que ha acumulado la partidocracia.

En julio venidero podría ganar cualquier fuerza y, no necesariamente por el resultado en sí, ardería Troya, siempre y cuando a la oligarquía se le briden espacios para saciar su voracidad política. No importa si tales espacios de cuotas sean en organismos autónomos, para esta clase política lo relevante es el hueso. Para la partidocracia, la democracia es meramente un recurso discursivo.

Los principales protagonistas de la sucesión presidencial en curso, así como sus respectivos equipos, resultan ser los mismos actores de las contiendas electorales de los últimos veinte años. Reciclados, tal vez, pero se trata básicamente de los mismos personajes y los mismos apellidos que transitan de partido en partido, sin importar las ideologías. Algunos sin el menor rubor, llevan recorridos un circuito de hasta cuatro institutos políticos. En las listas de los llamados plurinominales aparecen las mismas personas transitando de diputaciones a senadurías. Es evidente que se trata de una oligarquía muy cerrada y autorreferenciada, incapaz de escuchar, ya no se diga comprender, las verdaderas preocupaciones de los ciudadanos.

Hace unos pocos años la opinión pública se horrorizaba porque en el magisterio se heredaban las plazas, todo mundo se desgarraba las vestiduras ante tal aberración. Pues bien, en el México del siglo XXI, curules, escaños y gubernaturas se heredan, lo mismo a los secretarios particulares que entre padres e hijos, o en el colmo, entre cónyuges. El nepotismo de López Portillo queda como un juego de niños comparado con los alcances de esta clase política, tan vista, tan conocida, que ha perdido hasta la vergüenza. La sucesión presidencial, no es un asunto de personas o de candidatos, sino de estructuras en complicidad.

pereawilfrido@me.com

 

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