The Post, Trump y México

Leopoldo Mendívil

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN:

+Una Nación es esclava cuando

sirve al gobierno en vez de que

el gobierno le sirva a ella

Gerry Spence

 

Anteayer usé como epígrafe de este espacio la frase de Cesare Beccaria que dice: Feliz es una Nación que no tiene historia.

Lamentablemente los mexicanos sí tenemos una historia… muy poco feliz; de ahí que suframos el melancólico humor social que nos diagnosticaste en tu prólogo al libro ¿Y ahora qué? y nos hace clientes en automático del epígrafe de hoy, una frase lapidaria de Gerry Spence que repito para que nos la aprendamos todos:

Una Nación es esclava cuando sirve al gobierno en  vez de que el gobierno le sirva a ella…

…Y a sus políticos, como los que en el siglo antepasado y gracias en mucho a los  buenos oficios de Washington, tan  pronto como quedó instituida la República de los Estados Unidos Mexicanos debimos quedar considerados, supongo, como el satélite más cercano de los Estados Unidos de América y los compatriotas se la pasaron arrebatándose las migajas de poder que permitía aquel México hasta que al final de ese siglo llegó el hombre más fuerte de todos y se quedó con el país, hasta que 30 años después lograron correrlo otros con un pensamiento supuestamente  moderno.

… Pero los archivos del siglo XX nos demuestran que la historia se repitió con otros nombres y otros vicios más refinados, de manera que se nos quedó la cultura esclavista por no haber tenido ni el interés ni la idea de intentar la prolongación del valor de quienes impulsaron la independencia nacional.

Cambio de escenario para comentarte que el sábado vi la película titulada The Post sobre la decisión y la acción de ese diario ­washingtoniano para apoyar al Times de Nueva York en la entrega al país de un documento secreto sobre el engaño en que cinco presidentes al hilo, de Truman a Nixon tuvieron al país y al mundo  para iniciar y mantener el estado de guerra en Vietnam y ocultar la incapacidad de ganarla mientras morían sin gloria cientos de millares de muchachos estadunidenses.

Para los periodistas, sobre todo, se trata de una historia apasionante —que poco después se prolongó con el escandalo del Watergate y la caída de Nixon— y es un  gran ejemplo de cómo deben actuar los medios de comunicación, en respeto al derecho a la libre expresión, a la información y a que el poder sea un servidor y no un esclavista.

Si ha sido problema de la poca maduración de nuestra presunta democracia, es tiempo ya de que la consideremos mayorcita y todos, en cualquier actividad que realicemos, decidamos alcanzar el grado de libertad, progreso y bienestar que merecemos.

En cuanto a los medios de comunicación, se nos tilda aún de servilismo hacia el Estado para mantener una sobrevivencia vergonzante. Eso no es verdad del todo; cada día y en forma creciente, muchos medios denuncian hechos deplorables de diversas instancias oficiales, pero nuestros poderes aplican un arma que no mata, pero tampoco resuelve lo que las denuncias exponen:

Simplemente no hacen caso, dejan el tiempo correr y echar tierra virtual sobre las denuncias, hasta que el informador y el afectado se cansan y la vida sigue su curso. Esto no debe ocurrir más, como lo demuestran los pocos medios que persisten en sus denuncias. Esa conducta debe generalizarse como es el deber de cuantos ejercemos como periodistas y como intelectuales.

Invito pues, a todos los que contigo dieron vida al libro ¿Y ahora qué?, a gestionar por que las diversas instancias oficiales destinatarias de las sugerencias que ustedes aportaron reciban respuestas positivas, se apliquen y resuelvan los problemas que las originaron. Hay que dar fuerza y poder a la voz ciudadana. Hagamos que el Estado sea gobernado en función de la gente que lo integra y no es su esclava; ya no más de sus corruptos que son nuestros esclavistas… 

 

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